Mi Parque Jurásico

Mi Parque Jurásico

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Querido primo Teo:

Cuando se estrenó "Parque Jurásico" yo tenía once años y lo que más deseaba en el mundo era ir al cine a verla. El caso es que era una película no recomendada para mayores de 13 años, y mis padres, tan estrictos como poco dados a alegrías cinéfagas, no estaban dispuestos a dejarme.

En el otoño de 1993, en España, TODO era "Parque Jurásico". Fue un fenómeno solo comparable a los posteriormente vividos con "Titanic" o, en menor medida, "El señor de los anillos" ("Avatar" no logró acercarse a esa locura colectiva). Así que, además de no poder ir a verla, de golpe me encontré rodeado de coleccionables, series, muñecos de acción, enciclopedias y neófitos expertos en todo lo que tuviera que ver con los putos dinosaurios. Y yo lo único que quería era acompañar a Sam Neill y Laura Dern a la Isla Nublar.

Mi mejor amigo de entonces, que sigue siendo mi mejor amigo ahora (en eso consisten los mejores amigos), tuvo unos padres más magnánimos y una tarde de domingo le permitieron acercarse al cine del estreno. Ir a ver una película de esas características suponía, hace más de veinte años, salir de casa dos horas antes y hacer una hora de cola en la calle hasta poder entrar en el cine. Y el cine era un templo de una sola sala, con alfombras rojas en el recibidor y una enorme lámpara de cristal colgando desde el techo, un patio de butacas y al menos un anfiteatro. Y una pantalla gigante tapada por un telón, que se abría lentamente antes de cada sesión, mientras se iban apagando las luces. Cuando perdimos el telón se jodió gran parte de la magia del cine. Ni internet ni las descargas: el telón, y seguimos sin entenderlo. Tras el telón estos templos perdieron la pantalla, las butacas y hasta la dignidad, y hoy en día muchos de esos templos se venden bragas o pamelas. Para estos hemos quedado.

El caso es que recuerdo perfectamente aquel domingo por la tarde porque lo pasé en casa, impaciente, esperando su llamada. Creo que jamás he esperado con esa ansia la llamada de una chica. Y a eso de las ocho me llamó. Yo estaba dispuesto a quedarme de pie, en la cocina, con el auricular en la mano mientras él me contaba escena por escena toda la película, y me detallaba los asombrosos dinosaurios creados por los efectos especiales.  Sólo pudo contarme la primera escena: el traslado bajo la lluvia de una caja misteriosa, y luego, el ataque y la orden de disparar. Llegados a ese punto, no me quiso contar más: “Tienes que verla -me dijo- y, sobre todo, escucharla ¡Menuda banda sonora!”. Mi amigo Miguel tenía once años, pero no era gilipollas, y detectó desde el primer momento que el efecto especial más importante era la música de Williams. Por eso le quiero. Por eso es mi amigo.

Dos meses tardé en convencer a mis padres para que me dejaran ir a ver "Parque Jurásico". Y para cuando lo hice, me encontré con que ya ninguno de mis amigos iba venir conmigo. Incluso mi hermana, de 17 años, y a la que ya habían convencido cuatro años antes para que me llevara a ver "Batman" e "Indiana Jones y la última cruzada", dijo que nones, que ella ya la había visto y que sus fines de semana no estaban hechos para pasarlos con el mocoso de su hermano. Así que, por primera y única vez en mi vida, me fui al cine acompañado por mi padre.

Era de noche, y, sin embargo, llovía. El cine ya no era el del estreno, sino aquel al que pasaban las películas cuando otro estreno venía a sustituirlas. Era algo más pequeño, un poco más oscuro y olía bastante más a humedad. Hoy en día está tapiado porque se había convertido en casa okupa y ardía cada medio mes, pero cuando paso por delante me sigo sacando el sombrero en señal de respeto, y, en dos o tres años, cuando le enseñe la fachada a mi hijo, le explicaré que su padre allí vio "Parque Jurásico", que su padre allí fue infinitamente feliz.

Ver "Parque Jurásico" con once años es una bendita putada. Es una bendición porque es la edad a la que debe verse, pero es una putada, porque si no los tienes, si ya eres viejo o resabiado, la película funciona de tal forma que, en cuanto te despistas, los pies te cuelgan de la silla y te das cuenta de que la experiencia incluye un viaje a la felicidad verdadera, la que solo pueden proporcionar los ojos de un niño asombrado. Me senté a la izquierda de mi padre, que iba sin muchas ganas, y, cuando los protagonistas viajan en helicóptero y Sam Neill opta por atarse con un nudo convencional el cinturón de seguridad porque no sabe hacerlo de otro modo, mi padre soltó una carcajada. Entonces me giré, y vi su rostro, iluminado por esa luz de dioses que es el reflejo de la pantalla, disfrutando de verdad de la película. Como un niño de once años. Como yo.

Esa mirada de asombro, al descubrir a mi padre como un igual, es la que vertebra toda la película. Porque "Parque Jurásico", un blockbuster que hoy sería imposible por lo mucho que tarda en arrancar, es, como todas las buenas películas, una historia sobre la mirada. Universal se gastó una millonada en efectos especiales, y Spielberg hizo avanzar décadas la tecnología con una sola película, pero los planos que el espectador recuerda, los momentos más icónicos de la cinta, tienen que ver con el talento de su director hasta tal punto que sólo dependen de ideas visuales narrativas, no del presupuesto: ondas provocadas en un vaso de agua, un brazo tembloroso que sostiene una cuchara con gelatina, Objects in mirror are closer than they appear, una sombra de un velocirraptor sobre un mural, un tipo quitándose asombrado las gafas de sol mientras se levanta en un jeep descapotable, y así todas las que se les ocurran. Talento, narración y mirada. Un niño sorprendido por la carcajada de su padre.

Spielberg hizo la machada de presentar el mismo año dos películas que han quedado para la posteridad como dos obras maestras absolutas. La seria, en blanco y negro, la comercial, llena de efectos especiales. Dos películas sobre lo mismo: la vida, abriéndose camino en el entorno más hostil, desafiando la extinción. En un campo de concentración, en un parque temático. La niña del abrigo rojo; el logotipo del parque, con un dinosaurio sobre un fondo rojo.

En "Parque Jurásico" todos encuentran cómo reproducirse, porque la vida siempre se abre camino. El doctor Alan Grant, tan estéril a efectos prácticos al principio del metraje como los dinosaurios hembra del parque, es un personaje completamente distinto en el helicóptero de vuelta a la civilización que aquel en el que les llevó por primera vez al parque. Y el niño que abandonó esa sala de cine de la mano de su padre una vez terminada la película, era alguien distinto al que había entrado. Más feliz y mucho más ennoviado de esto del cine.

Desde entonces, "Parque Jurásico" me ha acompañado a lo largo de mi vida. Fui un niño que vi "Parque Jurásico" con mi padre. Fui un adolescente que vi "El mundo perdido" con su pandilla de amigos. Fui un universitario que vi "Parque Jurásico III" con la novia con la que acabaría casándose. Y fui un adulto que visitó la atracción de "Parque Jurásico" en los estudios Universal de Los Ángeles en su luna de miel. Allí me monté en una barcaza y, cuando, entre la niebla, aparecieron las puertas gigantes del parque para abrirse a nuestro paso, volví a tener once años. Como mi padre veinte años atrás. Como cada vez que reviso la película.

Y ahora, veintidós años después de su estreno, llega la cuarta parte. Y no tengo claro si yo he defraudado al parque o el parque me ha defraudado a mí. Porque el siguiente paso natural consistía en que yo pudiera llevar a mi hijo este fin de semana. Para verle disfrutar, para que él me viera rejuvenecer. Pero mi hijo apenas tiene tres meses, así que o él ha llegado tarde o el parque se ha precipitado a la hora de abrir sus puertas. Así que en esta ocasión iré a verla solo, a disfrutar de todos sus momentos, para luego contársela, aunque él no me entienda, para luego, al menos, poder ponerle la música.

Porque una cosa es cierta: al final la vida se abre camino.

Post escriptum:

"Las cosas han cambiado bastante apenas cinco años después de que este artículo fuera publicado en la página web Cinéfagos (q.e.p.d).

En este lustro "Jurassic world" y su secuela han tenido tiempo de recaudar más de dos mil millones de dólares y de decepcionar a toda una generación que, casi treinta años después de asistir al estreno de la película original, ha perdido gran parte de su capacidad de asombro. Las películas ya no son como las de antes, aseguran, levantando la ceja, sin darse cuenta de que ellos tampoco son los de antes.

En lo personal, he vuelto a ser padre, pero hace apenas unos días llevé a mi hijo mayor de visita, por primera vez, a la Isla Nublar. Él también vibró con la música de Williams, abrió los ojos asombrado ante la presencia de los dinosaurios y, al acabar la proyección, me preguntó qué había sido ese cosquilleo en el estómago que le había impedido permanecer sentado mientras los niños escapaban de los velocirraptores en la cocina.

Y, desde ese día, una de sus ocupaciones principales es ir tachando fechas del calendario, a la espera de ese "Jurassic world 3" que tiene previsto su estreno en cines para el 11 de Junio de 2021.

Y ahora, cuando nos vemos y nos sonreímos por debajo de la mascarilla, pienso en eso de que la vida siempre se abre camino. Aunque sea en las condiciones más adversas.

Daniel Lorenzo

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Comentarios

Mobynico13 - 01.10.2020 a las 15:23

Precioso relato. Nostalgia pura. Unas vivencias a la altura de la saga. Espero que no se estropeen con futuras entregas. 🤞

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