Mr. Pinkerton y los zoos de película

Mr. Pinkerton y los zoos de película

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¡Hola muchacho!

Me han dicho que te acabas de despertar de la hibernación asistida que pediste para no soportar la información relativa al Debate sobre el Estado de la Nación… Yo he andado de aquí para allá, con mis casos y mis cosas. Y ahora he de seleccionar uno de ellos para así contártelo… y creo que me voy a decantar por el caso del zoo. Sí, muchacho. Una aventura tremenda la que he vivido en un zoo, de una ciudad concreta que no puedo especificar porque me hicieron firmar una cláusula y esas cosas hay que cumplirlas.

El caso es que estaba desayunando en un bar con bollería selecta y, al abrir mi cruasán, me veo un papelito en su interior enrollado como un pergamino. Aquello me pareció poco higiénico, pero pensé que igual me había tocado un viaje a las Bahamas por ser el cliente un millón o algo así… ¡Pero no!. Se trataba de un mensaje que decía: “Mr. Pinkerton, vaya usted mañana al zoo de la ciudad X, y espéreme sentado en el banco junto a las jirafas, con una bolsa de palomitas. Yo llevaré el Marca”.

Y allí que me fui, muchacho. Ya sabes que en el fondo me encanta que me citen con tanto misterio. Mi trabajo sería muy aburrido si no fuera por cosas como éstas… Llegó el día siguiente, y estaba yo frente a las jirafas mientras me comía las palomitas. La verdad es que el tipo no necesitaba llevar el Marca en sus manos para darme cuenta de que era él quien tenía un caso para mí. Se sentó a mi lado, extendió el periódico deportivo de forma muy peliculera, y empezó a explicarme el tema por el que me había contactado. Me contó que era el director del zoo (sí, ya sé que no tiene sentido que siendo el director quede conmigo con tanto misterio dentro de su recinto) y que quería contar con mis servicios para vigilar a cuatro de sus animales, los cuales iban a ser trasladados a otro zoológico para quedarse embarazados.

He de confesarte, muchacho, que aquello me pareció muy extraño. El director de aquel extraño zoo, que se empezaba a parecer al de “Criaturas feroces”, me dio un paseo por las instalaciones mientras me detallaba el plan de viaje. Me pidió que debía permanecer desde la noche anterior junto a los animales, y no perderlos de vista. Según él, había fundadas sospechas de que los animales podían ser atacados…pero no me dijo porqué. En concreto se trataba de una cebra, una orangutana, una hiena y una tigresa…como los cuatro animales de la barca de “La vida de Pi”.

Se hizo de noche, y en el recinto sólo nos encontrábamos el vigilante de la puerta principal y yo. Me dejaron un walkie talkie para poder comunicarnos, ya que yo no debía alejarme en ningún momento de los cuatro animales, los cuales ya se encontraban en jaulas especiales, pues a las 8 de la mañana llegaban los camiones para trasladarlos. Muchacho, la verdad es que aquello era un poco aburrido. Pasaban los minutos y nada ocurría. Estaba yo sentado frente a ellos, bien abrigado con una parca, y mi mente se fue evadiendo poco a poco. De repente escuché voces, ¡y perplejo me quedé al percatarme de que quienes hablaban eran los propios animales!. ¿Has visto “El guardián del zoológico”?. Pues en esas me vi yo, como el perplejo Kevin James… Pero mientras ellos debatían sobre la importancia del reciclado, noté unos golpecitos en mi hombro. Era el vigilante de la puerta, que me traía un café recién hecho que, obviamente, necesitaba. Estaba soñando, muchacho. Ninguno de esos animales hablaba.

Me pasé toda la noche pensando en qué narices hacía yo allí. ¿Quién iba a querer robar estos animales?. A ver, eran monos, pero tampoco es que fueran únicos en su especie, ni creo que fuesen oscuro objeto del deseo de ningún discípulo de Kenneth Pinyan… Estaba claro que había gato encerrado (nunca mejor dicho), a no ser que el director fuese un maniático de la protección o algo parecido. Las restantes horas pasaron más amenas gracias a mi revista de crucigramas, y a las 8 en punto estaba el camión que iba a trasladar a los cuatro animales. El director se despidió de mí diciéndome: “Mr. Pinkerton, dejo a mis animales en sus manos. El trayecto durará unas ocho horas, parando media hora en Guarromán para tomar unos bocadillos. Eso sí, le pido una cosa. Si por casualidad os atacaran para robar los animales, llámeme a mí antes que a la policía, ¿de acuerdo?”.

Muchacho, todo aquello olía a chamusquina… Cogimos carretera, aunque antes comprobé que todo estaba cerrado y bien cerrado, para evitar sorpresas desagradables. Me subí a la cabina, y el camionero me dio grata conversación sobre temas variopintos: los canelones con carne de caballo, los sobres de Bárcenas, la huida del Papa, las croquetas de su abuela… Todo iba sobre ruedas (¡nunca mejor dicho!), y ese trabajo me parecía pan comido. Paramos en Guarromán, nos comimos los bocadillos, les dimos agua y alimentos a los animales (plátanos a unos, ratas a otros), y seguimos camino, pasando por Despeñaperros. Y justo al acabar esos bellos montes, nos para la Guardia Civil. Llevaban perros, y nos pidieron entrar en el camión. Los perros ladraban mucho, seguramente al oler a animales, pero nada más entrar, la tigresa de bengala le soltó tal gruñido que los dos perros salieron escopeteados. Así que “los verdes” dieron su trabajo por acabado y nos dejaron seguir nuestro camino.

Ya quedaba poco para llegar a nuestro destino. El camionero se había quedado sin temas de conversación, así que se pasó todo ese rato cantando canciones melódicas italianas. Me faltaban treinta minutos para acabar este absurdo trabajo, aunque bien pagado, todo hay que decirlo. Entonces, cuando estábamos a punto de entrar en la ciudad, el camionero desvió su trayectoria, introduciendo el camión en un parque empresarial. Por más que le preguntaba, él se limitaba a responder que seguía órdenes del director. Se plantó delante de una nave enorme, tocó el claxon y del interior salieron cuatro hombres ataviados con maletines y bolsas de deporte. Bajo la entendible excusa de que debía orinar, me oculté tras un árbol y llamé al director. Le dije lo que estaba ocurriendo y me respondió: “Mr. Pinkerton, no se preocupe. Olvidé comentarle que se iba a hacer esta parada técnica. Lo importante es que no les han asaltado y que la Guardia Civil os hayan dejado en paz”.

Muchacho, entonces me hice la gran pregunta: ¿qué debía temer el director de la Guardia Civil?. ¿Acaso los animales no estaban censados?. ¿Acaso transportaban en el camión algo más que animales?. Yo entré dentro varias veces y allí sólo había animales. Este caso facilón se estaba convirtiendo en todo un enigma. Me monté de nuevo en la cabina con el camionero, y seguimos la marcha hacia el zoo de la ciudad una vez que aquellos hombres acabaron su trabajo, cualquiera que fuese… Puso la radio y, dando las noticias, comentaron un caso de tráfico de drogas, pero el camionero cambió enseguida de frecuencia. Y entonces, muchacho, vi la luz. En cuanto llegamos al zoo y pude alejarme del camionero, llamé a la Guardia Civil y le pedí que acudieran urgentemente a aquella nave industrial, así como al zoo. Mientras tanto, los operarios del zoo se ocuparon de bajar las jaulas, y me percaté de que los animales se encontraban totalmente sedados.

El director del zoo se ganaba un gran sobresueldo transportando droga entre diversas ciudades usando de “mulas” a sus propios animales. Muchacho, ¿cómo va a poder un perro detectar droga dentro de un tigre de bengala?. Sin duda, estuvo muy listo el director, salvo en una cuestión: contratarme para vigilar los animales.

¡Saludos!

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