“Reportero”

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“El director de cine Oliver Stone había aparecido en las noticias en aquella época explicando que quería realizar un film sobre la invasión de Panamá y yo le pasé la información de que disponía a Esther Newberg, mi irrefrenable agente, cuyos consejos siempre seguía. El siguiente paso fue una visita a Stone (yo insistí en pagarme el desplazamiento) a sus oficinas de Venice, California. Yo no lo conocía, pero era un gran admirador de Platoon, su película de 1986 que tan bien captaba la intensidad de la Guerra de Vietnam (había llevado a Daniel Ellsberg a ver la película, y Dan, que había puesto en peligro su vida reiteradamente en Vietnam, lloró durante las escenas de combates). Empecé contándole a Stone lo que sabía sobre la invasión de Panamá y sus incongruencias. Al cabo de unos momentos, Stone agitó la mano en un gesto de rechazo y dijo que desde que había hecho público su interés por realizar una película sobre Panamá se habían puesto en contacto con él muchos agentes. «No me interesa hablar con usted de eso —me dijo—. Lo que quiero que me diga es si en su opinión estoy siendo vigilado por la CIA.» Yo conocía Hollywood lo suficiente como para saber que Oliver tenía fama de raro, pero aquello ya era demencial. Así se lo dije y salí de su oficina. Me esperaba un partido de tenis con mi hermano. Cuando ya estaba junto a la puerta, Oliver dijo: «Dígale a su agente que me llame y llegaremos a un acuerdo». Y, en efecto, así fue”.

Título: “Reportero”

Autor: Seymour M. Hersh

Editorial: Península

“Si tu madre te dice que te quiere… Contrástalo” es una recomendación clásica del periodismo americano que encontrarás en este libro y que es la esencia de la calidad periodística; tan cara y escasa como la alta calidad en cualquier otra cuestión, salvo que el periodismo no es una cuestión cualquiera y el autor es el periodista más incómodo para políticos y editores de la prensa norteamericana en las últimas cinco décadas. Bastaría con recordar el atentado del Metro de Madrid para no dudar de la influencia que tiene la política exterior de la Casa Blanca en nuestras vidas. La guerra entre las agencias americanas de información que facilitó el atentado de las Torres Gemelas, el uso de gas sarínen siria, las mentiras sobre la Guerra en Afganistán, las del desierto árabe, el asesinato de Osama Bin Laden, las torturas en la cárcel de Abu Ghraib y los abusos sexuales a prisioneros jóvenes perpetrados en ella; retrocediendo al comportamiento criminal para muchos de Henry Kissinger, el Watergate, la muerte de Salvador Allende, la protección a Noriega en Panamá, o las atrocidades cometidas en el pueblo vietnamita de My Lai, son el material vital del que para algunos es el mejor reportero del siglo XX, que a los 80 años y todavía en plena actividad nos ofrece sus memorias.

A mediados de marzo de 1968 aparecieron más de 6.000 ovejas muertas en dos valles de la zona rural de Nevada. A pesar de estar pegados a una instalación militar, dedicada a pruebas de alto secreto, el ejército mantuvo que esa semana no se habían hecho ensayos y que no eran responsables de la muerte de las ovejas. A pocos medios de comunicación pareció importarles. A Seymour M.Hersh sí.

Seymour tenía 31 años, había aterrizado en el periodismo casi por casualidad desde una familia de inmigrantes de Chicago. No estaba en la plantilla de ningún gran medio y llegaba a fin de mes con muchas dificultades. Vista desde el momento actual, vivía en la era dorada del periodismo, ese tiempo en que muchos de los que trabajaban en la prensa escrita clásica y poderosa, no tenían que competir con canales de noticias de 24 horas, en que los periódicos nadaban en la abundancia gracias a los ingresos por publicidad y anuncios clasificados, en que se tenía libertad para viajar adonde se quisiera, cuando se quisiera, por las razones que parecieran oportunas, y se cargaban los gastos a las tarjetas de la empresa. Se disponía de tiempo suficiente para informar sobre una noticia de última hora sin tener que basarse constantemente en lo que aparecía en la página web del periódico. Seymour todavía no pertenecía a ese mundo cuando se lanzó a investigar sobre aquel accidente con ovejas.

Estados Unidos vivía las consecuencias del conflicto que había hecho estallar con una excusa falsa en Vietnam, y la guerra química y biológica seguía siendo un tema muy sensible a medida que se divulgaba cada vez más que el ejército recurría a la defoliación del territorio vietnamita. Seymour encontró y supo ganarse la confianza de un oficial retirado del Cuerpo Químico del Ejército de Estados Unidos que le habló de instalaciones que no eran del dominio público pero de las que se tenía conocimiento en ciertos comités del Congreso. Ese contacto le llevó a un joven que, mientras estuvo en el ejército, sirvió de conejillo de indias para experimentos biológicos en una instalación secreta. Necesitó varios meses para publicar cinco reportajes sobre la guerra química y siguió obteniendo nuevos datos. Tocar el tema críticamente se aproximaba para muchos a la traición a la patria, pero el ejército no estaba diciendo la verdad. El programa de guerra biológica de Estados Unidos estaba mucho más avanzado de lo que se sabía.

“Debo hacer constar que no soy ningún fanático, que no soy un puritano contrario a la mentira y que soy consciente de que los seres humanos mentimos constantemente. Todos conocemos los tópicos sobre esos peces tan grandes que pescamos siempre, o sobre lo bien que puntuamos en el golf…. Pero a pesar de eso creo, tal vez ingenuamente, que la mentira oficial, la mentira autorizada, la mentira sobre planificación militar, los sistemas de armas o el espionaje no pueden tolerarse. Yo no puedo mirar para otro lado”.

Desveló que a finales de 1960 el ejército americano tenía capacidad para producir una línea completa de bombas listas para su lanzamiento, así como de minas e incluso granadas de mano cargadas de gérmenes de ántrax, talasemia y Fiebre Q, unos explosivos virulentos, testados en el campo, letales. Tenía grandes reservas de agentes biológicos anticosechas, algunos de ellos diseñados para cultivos de Cuba, así como agentes biológicos conservados en iglús, que se mantenían a unas temperaturas extremadamente bajas. También descubrió que Fort Detrick, la base principal de investigación de armas biológicas, contaba con 120 investigadores con doctorado y más de 400 con titulaciones inferiores. Era uno de los mayores usuarios (y asesinos) del mundo de animales de laboratorio; 720.000 animales, desde conejillos de indias hasta monos, dejaban la vida cada año en experimentos.

También descubrió que miles de soldados del ejército y voluntarios habían participado desde el final de la Segunda Guerra Mundial como conejillos de indias en un programa planteado para calibrar el impacto de varios agentes biológicos en seres humanos. Al menos algunos de los voluntarios no sabían para qué se estaban prestando, qué era lo que consentían que les hicieran, y solo después sabrían a qué habían estado expuestos. A algunos de aquellos “voluntarios” les daban a escoger, tras una instrucción básica, entre la opción de ir a Vietnam como parte del personal sanitario o de participar en el programa donde podrían llegar a ser expuestos a enfermedades como la fiebre amarilla o la peste.


“La revista Ramparts, que por entonces tenía éxito entre el creciente movimiento de oposición a la Guerra de Vietnam, aceptó pagarme un vuelo a Utah para que averiguara lo que pudiera sobre la matanza de ovejas. Era la misma historia de siempre: una comunidad local económicamente dependiente del ejército había mantenido cerrada su boca colectiva. Pero algunos de los que se habían mantenido en silencio durante los días y las semanas posteriores a aquellas muertes tenían ganas de hablar ahora, un año después, y lo que contaban era espeluznante. Los mandos del Cuerpo Químico que dirigían Dugway habían estado en alerta el día del desastre porque se estaba probando un sistema avanzado de difusión aérea por aerosol. La prueba se estaba filmando, en color, con dos cámaras. La idea de la misión no era probar el agente nervioso letal en cuestión, sino determinar cómo se propagaba el gas cuando lo soltaba un jet en un viento arremolinado de entre 8 y 40 kilómetros por hora hacia el noreste (hacia Salt Lake City, situada a 130 kilómetros de allí). La película, que es información altamente reservada, cuenta lo que ocurrió: el jet rugía sobre el objetivo a la velocidad del sonido, o más, y abría los depósitos dispersores, que debían cerrarse inmediatamente en el momento en que el aparato interrumpía su descenso. Se produjo un error de funcionamiento potencial mente catastrófico, y el gas nervioso siguió saliendo mientras el avión ascendía por encima de los 1.500 pies de altitud, donde el viento estaba más activo y resultaba más impredecible. Me hablaron de un cálculo según el cual el gas nervioso podía seguir siendo letal en un radio de 635 kilómetros. El ejército y los ciudadanos de Utah tuvieron suerte, los vientos cambiaron de dirección una hora después y las ovejas fueron las únicas víctimas. El titular de portada de mi reportaje, que apareció en Ramparts, rezaba así: “El ejército prueba gas nervioso accidentalmente en 6.400 ovejas: funciona”.

A partir de este trabajo, Seymour Hersh escala hasta convertirse en uno de los periodistas más valorados del siglo pasado. Descubre la matanza de My Lai, por la que recibió el premio Pulitzer, y es esencial para el caso Watergate, ya que sin él y el New York Times, Nixon hubiera podido acallar al Washington Post, que era un diario local con difusión muy limitada.


Seymour recuerda en el prólogo a este libro de memorias que no había tertulias televisadas “de expertos” ni periodistas que iniciaran sus respuestas a todas las preguntas con las dos palabras más mortíferas en el mundo de los medios de comunicación: «Creo que…». “Hoy nos vemos inundados de noticias falsas (las famosas fake news), de informaciones exageradas e incompletas y de afirmaciones inciertas que emiten sin interrupción nuestra prensa diaria, nuestras televisiones, nuestras agencias de noticias en línea, nuestras redes sociales y nuestro presidente”. Desde esta situación en la que los ciudadanos debemos hacer un esfuerzo constante para separar opiniones de datos, realidad de relatos, este reportero nos ofrece unas horas por un pasado propio, personal, que se mueve entre la desconfianza y la esperanza.

Una obra y una historia obligatoria para periodistas, instructiva para políticos demócratas, y recomendable para cualquier amante de la historia reciente que, en buena parte, nos ha traído hasta aquí.

Carlos López-Tapia

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