“Midsommar”

“Midsommar”

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La web oficial.

El argumento: Una pareja estadounidense que no está pasando por su mejor momento acude con unos amigos al Midsommar, un festival de verano que se celebra cada 90 años en una aldea remota de Suecia. Lo que comienza como unas vacaciones de ensueño en un lugar en el que el sol no se pone nunca, poco a poco se convierte en una oscura pesadilla cuando los misteriosos aldeanos les invitan a participar en sus perturbadoras actividades festivas.

Conviene ver: “Midsommar” es una propuesta curiosa y singular explorando nuevas vías del género de terror, aquí demostrando que no es necesario utilizar una fotografía oscura para que la sensación de desconcierto sea mayor. Luminosa como una mañana de verano, pero con la inquietud de que nunca anochezca, la cinta todavía logra crear más angustia por esa sensación de apacible festival de verano envuelto en ritos paganos que tiene un lado muy tortuoso en su interior. Una película muy cuidada en el aspecto visual y en la fotografía creando una atmósfera intrigante e hipnótica más en su puesta en escena que en su resultado ya que su irregularidad hace que las intenciones del llamado nuevo tótem del cine de terror sean superiores a su ejecución en un retrato surrealista, confuso y enfermizo sobre la locura y el terror más profundo de una joven pareja tipo como la que vemos en este pueblo seco, no siendo el mejor escenario para solucionar sus problemas de pareja propios de la convivencia y el mundo moderno. Una cinta extraña, macabra, de luz desquiciante y que es más interesante por lo que hay alrededor que en los propios protagonistas que sufren ese descenso a los infiernos de locura, enfermedad, tormentos interiores sobre un conjunto turbio y folclórico que añade vanguardismo postmoderno a una apuesta con las claves clásicas del género y que recuerda a “El hombre de mimbre” (1973) y “Kill list” (2011). Una película tan deslumbrante como incómoda de ver, tan guiñolesca como atmosférica y tan ambiciosa como fallida en su mejunje de tradición burlesca y desencanto millennial que le hace moverse entre lo perturbador y lo ridículo a la hora de tratar temas como las relaciones de pareja o el legado cultural en ese pueblo sueco en el que nunca se pone el sol y que vive de ritos que bordean lo alucinógeno y enrarecido. Lo mejor es el embriagador poder de sus imágenes, de clara herencia de los aires de libertad del movimiento hippy de los 70, y el trabajo de Florence Pugh pero, en verdad, al director se le nota que se ha venido arriba y su ego está por encima de lo que la película deja como poso más allá de su analogía y reflexión, tan forzada como obvia con mucho artificio alrededor a la hora de abordar lo que no es más que un melodrama de pareja. Como si fuera un Bergman descafeinado engullido por la parafernalia ancestral en una propuesta inclasificable que garantiza la división de opiniones.

Conviene saber: Es el segundo largometraje de Ari Aster (“Hereditary”).

La crítica le da un SEIS

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