Mr. Pinkerton y los mensajes navideños

Mr. Pinkerton y los mensajes navideños

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¡Hola muchacho!

Me han dicho que has estado hospitalizado al sufrir un shock tras leer las tres primeras páginas del libro de Belén Esteban. A quién se le ocurre. Espero que no te haya dejado secuelas irremediables… Te escribo ya oliendo a Navidad. Bueno, oliendo y oyendo a Navidad. Y casi vomitando a Navidad. Esto de vivir en el centro de Madrid tiene estas cosas. Ayer me dio por asomarme a la ventana en calzoncillos y viví esa secuencia de “La vida de Brian”, cuando Brian se asoma desnudo y ve a media población en la calle observándole. La gente coge vacaciones en Navidad, pero a mí me salen muchos trabajillos de poca monta: Seguimientos a Papá Noeles, vigilancia de camellos… Pero lo que jamás me había pasado es lo que ahora te voy a narrar.

Estaba en mi despacho y Marga me avisó de que alguien muy elegante me esperaba en la entrada. Nada más verle le reconocí: El secretario personal del Rey Juan Carlos. Yo ya hice un trabajito para el monarca, que recordarás, y pensé que quizás me traía una invitación para tomar un café o algo así. Pero no, era algo más serio. Muchacho, ese hombre se sentó a mi vera y me contó que el Rey estaba deprimido con todo lo que estaba pasando, tanto en España como en su propia familia y sin olvidar sus visitas al taller, y que estaba tan deprimido, tanto, que se negaba tajantemente a grabar su tradicional mensaje de Navidad para las cadenas de televisión.

El secretario había pensado en mí por el compadreo que tuvimos en nuestra aventura africana, y también porque su actor favorito es Sean Penn. Así que no le hice esperar y me fui con él a palacio (así es como llamamos los amigos del Rey a su casa). Llegó y me llevaron a sus aposentos, y el panorama que me encontré era dantesco. El monarca sentado en el suelo, en posición fetal, contemplando la moqueta. Lo primero que pensé fue cómo narices se iba a levantar del suelo, y lo segundo, que qué hacía yo allí, si lo que necesitaba era un doctor del coco. Entre el secretario y yo conseguimos ponerle en pie y lo llevamos hacia una silla, y luego hizo llamar para que nos sirvieran un aperitivo, y el secretario, con su cabeza, me hacía señales para que iniciara el tratamiento.

Se tomó una copa de fino, acompañado de un queso viejo, de los que hacen picar el cielo de la boca, y entonces reaccionó: “Hombre, Pinkerton, ¿qué hace usted aquí?”. Yo, sagaz, no le dije la verdadera razón, porque de habérselo dicho sin duda hubiese empeorado. Hablamos de lo divino, lo real y lo humano, y fue entonces cuando él mismo me confesó que este año pasaba de grabar su mensaje. “Pinkerton, este año yo paso de todo”. Empezó a explicarme a qué se debía su tristeza (cosa que ya conocía como adicto al Telediario que soy), y a medida que iba relatando aquello sus ojos comenzaron a enrojecer. Yo le escuché, porque necesitaba desahogarse. Por un momento me vi como Billy Crystal en “Una terapia peligrosa”. Yo le dije que se dejara ayudar por mí, y que encontraríamos el método para que encontrara su camino. De repente me cogió del brazo y me dijo: “Pinkerton, si por seguir tu método yo me vuelvo republicano, tú mueres, ¿entendido?”. Y lo entendí, muchacho, claro que lo entendí.

La verdad es que no había método que valga. Hicimos varios juegos de mi época de boy scout, y luego nos fuimos a la sala de la tele, y allí le puse varios videos: “¡Qué bello es vivir!”, “El rey y yo”, “Sopa de ganso” y varios capítulos sueltos del No-Do, de su coronación y esos momentos que supuse que eran especiales para él. Quería que su cerebro reaccionara, que recordase lo bueno de su pasado para que se enfrentara con fuerza a lo duro de su presente, y de paso, inyectarle un poco de espíritu navideño. Le expliqué que muchos españoles necesitaban su mensaje navideño para dormir, que es un buen inspirador para los cómicos, y que todos los españoles monárquicos entrarían en shock si el 24 de Diciembre ponían la tele a las nueve de la noche y no sale el monarca. Y por lo que se ve, muchacho, la terapia funcionó, porque me agarró del brazo y me llevó hacia su despacho. Llamó a los encargados de la grabación, que le esperaban desde hace días, y se puso manos a la obra.

Ni siquiera tuvo que ensayar. Lleva tantos años representando la misma secuencia que ya sabe en qué momento tiene que girar la cabeza para ir mirando a las distintas cámaras. A todo esto que apareció la reina Sofía, encolerizada por lo mucho que había hecho esperar a los cámaras, maquilladoras, encargados del sonido y al fluffer. Y Don Juan Carlos se levantó y le dijo: “Mira, no te pongas leona”. Y entonces le salió a ella en un italiano transalpino: “A questo punto io mi vado”. No entendí por qué lo dijo en italiano, pero no era el momento de averiguarlo. La situación se estaba titanicando, y tuve que poner orden. Me recordé a Geoffrey Rush en “El discurso del rey”. Hice que en el despacho-plató sólo se quedara la gente imprescindible, e hicieron un amago de echarme. Pero al final se quedó el Rey, los cámaras, el fluffer y yo.

Muchacho, ni falta que hace decirte que el mensaje lo leyó con la misma profesionalidad shakesperiana de siempre, pero esta vez lo interpretó como un James Stewart poseído por el espíritu de la Navidad. Nunca estuvo más sincero ni más entrañable. Me apuesto un dedo que hasta hace llorar a Cayo Lara, aunque no querrá reconocerlo

Y sin más, muchacho, te envío la tarjeta navideña de los príncipes de estas Navidades, regalo del Rey, y te deseo una feliz Navidad, un próspero año nuevo y que los Reyes te traigan muchos cadáveres.

¡Un saludo!

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