"Líquidos. Sustancias deliciosas y peligrosas que fluyen por nuestras vidas"

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Uno de los científicos divulgadores más interesantes salidos de Oxford, Mark Miodownik, era un adolescente camino de su escuela cuando, en el metro de Londres, fue apuñalado por la espalda con una cuchilla de afeitar. Al reflexionar sobre el mucho daño que le había hecho una pieza de acero tan pequeña, comenzó a interesarse por el mundo de los materiales. Irrumpió con fuerza en el universo de la divulgación con "La sustancia de las cosas. Historias increíbles de los materiales maravillosos que han hecho el mundo", y su papel ha sido clave para el desarrollo del concepto de sensoestética, que es la aplicación de las posibilidades científicas para expresar lo sensual y emocional de los materiales. Mark disfruta de la curiosidad del científico y, como demostró con el incidente de la cuchilla, esa curiosidad se excita cuando le "tocan las narices", y a todos nos las han tocado con el asunto de los líquidos en los controles aeroportuarios. En ese lugar de "humillación", en aras de nuestra seguridad, comienza este ensayo sorprendente.

Título: "Líquidos. Sustancias deliciosas y peligrosas que fluyen por nuestras vidas"

Autor: Mark Miodownik

Editorial: Crítica

Mark se sube a un avión para hacer un vuelo de once horas y convierte a todo lo líquido que le rodea en protagonista del viaje. El queroseno es el que más abunda, pero los hay por todas partes: tinta, jabón, café, té o vino. El científico usa su sentido del humor para incluir algunos líquidos insospechados como la saliva, a costa de hacernos visualizarlo dormido, mientras su baba cae sobre la manga de la vecina de asiento. Exceptuando el agua y nuestra propia sangre, el líquido más habitual está en todas vuestras cocinas: aceite de oliva. Cada vez que llenáis una cuchara de aceite, usáis 20 aceitunas. Si vertiéramos esa cucharada en una lámpara de aceite, la llamita ardería durante una hora más o menos. En el siglo IX, en la región más "científica" del momento, Persia, era el combustible principal y ya venía siéndolo desde siglos antes en el mundo mediterráneo. Se entiende que vivieran básicamente con luz natural, porque si una familia hubiera necesitado luz nocturna durante cinco horas, habría tenido que quemar 100 aceitunas diarias, unas 36.000 aceitunas al año... para una sola lámpara.

Los experimentos en ese mismo siglo IX de un alquimista de la región, al-Razi, Rhazes para los latinos, con el líquido denso, negro y sulfuroso, que manaba de la tierra, le permitieron dar un paso sorprendente. Destilando logró el fluido oleaginoso y transparente que conocemos como queroseno. Por primera vez se observó una lámpara que no humeaba. A algunos les resultaría tan mágico que nadie dudaría de que esa clase de lámpara sería la adecuada para contener a un genio que cumpliera nuestros deseos.

La importancia económica del aceite en la cultura mediterránea, su abundancia, aunque un olivo necesitara veinte años para dar fruto, retrasó mil años el uso del queroseno: el líquido que nos acompaña cada vez que tomamos un avión.

Sobre todos los líquidos hay mucho dicho, pero Miodownik es capaz de observarlos desde una perspectiva nueva, en la que se mezcla la ciencia con la Filosofía, con la Historia o con la gastronomía. Así, en abstracto o en forma de título, los líquidos pueden sonar poco atractivos. En concreto, y aquí están muy en concreto, son apasionantes y hasta puede que a veces parezcan tomarnos el pelo.

El viaje al interior de los materiales que nos rodean no se puede hacer en avión, hay que sentarse y leer, con algún liquido a mano.

Carlos López-Tapia

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