“Pista negra”

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Rocco Schiavone es un policía que triunfa en Italia y está siendo descubierto entre nosotros. De las cuatro novelas que ha protagonizado hasta ahora, Salamandra ha traducido y editado este año la primera. Su creador es tan romano como su criatura. Le ha transferido el cinismo, la ironía y la indolencia del transtiberino tradicional que pinta la literatura, y se confirma al conocer a alguno de sus ejemplares, ya sean camareros de restaurante, taxistas o dependientes.

Título: “Pista negra”

Autor: Antonio Manzini

Editorial: Salamandra

Schiavone es del Trastévere, de ese barrio tradicional donde los amigos se hacen en la calle y la ley se adapta; donde creen haberlo visto todo, más porque les haya pasado por las narices durante siglos que por haber salido del barrio. “Cuando vosotros os subíais a los árboles, los romanos ya éramos unos cabrones”, le dice a un interlocutor. Schiavone no tiene problemas en vulnerar las leyes que defiende y no le hace ascos a robar a los ladrones. Una herida, cuya presencia resulta atractiva y sorprendente, cuya profundidad no se llega a saber hasta la cuarta entrega, le hace ser un miserable con las mujeres que se acercan atraídas por su buen aspecto… y unas dosis de indiferencia que ellas no comprenden ni aceptan.

Schiavone se siente en un mundo hostil, lo ordena definiendo las medidas de las cosas que le “tocan los huevos”. En la tercera entrega incluso sus compañeros las listan y exponen en una pared para facilitar la “navegación” por el carácter de su jefe. La escala “rompepelotas” comienza en el sexto grado y sube hasta el máximo de diez. Las más ligeras, de sexto grado, son los fontaneros y albañiles que tienden a no cumplir los horarios prometidos, o los bolígrafos que no escriben cuando tiene que tomar una nota; el séptimo grado es para cosas como las cagadas de los perros en las aceras o perder el marcador en un libro, ir a misa, encontrar arena en las almejas o comer después de las dos; El noveno grado es para el mal tiempo, los cretinos, nadar o una cáries; el decimo grado, lo dejo en el suspense. Considerando que Schiavone ha sido trasladado desde Roma al Valle de Aosta, con la renta per cápita de Luxemburgo y tiempo alpino, no hay que esperar verle de buen humor a menudo.

Los casos del policía se mueven entre los crímenes pasionales, los financieros o los de género, si no consideramos los propios, ya que no ha perdido el contacto con sus viejos amigos romanos capaces, como él, de distinguir la esencia de su ciudad, encarnada por ejemplo en los sándwiches típicos romanos. “Los tramezzini son una cosa seria, no se bromea con el tramezzino. Pan blanco, rigurosamente blanco. Se rellenan de atún, alcachofa, tomate, ensalada de pollo, espinacas y mozzarella. Personalmente no me gustan las gambas ni el queso, y todavía menos el jamón. Para mí el de jamón va directo a la plancha. Y la mayonesa debe de ser casera, ligera y de un amarillo claro. Pero, sobre todo, y esto hay que metérselo en la cabeza de una vez para siempre, el tramezzino debe conservarse fresco bajo una tela húmeda. Si entras en un bar y los ves envueltos en celofán ¡sal corriendo! No son tramezzini, son cadáveres, ¡materia en putrefacción! El tramezzino debe reposar bajo algodón húmedo. Artículo 3 de la Constitución Romana”.

El encanto, si es que no exagero al llamarlo así, de Schiavone es ese mismo cinismo, que le hace mantener un código moral muy personal, pero código y moral al fin y al cabo. Alberti decía: “Si entras en Roma no podrás salir de Roma. Si entras en Schiavone…”

Carlos López-Tapia

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