"Leones muertos"

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Cabría suponer que los tiempos de Guerra Fría que terminaron a los pies del caído muro de Berlín, fueran los más fructíferos en llenarnos las estanterías y las pantallas de espías. Resulta que es todo lo contrario. En el terreno de más popularidad, la pantalla, y considerando sólo series destacadas, en la primera década del siglo XXI serían 7 y en la última década nada menos que 52. La comparación se matiza con el aumento general de la producción en todo el mundo, con la "explosión serial" de los últimos tiempos. Gran parte de lo que llega a nuestras pantallas ha nacido en la cabeza de escritores capaces de renovar el género, y un ejemplo perfecto es Mick Herron y su serie de libros sobre un grupo de espías actuales, marginados, de una acidez irónica británica envidiable y tremendos en muchos otros aspectos.

Título: "Leones muertos"

Autor: Mick Herron

Editorial: Salamandra

Un gato le sirve a Herron para hacer una de las mejores presentaciones de personajes que he visto en los últimos tiempos. El felino entra en una casa sin personalidad, en el centro de Londres. Nadie entra en la casa por la puerta delantera sino por un callejón que da a un patio mugriento de paredes mohosas, donde está la puerta que muchas mañanas requiere una patada para abrirse. El gato recorre los varios despachos donde trabajan un conjunto de espías impulsados a unas labores tan poco atractivas que la esperanza de sus jefes es que se retiren voluntariamente, sin tener que gastar ni una libra en compensar su marcha. Son conocidos como "Los caballos lentos" (que sirvió de título a la primera entrega de esta serie). La "casa de la ciénaga" es su territorio, dirigidos por Jackson Lamb que, creedme, nunca desearíais como jefe, aunque si como personaje de esta segunda entrega de una de las series de espionaje británico más originales.

El despacho de Lamb huele a comida para llevar, cigarrillos ilegales, pedos del día anterior y cerveza rancia, lo que, no siendo un gato, no favorece las visitas. Nadie diría que Lamb es capaz de moverse con una agilidad sorprendente para un hombre de su volumen, atrapar un gato escurridizo y lanzarlo por la ventana. Eso sí, consciente de que caerá de pie.

Herron ofrece una visión del espionaje tan cutre como divertida, pero sin olvidar las constantes necesarias para urdir una buena trama. En este caso un ex espía sin la menor importancia muere a bordo de un autobús. Todo indica que lo ha matado un ataque al corazón, pero los lectores sabemos desde la primera página que va siguiendo a un hombre del que no sabemos nada.

A los personajes de Herron tal vez no se los quiera, pero se los entiende y se desea que salgan adelante. No todos lo lograrán. Tal vez sea porque fueron los británicos los primeros en establecer un departamento de espionaje moderno, pero el tema se les sigue dando mejor que a la mayoría. Si no habéis leído “Los caballos lentos” da igual, pero lo más probable es que también queráis buscarlo.

Carlos López-Tapia

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