Mr. Pinkerton y el tesoro del safari

Mr. Pinkerton y el tesoro del safari

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¡Hola muchacho!

¿Cómo va tu inicio del verano?. Me han dicho que tuvieron que retirar el ventilador de tu celda, ya que te empeñabas en que aquellos que entraban allí metiesen un dedo por las rejas del aparato. Yo he tenido un caso que me ha llevado de safari, emulando a Clark Gable en “Mogambo”. Me encontraba yo en la piscina de la casa de la madre de Marga (no me preguntes qué hacía yo allí), cuando recibí un telegrama (tampoco me preguntes cómo narices sabían que yo estaba allí) que decía: “Mr. Pinkerton. STOP. Cómprese un spray anti mosquitos y acuda usted y su ayudante con ropa de safari al aeropuerto. STOP. Le esperamos en las salidas de la T4 mañana a las 07:00 AM. STOP. Yo seré el del sombrero de aventurero. STOP”. Así que dejé el té con pastas con el que me estaba agasajando la señora para ir directo a comprarme el material que me pedían. Muchacho, sin duda me esperaba un caso apasionante.

A la mañana siguiente, Marga y yo estábamos en una de las cafeterías de la T4 escuchando al hombre que nos había contratado; Philis, se llamaba, buscador de tesoros de unos 50 años y con cara de personaje de Tintín. “Mr. Pinkerton, le he contratado porque voy con dos socios míos en busca de un tesoro perdido en Kenia. Se trata de una maleta repleta de joyas cuyo contenido está valorado en más de 10 millones de dólares. Su propietario tuvo un accidente de avioneta y murió; se encontraron los restos del aparato y del hombre, pero… ni rastro de la maleta. Pensamos que debió de caer en un punto poco frecuentado. El problema es… que no me fío de mis socios. El objetivo es que se ustedes se hagan pasar por los patrocinadores de la expedición, y deben parecer alelados, y si ven algo raro, háganmelo saber”.

PinkertonSafariMogamboLlevaba tiempo queriendo hacer un safari, así que ese 5% de su parte del tesoro me convenció del todo para aceptar el caso. Marga y yo asumimos el papel de hermanos ricachones y alelados con ganas de aventuras. Philis me dijo que sería más creíble si nos hacíamos pasar por un matrimonio… pero… como no estábamos por la labor de hacernos carantoñas… mejor nos hicimos pasar por hermanos, a pesar de los 30 años de diferencia de edad. En la cola de embarque, Philis nos presentó a sus dos socios, los cuales tenían un aspecto de lo más sospechoso: Richy era un ex legionario francés con un parche en el ojo, y Stuart un ex capitán de barco con tatuajes por todo su cuerpo. Ambos no dejaron de mirar a Marga durante todo el vuelo, lo cual nos hizo pensar que quizás sí hubiese sido mejor hacernos pasar por un matrimonio, para que no la vieran como una soltera perdida en África. Así que decidimos decirles que Magda era monja, y que se había pedido un año sabático en su convento para vivir experiencias de todo tipo… menos carnales, claro. Aunque… la monja de “La reina de África” acabó como acabó…

Un día después ya estábamos montados en un Land Rover, viendo pasar a los rinocerontes como si fuesen taxis de Nueva York, emulando a John Wayne en “Hatari!”. Pero nuestra labor no era capturar animales, sino buscar una maleta con joyas que a saber si ya estaban en los estómagos de decenas de monos. La primera noche acampamos en una zona tranquila y, en teoría, alejada de animales selváticos, aun así, no paramos de escuchar ruidos de todo tipo, así como el típico “Uuh-Ah-Ah-Ah-Ah-Ah-Ah-Ah” que se escucha siempre en las películas de safaris. Hicimos una fogata reglamentaria y, a la luz de las brasas, empezaron a contar historias de buscadores de tesoros. Esa noche le tocó hacer guardia a  Richy. A eso de las 3 de la madrugada me sonó el despertador, lo había puesto queriendo para hacerme pasar por desvelado y buscar así la complicidad del francés con acento de Córdoba. Estuvo hora y media hablándome de su familia y de sus líos con su ex mujer; por más que buscase en él un halo de malicia, no encontraba en su único ojo una mirada oscura. Aquel chico de Toulouse sólo quería su parte del tesoro para abrir una peluquería, y jamás nos traicionaría.

PinkertonSafariMapadeltesoroAl día siguiente caminamos por la selva siguiendo el mapa del tesoro. No imaginaba que aquello resultase tan duro. Muchacho, cuando ves sobre tu brazo un mosquito del tamaño de una nuez, te replanteas si realmente el hombre es el ser dominante en la Tierra. La noche tardó una eternidad en llegar, y de nuevo mi despertador sonó de madrugada para buscar la complicidad, esta vez, de Stuart. El ex capitán de barco era un hombre extraordinario, me habló de sus múltiples batallas con el océano y su ejército de olas. A los 15 minutos se me desnudó para enseñarme sus 50 tatuajes, donde no faltaba el “Amor de Madre” y otro de Moby Dick y el capitán Ahab con la cara de Gregory Peck. Tampoco vi en él nada vil. No obstante, tuve que tener siempre un ojo abierto por lo que pudiese pasar.

Y al tercer día, por fin llegamos al punto marcado con la X en el plano, y justo ahí, entre matojos, se encontraba la maleta, la cual estaba… totalmente vacía. Nos volvíamos todos cabizbajos rumbo al campamento base cuando, de repente, vimos a un mono que tenía en su dedo un anillo de diamantes. Aquello nos pareció harto sospechoso, así que le seguimos y nos llevó hasta los árboles donde habitaba su manada. Todos ellos lucían en sus dedos, muñecas o cuellos todo tipo de joyas de incalculable valor. Entonces, Philis, emulando a Sigourney Weaver en “Gorilas en la niebla”, mostró su habilidad para dialogar con los monos y llegó con ellos a un acuerdo: todas sus joyas a cambio de 50 kilos de plátanos. Nos pasamos día y medio recolectando plátanos, y cuando por fin los teníamos, los monos nos depositaron todas sus joyas frente a nosotros. ¡Qué fácil es negociar con un mono, muchacho!.

PinkertonSafariTribuZuluIniciamos el camino de vuelta, y el ambiente se enrareció. La cosa había cambiado, ahora nos acompañaba un tesoro de 10 millones de dólares. Todos sospechábamos de todos, incluso por unos segundos yo sospeché de Marga… ¡Cuanta maldad trae consigo el dinero, muchacho!. Al llegar la noche, pusimos la maleta del tesoro en el suelo y, alrededor de él, nos tumbamos para dormir… aunque nadie cerraba un ojo. Pero la noche es poderosa, y a eso de las 3 de la mañana, todos roncábamos a placer en medio de la selva. ¿Todos?. No, uno de nosotros no lo hizo. A la mañana siguiente la maleta seguía intacta y en su lugar. Proseguimos con el viaje, y nos turnábamos para llevar la maleta, la cual pesaba unos diez kilos. En una de éstas, Richy se tropezó y rodó con ella, la cual se abrió por los continuos golpes, los cuales consiguieron que acabase abriéndose. Y cuál fue nuestra sorpresa cuando vimos todos que en su interior sólo había… ¡piedras!. Sí, muchacho, alguno de nosotros había cambiado las joyas por piedras. Pero… ¿quién sería?. Todos nos acusábamos el uno al otro. Philis llegó a decir a sus socios que Marga y yo teníamos toda la pinta de ser los sospechosos, lo cual era absurdo. A punto estuve de desvelar que yo era un detective contratado por Philis, pero me acordé de la cláusula cuarta del contrato, la cual indicaba que por nada del mundo podría desvelar a sus socios mi condición de detective. Y, cuando Richy y Stuart estaban a punto de lincharme, aparecieron unos cien nativos de la tribu de los ogiek que no tardaron en captarnos y amortajarnos.

PinkertonSafariTarzanMuchacho, ¿tú has visto las películas de Tarzán?. ¿Recuerdas que los blancos siempre acababan atados a unos palos que se alzaban y dejaban los cuerpos boca abajo con una fogata en la base?. Pues eso mismo hicieron con nosotros. Entre cánticos, nos elevaron uno a uno, y al llegar al último, que era Philis, nos quedamos de piedra al ver cómo de sus calzoncillos caían todo tipo de anillos, joyas y pulseras. El sinvergüenza había robado el tesoro, y su plan era contratarme para luego acusarnos a Marga y a mí que, a fin de cuentas, a ojos de sus socios éramos unos desconocidos. Pero, lo que son las cosas, tuvimos que agradecer que eso ocurriese, ya que los nativos, al ver que de él caían joyas de oro y brillantes, le tomaron por un Dios, y a nosotros nos liberaron. Philis decidió quedarse con la tribu en su nueva calidad de semidiós, y el resto del grupo seguimos con nuestro camino de vuelta con la parte del tesoro que nos correspondía. Mi 5% se elevó al 15%, ya que la cláusula quinta decía que, en caso de dolo por parte del contratante, mi porcentaje de ganancias subiría el triple.

Muchacho, qué bien se está en Madrid cuando has vivido un tiempo en la selva… aunque al llegar nos encontráramos una huelga salvaje de metro.

¡Saludos!

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