Mr. Pinkerton busca un empleo

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¡Hola muchacho!

¿Cómo te ha ido en estos dos meses?. Estaba aquí en mi despacho, y me he acordado de que me comentaste que tenías un congreso internacional de necrófilos en Túnez…Dime, ¿has tenido algo que ver con todas estas revueltas?. No, mejor no me lo digas… ¡Cuánto cambia el mundo y en tan poco tiempo!. Hace una semana recibí la visita de mi primo Vicente. No sé si alguna vez te he hablado de él. Se llamaba Vicente porque su madre adoraba a Vincente Minnelli. De pequeños éramos íntimos. Vivíamos pared con pared. Al hacernos jóvenes, yo me quedé en Madrid, pero él decidió irse a Australia, en plan Cocodrilo Dundee. Se instaló en Wollongong, y montó allí una arrocería. Le fue muy bien, hasta hace dos años: se murió su cocinero estrella y entonces todo se fue a pique. Así que se vino a España, casi arruinado, y aquí trabajó en lo que pudo en Barcelona. En su último puesto parecía irle bien, pero le llamó su jefe, y como a James Stewart en “El bazar de las sorpresas”, su jefe le despidió. Se pensó que tenía un lío con su esposa, sólo porque le escuchó una conversación a la dama en la que hablaba de las virtudes amatorias del “australiano”. Y harto de su situación, se vino a Madrid y vino a verme.

Lo primero que me pidió fue un trabajo en mi agencia de detectives. Por desgracia, no pude satisfacerle, ya que la agencia también sufre esta horrible crisis. Como hay menos divorcios, pues hay menos clientes dispuestos a pagar por averiguar si su cónyuge le pone los cuernos. Muchacho, ojos que no ven… y ya sabes cómo sigue. También le dije que no podía echar a Marga para contratarle a él. Vicente lo entendió, y entonces me dijo: “Primo Pinkerton, tú eres un experto en la búsqueda de objetos robados. Así que yo lo que te pido es que me busques un empleo”.

PinkertonEmpleoKramervsKramerMuchacho, no podía imaginarme que antes iba a encontrar a Mubarak que un buen empleo para mi primo. Lo primero fue hacer un buen currículum, comprarle una corbata y llevarle al peluquero. Necesitaba una transformación como la de Bette Davis en “Un gangster para un milagro”. Como era temprano, fuimos a desayunar chocolate con churros a la chocolatería San Ginés. Compré una de esas publicaciones de ofertas de empleo y, como hacen en las pelis americanas, rodeé con un círculo en rojo todas las ofertas en las que mi primo pudiese tener alguna posibilidad. Para ese primer día, organizamos cuatro entrevistas.

La primera fue un fracaso: a Vicente le entró la risa floja en mitad de la entrevista. Según me dijo, se le vino a la mente la escena de “Full monty” en la que los protagonistas se contorneaban al ritmo del Hot stuff de Donna Summer mientras esperaban en la cola del INEM inglés. Por supuesto, le dije que eso no era serio. La segunda entrevista era para un puesto de comercial de tractores. Vicente me decía que él no sabía nada de tractores, y ni siquiera de vender. Pero me acordé de esa última frase que decía el veterano de guerra desempleado de “Los mejores años de nuestra vida”, aquello de “sólo sé que sé aprender”. Le insistí para que se lo dijera al técnico de selección… pero no funcionó. Le respondió que él también había visto la peli de William Wyler y que si quería trabajar con ellos, que aprendiese de tractores y de ventas.

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PinkertonEmpleoLoslunesalsolLa mañana no empezó bien, así que para animarle le invité a comer carne de buey al horno de leña, toda una experiencia. Después de un café para despejarnos, acudimos a la tercera entrevista del día: un puesto de auxiliar administrativo en una gestoría de San Bernardo. El ambiente no podía ser más triste. Nos recordó a esa escena de “Los lunes al sol”, cuando Lino espera a que le llamen para la entrevista, en un ambiente gris, tan triste que cuando le llamaron para entrar, se quedó sentado, intimidado por la juventud de los demás candidatos, y después se largó de allí. Vicente no se fue porque yo se lo impedí. Era verdad que los demás eran más jóvenes, seguramente con currículum llenos de cursos, másteres y todo tipo de condecoraciones… pero él debía mostrar seguridad ante esa panda de imberbes que querían quitarle el puesto. Me acordé de Ted Kramer, el publicista encarnado por Dustin Hoffman; esa mítica escena en la que insiste en ser atendido el viernes antes de Navidad, cuando todos los empleados bebían y hablaban con toda la jocosidad que se guardan el resto del año. Y allí se plantó, les enseñó su trabajo y les dijo cortés pero muy seriamente: “No, señores, la oferta es por un día. Han visto mi trabajo y saben que estoy cualificado para este puesto. Si me quieren en su empresa, han de tomar la decisión ahora. No mañana ni el lunes; ahora”. Y eso les dijo mi primo Vicente; pero tampoco coló. También habían visto “Kramer contra Kramer”, al menos quince veces, ya que tenían la TCM en sus casas, y claro. Aún así, Vicente salió de aquella oficina dando un beso en la boca a la recepcionista, aunque sin la alegría de saber que se había hecho con el puesto.

PinkertonEmpleoElmetodoFrustrados, recorrimos la Gran Vía camino de la cuarta y última entrevista del día. La cita era en lo alto de la Torre Picasso. Se trataba de una selección de un puesto de alto directivo. Ya sé, muchacho, te preguntarás qué hacía mi primo el arrocero en semejante proceso de selección. Mi intención era hacerle pasar por una dura entrevista, para que así las demás le pareciesen fáciles. Lo que no podía imaginarme era que a mi pobre primo le iban a hacer pasar por semejante experiencia vital. ¿Has visto la película “El método”, muchacho?. Pues te aseguro que el proceso de selección de esa película es un juego de niños en comparación con lo que tuvo que vivir el bueno de Vicente: tests psicotécnicos interminables, dinámicas de grupo, entrevistas compartidas con varios candidatos, entrevistas a solas con los técnicos de selección… Así, hasta llegar a la última prueba entre los tres últimos candidatos. Se lo llevaron a la sierra madrileña, y allí tuvo que pasar la noche a la intemperie, ataviado con una navaja y una linterna, en plan Rambo. Tenía que superar algunas pruebas, pero ahí mi primo estaba en su elemento, porque sus años en Australia le curtieron, por eso fue un ejemplo de resistencia y consiguió el puesto. Muchacho, quién iba a decirme esa mañana que al día siguiente mi primo iba a ser nombrado directivo de una importante consultoría internacional. No sabe hacer ni una tabla Excel, pero ahí le tienes, con un despacho en la torre Picasso.

Así que ya sabes, muchacho, no te limites nunca en tus aspiraciones, y consigue todo lo que quieras.

¡Saludos!

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