“Londres después de medianoche”

“Londres después de medianoche”

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El grial de los aficionados al cine ha de ser una película perdida y ni siquiera el ciclo de películas que unió a Lon Chaney con Tod Browning está exento del desastre que significa la desaparición de siete de cada diez películas mudas norteamericanas. Dos de los trabajos conjuntos del propio Browning con Bela Lugosi, “La casa del horror” (London after midnight, 1927) y “Los antros del crimen” (The big city”, 1928), permanecen hasta el momento en el limbo de las películas desaparecidas. La primera de ellas es un remake del objeto que mueve esta historia, que reúne todo lo necesario para el viaje más intrigante y divertido que me ha deparado por ahora el año.

Título: “Londres después de medianoche”

Autor: Augusto Cruz

Editorial: Seix Barral. Biblioteca Breve

Un hombre de 91 años que vive para los monstruos del cine, recibe en su casa-museo a un ex agente del FBI para pedirle que localice lo que pueda sobre la desaparecida “Londres después de la medianoche”. Esta película perdida de Browning es la más deseada por los aficionados a lo fantástico y uno de los tesoros silentes más ansiados por los cinéfilos, hasta hacerse costumbre que cada cierto tiempo alguien lance el rumor de la aparición de una copia en alguna parte. Debíamos conformarnos con el fotomontaje con música que se pudo recuperar y que intenta reconstruir la trama detectivesca, hasta que Cruz nos ha ofrecido este trabajo imaginativo para añadir al caso.

Desde sus primeras páginas supe que desplazaría a otras lecturas en marcha porque no podría resistir mucho sin terminarla. Por eso le pedí inmediatamente a la editorial que nos ofreciera el pdf adjunto con ese arranque que pone en situación y presenta al protagonista (Londresdespuesdemedianoche.pdf). Al voltear la última página me dije: “Atención a no poner las expectativas muy altas porque ya sabes lo que pasa cuando uno se pasa”. Tras un reposo digestivo suficiente, lo tengo claro. No me he divertido más con una historia con cine dentro desde hacía meses.

McKenzie no es un investigador corriente, ya que se presenta como uno de los hombres de confianza del todopoderoso y fascista Hoover, señor del FBI y sin duda uno de los hombres más poderosos del siglo XX. En su búsqueda del grial mudo nos ofrece momentos espléndidos, por bien documentados, de su convivencia con Hoover. No son, ni mucho menos, los únicos momentos sorprendentes de esta historia donde, suavemente, me he visto metido en una habitación con paredes de plata propiedad de un multimillonario (que existe en realidad); en una especie de bosque selvático, un mundo perdido al estilo de la imaginación de los escritores de libros de aventuras del XIX, o en mitad de una oficina de correos mexicana actual, digna de echar mucho de menos a las palomas mensajeras. Cruz no se priva de mezclar notas de novela negra con personajes que despiertan la mayor curiosidad para desprenderse tranquilamente de ellos cuando querríamos saber más; lo que en cine se llama buenos secundarios. Tan buenos que la mayoría son reales.

No me extiendo más. El tiempo que pensarás dedicar a leer más comentarios, dedícaselo a el arranque de la historia. También puedes escuchar parte de la conversación que mantuve con él por Skype (CharlaconAgustoCruz.mp3).

Tras esta conversación me quedé con ganas de probar a enviar una carta a Cruz para darle las gracias por su cinefilia…. A ver qué tal la oficina….

“Observé cómo un empleado colocaba el letrero de abierto en la puerta de la oficina de correos y me decidí a entrar. Bastó una sola mirada para comprender por qué el correo mexicano es un misterio. Enviar una botella al mar con un mensaje tenía más posibilidades de llegar a su destino que una carta con la dirección completa y el código postal. Decenas de costales que desbordaban correspondencia se apilaban contra la pared.

Algunas cartas estaban en el suelo y otras más bajo la mesa. Viejos empleados seleccionaban cada sobre con la lentitud y cuidado de quien trabaja con material radiactivo; uno a uno era inspeccionado con pasmosa lentitud. Algunos los agitaban esperando encontrar algo o trataban de ver su contenido a contraluz. Un anciano pasó ofreciendo gelatinas y flanes, una empleada de la sección de correo internacional le compró uno y lo puso encima de su escritorio mientras seguía trabajando. El caramelo del flan fue impregnando lentamente la correspondencia, sin que esto pareciera importarle. Archiveros que desbordaban carpetas amarillentas cubrían las paredes y el ruido de las máquinas de escribir se propagaba por el ambiente. Un grupo de carteros que terminaban de desayunar tomaron sus bolsas de cuero y salieron por la calle, mientras que un anciano escribía con parsimonia en un grueso libro de registros, como un monje medieval que copia un libro con toda una eternidad por delante. Me dirigí a la sección de apartados postales, donde cientos de escotillas numeradas se acumulaban unas contra otras. Busqué el número noventa y seis, traté de mirar por el cristal ahumado y sucio.

– “Ése está cancelado desde hace muchos años”, dijo el empleado detrás del mostrador.

Su rostro era moreno y tostado por el sol y su nariz redonda como una albóndiga.

– “Hace más de veinte años alguien envió un paquete a este apartado postal. Me gustaría saber el domicilio del dueño de ese entonces, el señor Edward James”, dije.

– “Uy, joven, eso va a estar difícil, ya pasó mucho tiempo, y ya ve, aquí nos modernizamos día con día”, dijo.

– “Tal vez si lo verifica en su computadora”, le insistí.

– “No se burle joven”, contestó el cartero. “Si no me han repuesto el silbato que se me rompió hace cinco meses, ahí ando entregando las cartas a puro chiflido”, se quejó. “Esos registros son muy difíciles de encontrar, están bien guardados, ya sabe, cosas de seguridad nacional”, dijo bajando la voz, mirándome como si esperara que dijera algo. “El correo es sagrado e inviolable”, sentenció. Soltó un falso tosido. “Y nosotros somos muy respetuosos de eso”, me guiñó un ojo. Me mantuve en silencio. “Tenemos nuestro código de silencio, como la mafia”, susurró, mientras extendía la mano y jugueteaba con sus dedos. No dije nada. “Mi esposa hace un mole riquísimo”, dijo suspirando, “nada de esos moles de marca, mole casero, con su arrocito, tortillitas, a treinta y cuatro pesos la orden. ¿Qué le parece si nos echamos un molito durante la comida y platicamos?”

– “Me parece bien”, contesté, pues de todas formas tenía que comer.

– “Van a ser sesenta y ocho pesos”, dijo. “Lo veo aquí enfrente en el parque a las dos y media”.

– “¿No dijo que la orden vale treinta y cuatro?”, reclamé.

– “Ah, es que le estoy cobrando dos, ¿a poco no me va a invitar?”, dijo. “Si los carteros ganáramos bien no andaría vendiendo mole, ¿verdad?””.

Carlos López-Tapia

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