Los cabarets de “Cabaret” (VII)

Los cabarets de “Cabaret” (VII)

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Querido Teo:

Para muchos el mejor momento de “Cabaret” no está en sus coreografías musicales, ni en la interpretación de sus protagonistas, sino en el único número rodado fuera del Kit Kat Club. Durante una fiesta campestre en un pueblo donde se detienen los protagonistas, se levanta sobre las demás la voz de un joven nazi que dice en su canción que el mañana le pertenece. Mientras los protagonistas conversan en su mesa, todos los que están en las otras han de ir alzándose e ir sumándose a la canción, hasta componer un coro vigoroso y entusiasta.

Era una secuencia simbólica para expresar el contagio del nazismo por toda Alemania, más fácil de entender que cualquier explicación sobre el mecanismo basado en la ambición que se puso en marcha sin que muchos alemanes se dieran cuenta del todo: se trataba de un afán de eficiencia abstracto, del empeño en hacer lo encomendado lo mejor posible, por muy absurdo, enigmático e incluso humillante que sea, con tanta aplicación, objetividad y detenimiento como sean concebibles. El perfeccionismo absolutista de este empeño es un vicio que los alemanes consideran una virtud. En cualquier caso se trata de uno de los rasgos alemanes más pronunciados y reconocidos tanto por extranjeros como por ellos mismos, tal y como escribiría Sebastián Haffner desde su refugio londinense: «No podemos evitarlo. Somos los peores saboteadores del mundo. Todo lo que hagamos tiene que ser de primera, ni la voz de la conciencia ni la autoestima pueden con ello. Hacer las cosas en todo momento bien -no importa de qué se trate: una tarea decente e ingeniosa, una aventura o acaso un delito- nos produce una intensa embriaguez viciosa y placentera que nos exime de plantearnos el sentido y el significado de lo que estemos haciendo. «Un trabajo bien hecho, las cosas como son», llega a decir un policía alemán admirado al contemplar el lugar de los hechos, desvalijado metódica y esmeradamente por el ladrón». Ahí estaba localizado un punto débil de todos los alemanes, fueran nazis o no. Y por ahí fue por donde abordaron con notable habilidad psicológica y táctica los nazis.

Al preparar la secuencia coral, Bob Fosse se percató de que un anciano no se levantaba con el resto, ni se sumaba al coro. Hizo que le preguntaran si le pasaba alguna cosa que se lo impedía. El hombre respondió que él había vivido esos tiempos y que podía irse si el director lo deseaba pero que no se levantaría para cantar aquello y mostrar entusiasmo, ni aunque fuera una ficción. Bob Fosse le dijo que se quedara y habló con uno de los cámaras para que mantuviera todo el tiempo un plano en la cara de aquel hombre. Más tarde montaría la secuencia yendo de los planos del entusiasmo nazi al gesto de aquel figurante superviviente una y otra vez. No estaba previsto nada así, pero el resultado convirtió a la secuencia en el mejor símbolo posible de lo que deseaban expresar.

El movimiento fascista “White power (Poder blanco)” sigue teniendo esta canción entre sus himnos a día de hoy. Muchos no saben y a otros no les importa, que la canción no sea ni de la época ni siquiera alemana. Sus dos compositores, los libretistas de “Cabaret”, la compusieron imitando las canciones tradicionales alemanas, y los dos eran norteamericanos y judíos. La letra de la canción que cierra el film resume el ambiente vitalista que flotaba en Berlín poco antes del terror nazi: “¿De qué te sirve quedarte solo en tu cuarto?. ¡Ven a escuchar la música en vivo!. Porque de la cuna a la tumba no hay una distancia tan larga”.

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Carlos López-Tapia

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Comentarios

diogenes de sinode - 28.10.2012 a las 06:52

Si, che…, yo había observado al viejito ese que no se entusiasmaba con la canción. Es una escena perfecta y no se me había ocurrido imaginar que salió asi de espontanea .

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