“Los secretos de la Roma antigua”

“Los secretos de la Roma antigua”

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No hay muchos historiadores que se sientan realmente cómodos en el mundo del espectáculo; o se sienten traicionados ante la necesidad de vender entradas, o como ocurrió en “Alejandro Magno”, la históricamente desastrosa película que Oliver Stone rodó en 2004 con el apoyo del historiador Robin Lane Fox, el implicado no suele recibir palmadas en la espalda por parte de sus colegas. A Lane le compensarán los honorarios y ver las caras de sus nietos cuando les muestra que su abuelo es un guerrero en la carga de la caballería de la película. El autor de este libro es un caso poco común, entre el academicismo y la participación en espectáculos de gladiadores como el que se realizó hace poco en Los Ángeles.

Título: “Los secretos de la Roma antigua”

Autor: Eric Teyssier

Editorial: Edaf

Teyssier es uno de los mayores especialistas en el mundo de los gladiadores y sus simbolismos. No en vano ha vivido la mayor parte de su vida en la segunda región europea romanizada, el sur de Francia. Su punto de vista sobre el crecimiento y dominio de Roma es interesante por la selección de acontecimientos y personajes elegidos. Esta es la primera decisión que toma un historiador moderno, limitado en su erudición por la conveniencia y necesidad de llegar al gran público.

Como lector y estudioso de Roma durante los últimos 40 años de mi vida, me he preguntado también cual fue la primera circunstancia que convirtió a un poblacho de exiliados y pastores en la difusora de cultura más importante de la historia. En un aspecto muy práctico yo apuesto por la pala que llevaban todos los legionarios en sus morrales, con lo que incluye de capacidad para mover a miles de hombres por toda Europa, levantando fortines y refugios a cada paso. Desde un punto de vista más sutil, coincido con Teyssier: “Aunque siempre han rendido culto a lo que es antiguo y a la herencia de sus ancestros más lejanos, los romanos son profundamente pragmáticos. Ese sentido común que les viene de sus raíces campesinas es el principal secreto de Roma. Esa capacidad innata de encontrar el justo equilibrio entre la tradición y la integración de todo lo que conviene tomar del vecino o del vencido la víspera. Para los romanos de la época imperial, el arte es griego, la espada de las legiones es española, su escudo es samnita, los signos del poder y los augurios son etruscos, los combates de gladiadores fueron concebidos en Lucania y en Capua y los ciudadanos de Roma proceden de todo el contorno mediterráneo”.

Esa capacidad de integración, nunca barata, es verdad, se observa en la adopción de todas las religiones y casi todas las costumbres extranjeras o “peregrinas”, porque desde muy pronto se creó la figura del “pretor peregrinus”, destinado a valorar y resolver los problemas que pudieran dar los que llegaban de otros pueblos para comerciar o instalarse en la ciudad.

Dentro del libro están los héroes legendarios, los dictadores o aspirantes, los literatos y, por supuesto, la forma de divertirse y su significado, por lo general muy mal interpretado en la ficción. El que este estudioso francés conceda un lugar destacado a Claudio, el emperador caricaturizado con frecuencia, condenado a una semiestupidez gratuita por Robert Graves en la novela con su nombre, ya indica que no acepta los estereotipos cuando se pone en modo profesor, aunque los entienda en modo divulgación espectacular.

La obra huye de epopeyas gloriosas para recordar en diversas maneras y épocas que “el pueblo de Roma fue admitido en el Senado a fuerza de luchas porque los patricios querían conservar celosamente ese privilegio”. Eso hizo que los romanos, más que cualquier otro pueblo, supieran abrir las puertas de su Senado a los enemigos de ayer. Sobre este punto, Teyssier selecciona una interesante comparación del propio Claudio entre Roma y Grecia: “¿Por qué Esparta y Atenas, tan poderosas con las armas, perecieron si no es por haber rechazado a los vencidos como extranjeros?”.

En efecto, aunque Atenas aparece como la madre de la democracia, se olvida demasiado a menudo que su gobierno se fundamentaba en una concepción estrecha de la ciudadanía. En Atenas, como en las otras ciudades griegas, los derechos cívicos están estrictamente reservados a los hijos y los nietos de ciudadanos. En la ciudad, los extranjeros, los metecos, cuando son tolerados, no disponen de ningún derecho político. Claudio termina entonces su alegato con una conclusión que ilustra perfectamente la modernidad de la civilización romana: “Padres conscriptos, las más antiguas instituciones fueron nuevas en su momento… Nuestro decreto envejecerá como todo lo demás y lo que nosotros justificamos hoy con ejemplos servirá de ejemplo a su vez”.

Se entiende que sigamos mirándonos tanto en Roma. Sigue de actualidad.

Carlos López-Tapia

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