“La mujer que disparó a Mussolini”

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Es poco probable que esta historia real se convierta en largometraje, por más que contenga un personaje real fascinante en un contexto muy atractivo.

Título: “La mujer que disparó a Mussolini”

Autor: Frances Stonor Saunders

Editorial: Capitán Swing

Stonor Saunders ha devuelto la existencia a una persona que pasó por la Historia dejando la etiqueta de perturbada. Tiene razón al decir que Violet Gibson es mencionada en todas las biografías de Mussolini para desaparecer sin más. El trabajo de reconstrucción de esta biografía, y sobre todo del mundo que rodea a sus protagonistas, es producto de mucha investigación más el de trasladarlo a un lenguaje divulgativo. El resultado es más que atractivo por poco que interesen los comienzos del siglo XX.

El aroma victoriano de la infancia de Violet Gibson nos conduce al cine de época; el de la Italia y la Europa de la primera mitad del siglo se percibe como contexto bien comprendido y explicado (Racismo.txt).

El médico italiano calificó la enfermedad de Violet bajo el término genérico de “influenza”, una designación común para cualquier cosa que se presentara como un agotamiento nervioso. Percibida por la profesión médica masculina como una afección principalmente femenina, la “influenza” llevó a muchas mujeres a permanecer echadas. Los diarios de Virginia Woolf proporcionan un comentario habitual: «Le han fallado las piernas», escribe de Vivien Eliot. «¿Pero cuál es el problema? Nadie lo sabe. Y es así que ella se encuentra en cama —no puede ni ponerse un zapato». La misma Woolf a menudo se encontraba en cama, normalmente bajo las órdenes de su marido, Leonard. Al primer signo de dolor de cabeza o de insomnio descansaba y dejaba de escribir. Un súbito vuelo de fantasía en la conversación era un signo de alarma de hipermanía (aunque a menudo no era más que Virginia divirtiéndose en compañía), y Leonard lo veía como que Virginia estaba «en los límites de la realidad», cualquier cosa que eso significara. Pero forzada a descansar, sin escribir, a menudo se volvía loca por la frustración, «atada, encarcelada, cohibida».

Estos desórdenes nerviosos se diagnosticaron también como histeria, la auténtica palabra de lo que son las dolencias de las mujeres. Las ilustraciones de los sistemas nerviosos del siglo XIX eran de cuerpos de mujeres, mientras que las del sistema muscular eran de cuerpos de hombres. Los nervios eran intrínsecamente femeninos, y las mujeres eran intrínsecamente propensas al nerviosismo. Los victorianos transformaron el sistema nervioso, como hicieron con la sexualidad, en un modelo económico con un libro contable de ingresos y gastos. Cada uno tenía solo una cierta cantidad de energía nerviosa, un fondo de capital heredado del que era más fácil gastar que reponer. «El sobreesfuerzo desmedido, sea mental o físico, podía consumir las reservas de un individuo, dejando un sistema nervioso agotado incapaz de cualquier esfuerzo. La falta de energía nerviosa significaba incapacidad absoluta».

Nervioso. Esta palabra se inició en el lenguaje como un sinónimo para fuerte, vigoroso y enérgico. Durante el siglo XVIII se había expandido para asumir todas las nociones de un temperamento excitable, agitado, inquieto e hipersensible. En 1869 el físico americano George M. Beard se inventó el término neurastenia para describir «la condición mórbida del agotamiento del sistema nervioso». Como los histéricos empezaron a poblar cada vez más el fin de siglo, la definición se hizo más precisa. El famoso psiquiatra Henry Maudley los veía como unos degenerados morales, «creyendo o pretendiendo que no podían estar de pie o caminar», sólo estar todo el día en la cama pidiendo la simpatía de sus familiares preocupados. Eran «ejemplos perfectos del engaño sutil, la mentira más ingeniosa, la astucia más diabólica al servicio de los impulsos viciosos».

Por entonces, la neurastenia se entendía claramente como una enfermedad de mujeres, y aunque la mayoría de las pacientes no mencionaban como nerviosos sus propios comportamientos y sentimientos, con frecuencia la conexión la hizo un pariente masculino. Cuando los hombres detectaban tal nerviosismo en sus mujeres, hermanas o hijas, las hacían ingresar en la clínica más cercana o en el manicomio, para que las trataran los especialistas del nervio. En este contexto la aristócrata Violet Gibson fue tratada y encerrada, mientras Mussolini corría hacia su propia ejecución. Es imposible sacar más partido a una biografía semienterrada.

Carlos López-Tapia

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Comentarios

Jesús - 01.04.2014 a las 08:30

Me ha parecido interesantísimo. gracias.

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