“Los lobos de Praga”

“Los lobos de Praga”

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Desde que “Reflections” llevó al cine a John Banville en 1984, ya sea como guionista o escritor adaptado, es tan seguido por los aficionados al cine como por los amantes de la novela negra, que practica bajo el seudónimo de Benjamin Black. Su propia afición por la historia le llevó a escribir una biografía novelada de Isaac Newton y ahora nos lleva a la ciudad que, desde hace dos décadas, es elegida con frecuencia para representar momentos del pasado. Esta es la Praga de un emperador muy peculiar, Rodolfo II.

Título: “Los lobos de Praga”

Autor: Benjamin Black

Editorial: Alfaguara

En 1564 llegó a Madrid un joven de doce años llamado Rodolfo. La abandonaría doce años más tarde, con 24, para convertirse en emperador del sacro imperio germánico, con el apoyo de su todopoderoso tío Felipe II, y para hacer de su corte en Praga un refugio de astrólogos, rosacruceros, cuáqueros, magos, kabalistas, y alquimistas, de los que todos tenemos cerca un producto que ha cambiado apenas en tres siglos. Hoy no hay visitante de la ciudad que no admire un pequeño callejón en el interior del recinto del palacio de Praga, el Callejón del Oro, donde Rodolfo II instalaba a los orfebres y buscadores del secreto para convertir metales vulgares en el más noble y perfecto de todos. El comportamiento del emperador Rodolfo, estudiado por Peter Marshall y R.J.W. Evans en obras que no han llegado al español, representa una actitud común en todas las monarquías europeas del Renacimiento. En Francia, los Médici protegieron y vivieron a menudo al son de consejos y las profecías de Nostradamus. En Inglaterra, los Tudor y, sobre todo, Isabel I, estaban pendientes de astrólogos, numerólogos y alquimistas como John Dee. Y Jacobo I fue un perito en demonología. Incluso el Papa Urbano VII practicó las ciencias astrológicas. En las universidades italianas se estudiaba el neoplatonismo y sus derivaciones mágicas; y de un convento de los dominicos, los más acérrimos defensores de la fe, salió el fraile Giordano Bruno, que puso en un brete los principios sacrosantos defendidos por la curia, y que lo pagó siendo la última persona quemada viva en la ciudad.

Muchos perseguidos y no pocos embaucadores encontraron en Praga un refugio, comida segura y la oportunidad, incluso remunerada, de practicar y desarrollar sus actividades sin peligro de caer en manos de los tribunales eclesiásticos. Aunque la historiografía española suela maquillar el impacto de la afición hacia las más variadas manifestaciones del ocultismo de Felipe II, tuvo a Rodolfo constantemente cerca de él, hizo que le acompañara en sus escasos viajes por la península y el joven fue amigo inseparable tanto del príncipe Don Carlos como del hermano bastardo del rey, Don Juan de Austria. A menos que admitiéramos que las aficiones por lo oculto le vinieran al emperador Rodolfo de la nada, fue su educación en la corte madrileña, con preceptores entre los que figuraban ilustres jesuitas, la que despertó su atracción por estos temas.

Esa atracción es el germen de esta novela histórica y negra protagonizada por Christian Stern, un joven erudito que se presenta en el castillo de Praga en lo más crudo del invierno de 1599 para tropezarse con el cuerpo de una joven degollada y abandonada en un callejón:

“Había llegado a Praga ese mismo día y había pasado por una de las puertas del sur de la ciudad al caer la noche, después de un fatigoso viaje desde Ratisbona, con los caminos cubiertos de roderas y el Moldava helado de orilla a orilla. Encontré hospedaje en el León Dorado, un sórdido hostal en Kleinseite, donde no pedí nada, sino que subí a mi cuarto y me eché en la cama sin quitarme la ropa del viaje. Pero no pude dormir por culpa de una multitud de chinches que pululaba furtivamente a mi alrededor por debajo de las mantas y de un mercader de diamantes de Amberes, que agonizaba en la habitación contigua y tosía y gritaba sin descanso. Por fin, pese a lo agotado que estaba, me levanté y bajé a la taberna, me senté en un taburete en el rincón de la chimenea y bebí aguardiente y comí bratwurst y pan negro en compañía de un viejo soldado, canoso y greñudo, que me obsequió con sangrientas anécdotas de sus días de mercenario a las órdenes del Duque de Alba en los Países Bajos muchos años atrás.

Era más de medianoche y el fuego se había consumido cuando, más bebidos de la cuenta, los dos tuvimos la idea, que en aquel momento nos pareció estupenda, de aventurarnos afuera para admirar la ciudad cubierta de nieve a la luz de las estrellas. Las calles estaban desiertas: nadie aparte de nosotros había sido tan estúpido de salir con semejante frío. Me detuve en una esquina a resguardo del viento para aliviar la vejiga y el tipo siguió andando, farfullando y canturreando en voz baja. Un ave nocturna pasó volando en la oscuridad, una aparición silenciosa de alas pálidas, que desapareció tan rápido como había llegado. Me abotoné los calzones —lo cual no es fácil cuando uno está borracho y tiene los dedos helados— y eché a andar en lo que me pareció el camino de vuelta a la taberna. Pero enseguida me extravié en ese laberinto de calles sinuosas y callejones sin salida que hay al pie del castillo, de donde juro que el hedor de las letrinas habría expulsado al mismísimo Turco.

Cómo, desde allí, me las arreglé para acabar en el Callejón del Oro es algo que no puedo explicar. La Parca también es una mujer caprichosa. Estábamos en pleno invierno, y una luna creciente pendía ladeada sobre la mole del castillo de Hradcany, que se alzaba sobre el estrecho callejón donde yacía el cadáver. (…) Tan embriagado estaba que es raro que reparase en la joven que yacía muerta entre las profundas sombras de los muros del castillo”.

Benjamin Black entrelaza a su protagonista con varios personajes reales, modificando la historia de tal manera en ocasiones que al final se siente obligado con nosotros, sus lectores, a darnos una breve explicación para separar historia de fantasía. Pero, como todos sabemos, la realidad puede superarlo casi todo. Es el caso de un personaje lateral, Don Julius de Austria, hijo ilegítimo de Rodolfo, y tal vez por eso su favorito. Estaba incluso más enfermo que el propio hijo de Felipe II, Don Carlos. Era tan violento que su padre lo desterró al sur de Bohemia. Allí, según cuenta Peter Marshall en “The Mercurial Emperor: The magic circle of Rudolf II in renaissance Prague”, «pasó sus días dedicado a la caza y al libertinaje». En 1608 secuestró a la hija de un barbero a la que violó e hizo prisionera, hasta que los sirvientes, alarmados por los gritos de la chica, forzaron la puerta del cuarto de Don Julius y, según relata Marshall, la encontraron «hecha pedazos con un cuchillo de caza, con los ojos arrancados, los dientes rotos y las orejas cortadas», mientras su captor, «desnudo y cubierto de excrementos», la abrazaba. Meses después Don Julius murió «en circunstancias misteriosas». En cambio, el misterio que rodea al cuerpo que yace en el Callejón del Oro, será aclarado.

Carlos López-Tapia

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