Las listas de Moriarty: Armarios de cine

Las listas de Moriarty: Armarios de cine

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Querido Teo:

Definitivamente este mundo está loco. Por más que intento entenderlo, más difícil me resulta. Ya sabes que no soy muy amigo de las grandes multitudes y mucho menos si éstas están reunidas en un espacio cerrado. Pero la semana pasada no me quedó más remedio que “hacer de tripas corazón” e incumplir una de las promesas que me hice a mí mismo hace ya unos años. Te cuento…

Que mi conexión de internet llevara varios días sin funcionar era un grave problema, pero si a eso le añadimos que Irene, mi ama de llaves y principal nexo con el exterior, estaba enferma en casa, hacia que mi supervivencia estuviera amenazada. En un abrir y cerrar de ojos, me había convertido en un león en medio de la sabana sin ningún ñú, impala o animal vivo que llevarme a la boca. Tenía dos posibilidades y las dos suponían saltarme una de mis máximas morales. O llamaba a alguna empresa de comida rápida para que me trajera algo a casa que saciara mi apetito voraz (y mi estómago de carácter noble no estaba dispuesto a ello), o bajaba al mercado que hay a tres manzanas de mi casa a por algún vívere.

“- Hombre, mira quién está aquí. Pero si está hecho todo un hombretón. La última vez que se dignó a venir por aquí apenas levantaba unas cuartas de suelo y ahora miradle.

– ¿Cuál es la razón por la que el señorito se ha dignado a bajar por estos mundos de inmundicia a mezclarse con los pobres?”

Éstos son algunos de los muchos comentarios que tuve que escuchar al entrar a aquel odioso lugar. Y la verdad, después de “mi incidente” la última vez que estuve por allí, no me parecieron muy desproporcionados.

“- Ya era hora de que salieras de esa burbuja de cristal donde se dice que vives.

– Éste de donde ha salido, ha sido del armario y hace bastante tiempo”.

Por la reacción que tuvieron todos ante esta última arenga, parecía que estábamos ante el chiste de moda o algo parecido. El asunto fue in crescendo y todo el mundo comenzó a repetirlo sin parar, acompañado de carcajadas estridentes. ¿Salir del armario? ¿Pero qué quiere decir eso? ¿Cómo voy a entrar yo en uno, con la cantidad de ácaros que tiene que haber ahí dentro? Y lo peor no era que hubiera tenido que salir prácticamente huyendo de aquel lugar de tortura sin comprar nada que llevarme a la boca, sino que no podía buscar en internet que quería decir eso de “salir del armario”.

Mientras que solucionaba este asunto, no me quedaba más remedio que incumplir otro de mis mantras:

“- Hola buenas tardes, quería una pizza mediana a nombre de James Moriarty. Sí, tome nota. Calle….”

Una cuestión de tiempo (Richard Curtis, 2013)

El viejo Davy Jones, perdón (en qué estaría pensando), Bill Nighy, tiene un secreto familiar que ha pasado de generación en generación y ya es hora de darle el testigo a su hijo. Se acabaron los arrepentimientos y el pensar qué hubiera ocurrido si en lugar de tomar una decisión hubiera tomado otra. La solución pasa por meterse en el armario del salón y cerrar los ojos. Deloreans, cabinas de teléfono british, cachivaches imposibles, etc…, cualquier objeto puede convertirse en una máquina del tiempo, incluido un armario. Sin embargo, este surrealista mobiliario tiene contraindicaciones: “Sólo se puede ir a lugares en los que se haya estado anteriormente y sólo se puede modificar algunos momentos de sus propias vidas”.

Mezclar una comedia romántica con elementos de ciencia ficción no es algo especialmente habitual, y leyendo el argumento podríamos pensar que estamos más ante un producto de serie B que ante una nueva película del creador de “Love actually”, “Notting Hill” y “Cuatro bodas y un funeral”, que según ha comentado él mismo, podría ser su última aventura tras la cámara. ¿Se meterá él mismo en el armario dentro de unos meses para corregir sus declaraciones?

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E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982)

Si  pensamos en una escena entrañable del extraterrestre más famoso de la Historia del cine no muchos elegirían ésta, pero hay que reconocer que nadie puede olvidar ese momento mítico en el que deciden esconderle en un armario camuflado entre muñecos de peluche de la inocente Drew Barrymore. Menos mal que parece ser que todavía ésta no había comenzado a juguetear con todo tipo de drogas como haría unos años después; si no, probablemente habríamos disfrutado de un E.T. más cerca del Brad Pitt de “Amor a quemarropa” que el que finalmente conocimos.

Y visto lo visto, no podrás negar que viendo como le afectaba una simple lata de cerveza hubiera sido muy divertido ver las consecuencias de un cóctel hipervitaminado tanto en el cuerpo del alien más adicto a la telefonía como en el inocente del pequeño Elliot que, de haber sabido el futuro sin pena ni gloria que le esperaba en el mundo del cine, lo más seguro es que se hubiera dejado llevar por la situación.

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De pelo en pecho (Rod Daniel, 1985)

Vale que te enfundes en un chaleco salvavidas y te conviertas en el héroe de una generación que todavía hoy en día soñamos con encontrar a nuestro Doc particular y que nos dé una vuelta en su Delorean; pero de ahí a protagonizar una película donde podrías haber sido capaz de derrotar al mismísimo Michael Jordan en un 1 contra 1, como que no.

Todos los clichés de las películas de instituto americano tenían lugar en este “Teen wolf” (renombrado en España con un descriptivo “De pelo en pecho”): fiestas universitarias, animadoras calentorras con poco cerebro, chico guapo musculado y con menos cerebro, patito feo que en el fondo es más guapa que la supuestamente guapa, protagonista marginado pero de buen corazón, etc…

Sin embargo, la pequeña diferencia con el resto radicaba en que el protagonista era… un hombre lobo (nada, poca cosa). Y será en el armario de una de las fiestas, donde al poner en ebullición sus hormonas, tendrá el primer efecto de su licantropía. Tened cuidado que hay un hombre lobo cachondo con ganas de jaleo.

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Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario (Andrew Adamson, 2005)

¿Estas harto de este mundo vil, cruel e hipócrita que te margina día tras día? No te preocupes, siempre puedes desaparecer y alejarte a uno de los enésimos mundos fantásticos que existen. Tú, que aquí eres un Don Nadie, allí serás el héroe y salvador de la bella damisela que te llevaba esperando toda la vida. Lo que aquí era un friki en el que nadie se fijaba nada más que para darle collejas, allí será todo un ejemplo de masculinidad y testosterona a raudales.

Si en Harry Potter había que atravesar el andes 9 y ¾; en “Dragones y mazmorras” montar en una atracción de feria; en “Midnight in Paris” simplemente había que esperar y coger el carruaje de caballos adecuados; y en “Alicia en el país de las maravillas” dejarte caer por una madriguera, el acceso al mundo de Narnia está en algo tan simple y de andar por casa que un armario.

Menos mal que tus antepasados no conocían Ikea, porque si no me temo que tu viaje se habría reducido a aparecer en la sección de saldos de alguna de las tiendas de la multinacional sueca.

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Poltergeist (Tobe Hooper, 1982)

“Caroline, !!no vayas a la luz!!” Y ella, dale que dale queriendo irse al más allá con sus nuevos amiguitos. Caroline, hija, si te decimos que no, es que no y punto. Te vamos a tener que castigar sin tele en tu habitación por lo menos un mes, a ver si así aprendes.

Pero nada, ella, que es tan testaruda como su madre, sigue a lo suyo y decide ponerse a cambiar la ropa de verano por la de invierno en el peor momento. Así no hay nada que hacer. Está claro que con ella no se puede…

Así que no nos quedó más remedio que tirar de páginas amarillas y llamar a la tercera en la lista de nannys a ver si ella era capaz de enderezar a la cría (la primera, una tal Mary Poppins, no cogía el teléfono y la segunda, con el sobrenombre de “Super”, estaba grabando una nueva temporada de un programa). Y a pesar de que la mujer lo intentó de mil maneras, no hubo forma de hacer una mujer de provecho de esta niña. Así que decidimos entre todos que lo mejor era mandarle una temporada de campamento al más allá…

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“El mal nunca duerme, simplemente se echa la siesta”.

James Moriarty

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