Recordando clásicos: Cuéntame un cuento

Recordando clásicos: Cuéntame un cuento

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Querido Teo:

Érase una vez una tierra en la que se decía que los sueños se hacían realidad, hasta las más fantásticas historias cobraban vida gracias a talentos de todo el mundo que acudían a ella para poder desarrollar su arte y entretener a generaciones enteras. Pero algo ocurrió en esa maravillosa tierra, uno de sus habitantes más ilustres se corrompió y se dejó seducir por el dulce aroma del dinero. Comenzó a hacerse con sus competidores, hasta que logró tener toda esta tierra bajo su control y para lograr incrementar sus bastas riquezas dejó de invertir en nuevas ideas, nuevos sueños, reciclando viejos productos que ya habían tenido éxito.

Poco a poco la luz de la tierra de los sueños se fue apagando, hasta convertirse en una fábrica que producía mercancías en masa, sin alma y sin ilusión. Apenados la mayoría de los habitantes se resignaron a las nuevas historias, sabían que no eran buenas pero no tenían otra opción, se sometieron al yugo del tirano y se autoconvencieron de que les gustaban y eran suficientes. Pero no todos opinaban lo mismo, algunos (menos de los que deberían) aún recordaban los tiempos dichosos en los que esas historias no sólo eran una forma de pasar el tiempo, eran puertas a otros mundos que les embriagaban como ninguna otra cosa, así que esperando a que los tiempos volvieran a cambiar apoyaban cualquier intento de rebelión contra el malvado tirano y, mientras tanto, disfrutaban de las obras que en el pasado surgieron en esa tierra, cuando era más joven, más libre y más auténtica.

Para los rebeldes que están hartos de que Disney les cuente la misma historia o simplemente sienten curiosidad, aquí os dejo tres de mis adaptaciones de cuentos favoritas.

“Bola de fuego” (Howard Hawks, 1941)

Realmente creo queridos lectores que no puedo dar mejor argumento en favor de esta película que resaltar que está dirigida por Howard Hawks, protagonizada por Gary Cooper y Doña Barbara Stanwyck (me vais a permitir lo de Doña) y guionizada por Billy Wilder y Charles Brackett, ante tal cúmulo de talento todo lo que pueda decir acerca de ella me resulta absurdo y si estos nombres no os han dado ganas de verla no creo que pueda hacer mucho más para animaros, pero habrá que intentarlo.

Se dice que “Bola de fuego” es una reescritura maliciosa del clásico cuento de Blancanieves, en el que la inocente princesita es una cabaretera que huye de la policía y tiene que refugiarse en casa de 7 eruditos tan duchos en sus respectivos saberes como ingenuos en la vida. Nuestra particular Blancanieves entrará en su mundo como un torbellino, descubriéndoles que hay vida más allá de los libros y ya de paso enamorando a uno de ellos.

Sin embargo más allá de este homenaje al cuento clásico nos encontramos ante una tiernísima y divertida historia de amor entre un profesor de lingüística y una bailarina, en la que volvemos a ver como los polos opuestos se atraen y complementan. Es imposible no rendirse ante el ingenuo Bertram Potts (magistralmente interpretado por Cooper) y ante Sugarpuss, la bailarina a la que da vida Barbara Stanwyck dando una vuelta de tuerca al papel de mujer fatal, dotándola de corazón y un gran sentido del humor.

Junto a ellos completando el reparto tenemos al resto de eruditos, fieles escuderos de Gary Cooper y alcahuetes de Stanwyck, todos ellos están interpretados por unos maravillosos secundarios que logran que cojamos cariño a unos personajes que en otras manos podrían haber pecado de exceso de azúcar.

Todo esta mezcla de ingredientes maravillosos no llegarían a brillar como lo hace si no estuviera tras las cámaras un genio como Hawks, no sólo rueda la película con una fluidez increíble sino que logra que ciertos momentos nos lleguen directamente al corazón, os aseguro que una vez que hayáis visto la película escenas como la de la declaración en total penumbra o el beso sobre un libro serán tan inolvidables para vosotros como el icónico mordisco a la manzana envenenada.

“Barba Azul” (Edgar G. Ulmer, 1944)

Un asesino en serie tiene aterrorizado a todo París, aprovechando la oscuridad de la noche este hombre se dedica a matar a hermosas jovencitas por lo que la policía ha decidido apodarle Barba Azul. Una noche Lucille, una bella costurera, desoyendo toda cordura, regresa a su casa completamente sola pero, en vez de encontrar la muerte, se topa con un misterioso titiritero llamado Gaston Morrell.

El checo Edgar G. Ulmer, conocido en ciertos círculos como “El rey de la serie B”, dirige con tiento esta clásica de historia de asesinos en serie compensado la previsibilidad de la historia y el escaso presupuesto con una lograda puesta en escena. La película navega entre la niebla de un Paris claustrofóbico, donde la oscuridad impregna cada fotograma, logrando hermosos claroscuros y mostrando la gran influencia que tuvo en el director checo el expresionismo alemán. Quizás no llegue al nivel de calidad que las otras películas que hoy traigo, pero no sólo de obras maestras vive el hombre y nunca está demás reivindicar una pequeña joyita, que por desgracia el tiempo ha hecho caer en el olvido.

“La Bella y la Bestia” (Jean Cocteau, 1946)

Este clásico cuento francés ha tenido numerosas adaptaciones tanto para cine como para televisión, a lo largo de los años se han ido sucediendo las versiones pero el influjo que la historia ejerce sobre el público sigue siendo la misma, castillos encantados, una valiente protagonista y una preciosa moraleja son una combinación difícil de resistir.

De todas las adaptaciones quizás las dos más famosas sean las de animación de Disney (intentemos olvidar el terrible remake en acción real) y la que hoy nos ocupa de Jean Cocteau, mientras que la versión de Disney aboga por la fantasía, creando una historia mágica, amable y ciertamente algo infantil eludiendo los aspectos más sórdidos de la historia, la película de 1946 exhala un espíritu gótico, en ocasiones cercano a la pesadilla, e impregna muchos de sus fotograma de una gran carga erótica (ojo a la escena en la que Bella da de beber a la Bestia) logrando acercarse como ninguna otra adaptación al espíritu de la obra original.

Uno de los mayores aciertos de la película es su asombrosa ambientación, tanto los decorados como el vestuario se quedan grabados a fuego en la retina, hecho que es provechado con maestría por su director. Cocteau mueve la cámara con una asombrosa elegancia a través de estancias de ensueño, en las que se aprecia una fastuosidad decadente como si todo ese esplendor hubiera pasado largo tiempo dormido, esperando a que Bella y con ella el espectador llegaran para despertarlo.

Mrs. Nuir

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