“La brigada de Anne Capestan”

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La francesa Sophie Hénaff asegura que no aguanta la violencia. “No es algo ideológico, no es que esté en contra, es que simplemente no lo soporto”, lo que resulta un punto de partida curioso para escribir novelas negras, pero esta autora es peculiar y su creación, una brigada de policías parisinos desahuciados por sus jefes por diferentes razones, también lo es.

Título: “La brigada de Anne Capestan”

Autor: Sophie Hénaff

Editorial: Alfaguara

Anne Capestan es la jefa, una mujer fuerte, decidida, no muy ortodoxa, con cierta alergia a la autoridad y algo colérica. Por su carácter e independencia es “castigada”, pero un policía no hace lo que hizo ella, no mata a un sospechoso, lo detiene y lo entrega a la justicia, aunque Anne no está en la policía en busca de justicia, sino de acción.

Hénaff dedica la mitad del esfuerzo que supone escribir 300 páginas a la trama, a estructurar los acontecimientos, pero lo que realmente le divierte son los personajes de un grupo de freaks, casi todos un poco forzados y dos completamente pasados, porque la autora ha querido introducir más humor del habitual en él genero policial. Este es el sello de Sophie, autora de una columna de humor en la versión francesa de la revista Cosmopolitan, humorista también en el café-teatro L’Accessoire.

“La brigada de Anne Capestan”, la primera de las dos novelas publicadas hasta ahora, no pudo empezar mejor ya que se llevó un Premio Polar en 2015. La historia de Anne comienza en París, donde vive, en pleno Agosto. Esta es la primera imagen que nos ofrece la autora sobre su personaje, directa y concreta:

“De pie delante de la ventana de la cocina, Anne Capestan esperaba que clarease el día. Vació de un trago la taza de porcelana y la dejó encima del hule de vichy verde. Acababa de beberse su último café de poli. Quizá. La brillantísima comisaria Capestan, estrella de su generación, campeona de todas las categorías de ascensos fulgurantes, había disparado una bala de más. Desde entonces, había comparecido ante la comisión disciplinaria y le habían caído varias amonestaciones y seis meses de suspensión de empleo. Y luego, silencio de radio, hasta el telefonazo de Buron. Su mentor, y ahora mandamás en el 36 del muelle de Les Orfèvres, por fin había roto su mutismo. Había citado a Capestan. Un 9 de Agosto. Le pegaba mucho. Era una forma sutil de indicarle que no estaba de vacaciones sino suspendida de empleo. Saldría de aquella entrevista siendo poli o parada, en París o en provincias, pero al menos lo haría con una certeza. Cualquier cosa era mejor que andar flotando entre dos aguas, en esa especie de ambigüedad que le impedía seguir adelante. La comisaria enjuagó la taza en la pila, prometiéndose que la metería en el lavavajillas más tarde. Tenía que irse ya.

Cruzó el salón donde, como tantas veces, resonaban Brassens y sus pom-pom-pom de poeta. Era un piso amplio y cómodo. Capestan no escatimaba en mantas escocesas ni en luces indirectas. El gato, dichoso y ronroneante, parecía aprobar sus gustos. Pero el vacío había sembrado de huellas aquel entorno acogedor, como placas de escarcha en un césped primaveral. Inmediatamente después de que la suspendieran, Capestan vio que su marido se iba, llevándose consigo la mitad de los muebles del piso. Fue uno de esos momentos en los que la vida te arrea un buen sopapo en los morros. Pero Capestan no abusaba de la autocompasión, se había ganado a pulso todo lo que le estaba pasando”.

Los flics, polis en español, de la brigada que reunirá la inspectora son dignos homólogos de los personajes de los hermanos Coen y otros freaks similares, capaces de llevar una rata entrenada a contener una manifestación, por poner un ejemplo. Pero la autora ha sabido dotar a sus criaturas de contenido biográfico, al margen de la trama. En sus rarezas se revelan muchas cualidades. La aportación de la novelista más joven del polar francés vale la pena. Estoy deseando que escriba el siguiente.

Carlos López-Tapia

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