“La edad de la penumbra”

“La edad de la penumbra”

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Pocos cinéfilos no han pasado algún buen rato con aquel tsunami de peplums que asoló las pantallas en los sesenta. Se inspiran en un mundo mayormente imaginado repleto de las cosas más absurdas y divertidas. Atenas suele aparecer como si hubiera sido diseñada por arquitectos fumados de Las Vegas. El corazón del pensamiento europeo, mediterráneo, tiene mucha historia, y ésta es de las más interesantes.

Título: “La edad de la penumbra”

Autor: Catherine Nixey

Editorial: Taurus

Todos los occidentales deberíamos recordar el año 529. Yo no lo olvidaré después de leer el libro de Catherine Nixey. En aquel 529 Europa inició el viaje más dramático de nuestra Historia hacia mil años de fundamentalismo religioso. Una nueva ley del emperador Justiniano aquel 529 , escrita bajo el típico encabezado rutinario y burocrático, declara: “Prohibimos que enseñen ninguna doctrina aquellos que se encuentran afectados por la locura de los impíos paganos [de modo que no puedan corromper] las almas de los discípulos”. La ley sigue añadiendo algunos detalles sobre pagos, pero no contiene mucho más en la letra. En la práctica lo cambió todo.

En Atenas el objetivo, además de los templos, fue algo mucho más intangible y potencialmente mucho más peligroso, la filosofía, que por entonces equivalía también a la ciencia. Era el final de una progresión del conocimiento en paralelo con la que se producía en China. A partir de aquel año cualquiera que rechazara la salvación en la próxima vida, sería condenado en ésta. Cualquiera que ofreciera un sacrificio sería ejecutado; cualquiera que adorara estatuas sería ejecutado; cualquiera que estuviera bautizado pero siguiera haciendo sacrificios sería ejecutado. Era transformar la ley de Constantino que legalizó el cristianismo en la prohibición de las demás prácticas religiosas. Todo el mundo tenía que hacerse cristiano. Cualquier persona que no estuviera bautizada tenía que presentarse inmediatamente, acudir a las iglesias sagradas y “abandonar por completo su error pasado y recibir el bautismo de salvación”. Los que se negaran, serían desposeídos de todas sus propiedades y sufrirían el “castigo apropiado”. Si un hombre no corría inmediatamente a las “santas iglesias” con su familia, y la obligaba a bautizarse, sufriría todo lo mencionado y, después, el exilio. La “locura” del paganismo tenía que ser erradicada de la faz de la Tierra.

Sus consecuencias fueron extraordinarias. Europa se vio asolada por el fundamentalismo cristiano desde entonces hasta comenzar el periodo conocido como Renacimiento, aunque nadie lo llamara así cuando el cristianismo perdió sus primeras batallas ante la resurrección de la ciencia, la filosofía natural.

Esta joven historiadora inglesa nos lleva al momento en que se cierra la Escuela de Atenas y los últimos filósofos hacen la maleta para desaparecer. Damascio era el nombre de aquél último director de la Escuela de Atenas, un tipo con sentido del humor, mordaz y dotado para fijarse en los detalles. A él le debemos la anécdota de la filósofa alejandrina Hipatia y su compresa.

A partir de ahí nos va recordando con historias concretas como se apagó la luz de una libertad de pensamiento limitada pero también respetada en muchos aspectos. Catherine Nixey desmorona muchas ideas erróneas insertadas en nuestras escuelas durante siglos, como la de los monasterios protectores de cultura clásica. Una “fake news” que ocultaba el hecho real: por cada obra conservada, muchas por dejadez o ignorancia, destruyeron nueve. De no ser por la cultura árabe y la escuela de traductores de Toledo, nos quedaría apenas una brizna de un pasado común digno de ser recordado y apreciado.

No es necesario ser un gran aficionado para disfrutar de “La edad de la penumbra”, escrita con buen pulso narrativo, y sin abrumar con datos, pero con el respaldo documental de los historiadores que trabajan. En el prólogo, Catherine, hija de un matrimonio inglés salido de sendos monasterios para casarse, nos cuenta algo sobre sí misma:

“Mi infancia, como se puede imaginar, fue bastante religiosa. Íbamos a la iglesia todos los domingos, bendecíamos la mesa, y yo rezaba (o al menos enumeraba mi lista de peticiones, que consideraba lo mismo) todas las noches. Si yo preguntaba por los orígenes del mundo, era más probable que me hablaran del Big Bang que del Génesis. Si preguntaba de dónde procedían los humanos, me hablaban más de la evolución que de Adán. No recuerdo que, de niña, cuestionara jamás la existencia de Dios, pero del mismo modo recuerdo que, de adolescente, estaba bastante convencida de su inexistencia. La fe que tenía había muerto, y mis padres o no se dieron cuenta o no le dieron importancia. Sospecho que, en algún momento entre el monasterio y el mundo, su fe también había muerto.

Lo que nunca murió en nuestra familia, sin embargo, fue la fe que mis padres tenían en el poder educativo de la Iglesia. De niños, ambos habían sido educados por monjas y monjes, y ambos habían dado clases cuando lo fueron. Creían como un artículo de fe que la misma Iglesia que había ilustrado sus mentes había ilustrado, en la Historia lejana, a toda Europa. Era la Iglesia, me decían, quien había mantenido con vida el latín y el griego del mundo clásico durante la ignorante Edad Media, hasta que pudieron retomarse a lo ancho del mundo en el Renacimiento. En los días de fiesta, visitábamos museos y bibliotecas en los que se afirmaba lo mismo. De niña, miraba el refulgente oro de los manuscritos iluminados y creía en una iluminación más metafórica en tiempos de oscuridad intelectual.

Y, en cierto sentido, mis padres estaban en lo cierto al creer ésto, porque es verdad. Los monasterios preservaron mucho del conocimiento clásico. Pero no es ni mucho menos toda la verdad. De hecho, este atractivo relato casi ha oscurecido por completo otra historia anterior, menos gloriosa. Porque antes de preservar, la Iglesia destruyó. En un arrebato de destrucción nunca visto hasta entonces —y que dejó estupefactos a los muchos no cristianos que lo contemplaron—…”.

“La edad de la penumbra” nunca confunde la filosofía cristiana, progresista hasta un radicalismo que haría de Pablo Iglesias votante del PP, con la Iglesia y sus interpretaciones. No dedica espacio a las acusaciones, ironiza con humor en ocasiones, y no os va a defraudar si sois lo bastante ricos en tiempo como para poder leerlo.

Carlos López-Tapia

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