“Por el ojo de una aguja”

“Por el ojo de una aguja”

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En 2004 resultó asombroso el resultado de una encuesta a gran escala en Estados Unidos que arrojó el dato de que un 78% de los norteamericanos creen en los ángeles. La literatura de evasión y el cine popular se llenaron entonces de ángeles, incluido John Travolta. El mundo de los primeros cristianos ha sido muy mal dibujado por el cine popular, y es revelador conocer esas diferencias entre la pantalla y la historia.

Título: “Por el ojo de una aguja”

Autor: Peter Brown

Editorial: Acantilado

Una pregunta clásica, ¿que libro salvaría si solo pudiera sobrevivir uno? En mi caso no sería “La Biblia” ni “La rama dorada”. Sería “Ideas” de Peter Brown. Este historiador, sin compasión por sus lectores porque escribe libros magníficos de más de 1.000 páginas capaces de herniar al que no posea un atril, acaba de llevarnos al periodo en que nuestra cultura se volvió cristiana.

Tal vez creamos que el pensamiento científico predomina en el Occidente del siglo XXI. Los hechos dicen lo contrario. Disfrutamos de los avances de la ciencia pero seguimos leyendo horóscopos y practicando todo tipo de supersticiones. Brown ha indagado en los dos siglos de una vuelta a la tortilla trascendental en nuestra Historia, en nuestra manera de pensar; el libro nos transporta entre los años 350 y 550. Nos lleva a encontrarnos con un cristianismo creador del conglomerado de ideas que las personas del Medievo admitían como ciertas, un mundo del que provienen muchas de nuestras opiniones sobre la riqueza y la pobreza que dividen a las sociedades más que ninguna otra cosa.

Brown ha empleado para titular su libro la frase bíblica conocida por el evangelio de San Mateo: “Antes pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico entrará en el reino de los cielos”. La frase, que alude a los poderosos que explotan al prójimo, ha llamado la atención de los comentaristas bíblicos por lo inusitado de la comparación. Algunos suponen que en Jerusalén había una puerta que por su forma y su estrechez era llamada “El ojo de la aguja”. Pero nunca se ha podido probar su existencia. Para otros, se trata de una confusión entre dos palabras que en hebreo suenan muy parecido; camello se dice gamal y soga gavel. Enhebrar una soga, por inconcebible que sea, es menos disparatado que enhebrar un camello. Pero “La Biblia” es rica en metáforas y traducciones que asombran.

El libro se centra en la pobreza y la riqueza, su análisis, su construcción, los sentimientos que las envolvían, que son siempre una buena forma de comprender muchos aspectos de la cultura. El resto de los primates establecen sus jerarquías por cuestiones de selección evolutiva. El más apto es el que transmite mejores genes. En nuestro caso la jerarquía va unida a la posesión de bienes, y la religión católica se levantó sobre los bienes de sus seguidores.

En la veintena de ocasiones en que he bajado a las catacumbas de Roma, sobre todo a las de Calixto y Domitila, me costó siempre imaginar el cristianismo como una religión de los humildes y de los oprimidos. Las catacumbas son una sorpresa porque, pese a las asociaciones románticas modernas de literatura y cine, sólo hay porciones muy pequeñas que se remontan a los días de la Iglesia perseguida. La mayor parte data de la época posterior a la conversión de Constantino. Las catacumbas romanas no revelan
Un mundo de oprimidos, sino una sociedad exuberante de funcionarios, artesanos, comerciantes y sirvientes que podían pagar un seguro de entierro; y, aunque la mayoría son simples placas que cubren las sepulturas excavadas en la toba, algunos podían incluso costearse un sarcófago. También sorprendente es que ni siquiera todos eran cristianos pero, ya fueran o no cristianas, a las personas de nivel social elevado no les era posible evitar la “generosidad” con su comunidad, del mismo modo que un caballero medieval no podía eludir los rituales de caballería sin la pérdida de su honor y su reputación.

Peter Brown cita un estudio reciente sobre la distribución del espacio y de los monumentos en las catacumbas romanas, que prueba una diferencia entre paganos y cristianos. Hacia el año 350 las catacumbas incluían panteones familiares cristianos con pinturas brillantes e incrustaciones de mármol en los que se conservaban grandes sarcófagos. Pero no se insistía en esas diferencias. Los panteones cristianos no estaban vallados, a diferencia de muchos mausoleos y columbaria paganos. No estaban cercados por marcas de privacidad. Se pasaba junto a ellos como si fueran palacios abiertos, lindantes con una calle concurrida para llegar a las tumbas más humildes que se encontraban a su alrededor.

Arriba, en la superficie, las ínsulas de apartamentos también convivían con las mansiones senatoriales y de “libertos” enriquecidos. Algo que ha cambiado con el tiempo en las ciudades modernas donde los barrios ricos y los pobres están claramente definidos. La riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en Occidente le ha llevado a Brown unos cuantos años de trabajo, y no defrauda a los que nos interesamos por cómo eran y pensaban nuestros antepasados.

Carlos López-Tapia

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