“Pax romana. Guerra, paz y conquista en el mundo romano”

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Los anacronismos variados, a menudo toscos y divertidos, llenan las pantallas acompañando guerras y amores en conflicto. Aunque la paz no parece ser el mejor material dramático para la ficción, es tan escasa en nuestra Historia que Adrián Goldsworthy, uno de los historiadores británicos especializado en Roma más conocido, ha encontrado mucho que decir en su último libro.

Título: “Pax romana. Guerra, paz y conquista en el mundo romano”

Autor: Adrián Goldsworthy

Editorial: La esfera de los libros

El paso del tiempo deforma nuestra memoria en un plazo tan corto como una vida, y nos sorprendemos cuando un documento indiscutible contraría nuestro recuerdo. Pero los documentos indiscutibles son muy escasos y las palabras que encierran conceptos varían entre lenguas y culturas. Los medios de comunicación anglosajones, por ejemplo, suelen emplear el término suburbio para indicar el extrarradio de las ciudades. A menudo se traduce literalmente, a costa de transmitir una imagen errónea en idiomas como el nuestro, donde la palabra incluye depresión social. La Suburra era la zona baja, literalmente deprimida, de la antigua Roma. La suburbe se inundaba con facilidad, ya fuera por las lluvias torrenciales o por el desbordamiento frecuente del Tiber. Fue ocupada, por tanto, por los más desfavorecidos; inmigrantes y negocios mal vistos por muchos de los que conservamos escritos, que desde luego no eran habitantes de Suburra; aunque el estereotipo se tambalee al saber que la familia de Julio César poseía y explotaba en la zona una “ínsula”, causa de que el joven Cayo creciera rodeado por personas de varias nacionalidades y fuera políglota y popular.

“Pax romana” es un concepto que también ha ido derivando en un sentido erróneo. Hoy “pax romana” es empleado con frecuencia como una paz falsa, impuesta a la fuerza, y por tanto despreciable. Goldsworthy recorre la Historia romana demostrando que la guerra, la esclavización y el sometimiento era la manera de relacionarse en todos los pueblos de la época. No había otra. Concluye que los romanos explotaban como el resto, pero dejaban un espacio de autogobierno que no hubieran dejado las culturas a las que sometieron. En Roma floreció la corrupción, pero entre pueblos donde se practicaban los abusos sin ninguna referencia a un derecho de gentes como el romano, que al menos definía la injusticia y, en ocasiones, la condenaba. Por supuesto no la evitó como tampoco lo hace hoy, pero fue un paso de gigante como idea que todavía perdura.

Cuando el autor llega al momento más adecuado para disfrutar de aquella “pax”, el periodo de Marco Aurelio, nos ha convencido de que el primer gran historiador moderno del tema romano, Edward Gibbon, tenía razones para comenzar su “Historia de la caída y decadencia del Imperio Romano” con estas palabras: «Si se le pidiera a alguien que delimitara el periodo de la Historia del mundo durante el cual la raza humana ha sido más feliz y más próspera nombraría, sin dudarlo, el transcurrido desde la muerte de Domiciano hasta la ascensión de Cómodo (es decir, 96-180 D.C.). El vasto territorio del Imperio Romano estaba gobernado por un poder absoluto, bajo la guía de la virtud y la sabiduría».

El juicio de Gibbon sobre el Imperio Romano en su apogeo, se comprende al reflexionar sobre lo que conocemos de las alternativas desde Iberia hasta Partia, o desde Britania hasta Judea. En esa “virtud” mencionada por Edward Gibbon se incluía que Adriano sacara un ojo a un secretario en un arranque de cólera, sin mayor condena que la de la Historia, pero este historiador tiene la experiencia y la habilidad suficiente para hacernos comprender el contexto del que habla.

En la época de Gibbon, el XVIII, Europa estaba dividida en reinos, siempre compitiendo por el poder y, a menudo en guerra, mientras que (con razón o sin ella) el Norte de África y Asia se consideraban primitivos. Bajo la dominación de Roma, todos esos territorios habían llegado a estar unidos y a compartir una misma cultura; la sofisticada cultura grecorromana. Los monumentos que daban fe de su prosperidad (como los templos, los caminos, los acueductos, los circos y los arcos) habían sobrevivido hasta los tiempos de Gibbon. De hecho, la mayoría sigue existiendo en la actualidad y varios siglos de excavaciones arqueológicas los han incrementado. El Imperio era próspero porque la guerra había quedado desterrada a las fronteras, pero también porque su politeísmo favorecía la incorporación de todas las religiones y porque los esclavos urbanizados tenían una posibilidad de llegar a “libertos”, pequeña en general, pero esperanzadora. Una esperanza que difundió un sentimiento de seguridad que no tuvieron muchos esclavos posteriores.

La Historia demuestra que no hay relación entre seguridad y libertad, como sostienen algunos políticos actuales que dicen que renunciando a zonas de libertad mejoraremos nuestra seguridad. La seguridad en sociedades policiales solo abarca a los poderosos; es la paz quien transmite seguridad. Este libro estará en la biblioteca de todos los que somos aficionados a los clásicos.

Carlos López-Tapia

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