“La batalla de Stalingrado”

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El director Jean-Jacques Annaud leyó este libro de William Craig y se quedó con el título y el único detalle de los francotiradores para hacer en 2001 su película sobre Stalingrado, la mayor carnicería de la Historia de las guerras. En esos meses se abrían varios archivos alemanes y rusos que servirían para que los historiadores Antony Beevor y Artemis Cooper se sumaran al tema con un nuevo libro en ese mismo año. Annaud triunfó manipulando la verdadera historia adecuadamente para la taquilla, la historia que se lee con horror y fascinación en el todavía mejor libro histórico sobre lo ocurrido… con permiso de “Vida y destino de Vasili Grossman”.

Título: “La batalla de Stalingrado”

Autor: William Craig

Editorial: Booket

Aunque el libro de Grossman se pueda considerar uno de los 10 mejores del siglo XX, como ocurre con frecuencia, tiene demasiada ficción para ser considerado Historia, y así lo deseó Grossman. William Craig, en cambio, no se aparta de los documentos y experiencias relatadas por los protagonistas de los siete meses más cruentos de la Historia. Además lo hace con el toque literario adecuado para que la lectura se parezca a una novela…. tan terrible que constantemente se desea que lo fuera.

En 1973 Craig completó con este libro el recuerdo de una foto que le acompañaba desde que la vio en un diario cuando era un estudiante; el mariscal de campo Friedrich Von Paulus después de rendir su ejército y ser capturado. Su rostro aparece lleno de arrugas, sus ojos hablan de las pesadillas vividas. Craig expurgó los archivos oficiales de las fuerzas rusas y de las del Eje y separó la propaganda de la información útil, pero sobre todo visitó el campo de batalla, pisó la tierra por la que tantos hombres habían muerto, localizó en meses de trabajo a los sobrevivientes rusos, alemanes, italianos, rumanos y húngaros.

Consiguió sus relatos como testigos presenciales, sus diarios, fotografías y cartas. El resultado es electrizante en sentido literal porque en muchos momentos, demasiados, la lectura queda suspendida por una descarga provocada por las imágenes mentales que despierta. No voy a reflejar aquí ninguna porque algo tan real y brutal se banaliza fuera del contexto, por muy respetuoso que sea. Hay que leerlo, hay que hacerlo desde sus primeras páginas para compartir la sensación que fue llenando a Craig según avanzaba en su trabajo de campo:

“El catálogo de recuerdos amargos creció ampliamente cuando me encontré con centenares de hombres y mujeres que habían sobrevivido al Holocausto de Stalingrado. Quedé trastornado por lo que me dijeron y tuve que recordarme a mí mismo una y otra vez que debía escuchar aquellos cuentos de horror porque tales relatos eran vitales para una reconstrucción válida del conflicto. Aún fue más horroroso el irme percatando, poco a poco, mediante las estadísticas que iba descubriendo, de que la batalla había sido el mayor baño de sangre militar conocido en la Historia. Mucho más de un millón de hombres y mujeres murieron a causa de Stalingrado, una cantidad que sobrepasa los anteriores registros de muertos de la primera batalla del Somme y de Verdún en 1916.

La mortandad se puede descomponer del modo siguiente. Según informaciones de fuentes oficiales rusas, sobre bases no totalmente dignas de crédito (debemos recordar que los rusos nunca han declarado oficialmente sus bajas durante la Segunda Guerra Mundial), las pérdidas en soldados del Ejército Rojo en Stalingrado ascienden a 750.000 muertos, heridos o desaparecidos en combate. Los alemanes perdieron casi 400.000 hombres. Los italianos perdieron más de 130.000 hombres de su ejército de 200.000 soldados. Los húngaros perdieron aproximadamente 120.000 hombres. Los rumanos también perdieron 200.000 hombres en torno a Stalingrado.

En lo que se refiere a la población civil de la ciudad, un censo de preguerra arroja la cifra de 500.000 habitantes antes de que se iniciaran las hostilidades de la Segunda Guerra Mundial. Este número aumentó cuando una corriente de refugiados se abatió sobre la ciudad desde las otras zonas de Rusia que estaban en peligro de caer en manos de los alemanes. Una porción de los ciudadanos de Stalingrado fueron evacuados antes del primer ataque alemán, pero se sabe que 40.000 civiles murieron en los dos primeros días del bombardeo de la ciudad. Nadie conoce cuántos murieron en las barricadas o en las zanjas anticarro o en las estepas circundantes. Los archivos oficiales sólo proporcionan un dato escueto; cuando terminó la batalla un censo realizado sólo encontró a 1.515 personas que hubiesen vivido en Stalingrado en 1942″.

A Stalingrado le cabe el dudoso honor de haber detenido la ola nazi invicta hasta aquel momento. Dudoso porque tanto el heroísmo como el salvajismo respondieron a la manipulación de los mandos militares para complacer el orgullo nacionalista de Hitler y Stalin. El honor de Craig es indudable, porque tuvo que tener mucho estómago para soportar los recuerdos. Un libro obligatorio para entender.

Carlos López-Tapia

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