“Sombras de Reikiavik”

“Sombras de Reikiavik”

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Rauðhólar es un lugar inusual en un país en el que no escasean los lugares inusuales. Aquí está el inhóspito planeta del personaje Mann en “Interstellar”; la luna alienígena de “Prometheus”; y los infinitos desiertos negros de “Star Trek: En la oscuridad”. Sus formaciones rocosas hicieron que la NASA enviara a Armstrong y Aldrin a entrenar en Islandia antes de las misiones Apolo. Rauðhólar, sin embargo, no es tan lunar, sus colinas plagadas de cráteres, rojizas y polvorientas, se parecen mucho más a la superficie de Marte… y sólo es un poco menos habitable para la mayoría de nosotros, por lo menos en invierno. A Hollywood le encanta ambientar películas de ciencia ficción en Islandia, pero… ¿qué podríamos decir de Islandia sin Google? Tal vez que tienen la energía casi gratuita por vivir sobre volcanes, o que no se andaron con miramientos y encarcelaron a varios políticos y banqueros acusados de impulsar la burbuja de 2008. Salvo que tengamos una relación particular, diríamos poca cosa más. Este libro es un viaje atrapante, además de la investigación del crimen real más famoso del país; sus detalles son tan conocidos que han dado pie a frases hechas: «¡Estuvo tanto tiempo buscando las llaves que pensé que encontraría a Geirfinnur!».

Título: “Sombras de Reikiavik”

Autor: Anthony Adeane

Editorial: RBA

En la guía telefónica online de Islandia no sólo aparece el número de teléfono de cada ciudadano, incluidos el presidente y el primer ministro, sino también un mapa en el que se señala donde viven. La mayoría de los islandeses viven en Reikiavik y sus alrededores, una ciudad que se puede recorrer sin tráfico en diez minutos, y en la que las quitanieves despejan las calles antes de que llegue a cuajar. Sus menos de 350.000 habitantes dan la impresión de conocerse todos: “Si necesitas que te presenten a alguien, cabe la posibilidad de que la persona a la que acabas de entrevistar tenga un primo que pueda ponerte en contacto con esa persona”, cuenta Anthony Adeane. “Los islandeses además se tratan por el nombre de pila. La guía telefónica se ordena por el nombre en vez de por apellidos. Y se hace así porque los apellidos se forman con el nombre de pila del padre como raíz y los sufijos «-son» o «-dóttir». Di Aron es hijo de Jon, se le conocerá como Aron Jonsson. Y Helga, la hija será Helga Arondóttir. La sensación de comunidad es extraordinariamente fuerte. Cuando un islandés muere, tanto si es muy conocido como si no, el mayor diario del país publica su esquela”.

En Enero de 1974, un adolescente de Reikiavik salió de un bar nocturno y jamás regresó a casa. Meses después otro hombre recibió una llamada por la noche y cogió el coche para dirigirse a una cafetería. De él, solo quedaron las llaves puestas en el contacto. La policía, completamente inexperta sobre cómo investigar un homicidio con técnicas modernas, no pudo encontrar ninguna pista. Sin embargo, acabaron apareciendo seis sospechosos. Y algunos de ellos llegaron a declararse culpables de las desapariciones, aunque no recordaran haber cometido ningún crimen.

El autor es un periodista que actualmente trabaja como productor para la BBC, y al que un reportaje llevó durante tres años a realizar continuos viajes a Islandia; “Sombras de Reikiavik” es más que el “true crime” sobre un caso que ha marcado durante décadas a los islandeses. Es una reflexión sobre una sociedad que puede ser etiquetada con facilidad de ingenua, por su dificultad para entender algunas de las facetas oscuras del ser humano.
En 1974, cuando desaparecieron los protagonistas de esta historia, los residentes de Reikiavik no podían tener perros como mascotas, ser propietarios de lagartos o ver la televisión los jueves. La prohibición más compleja era la que afectaba a la cerveza. El alcohol había sido prohibido en referéndum en Islandia el 1 de Enero de 1915. El vino pasó a ser legal en 1922, cuando España amenazó con dejar de comprar bacalao salado si no podían vender Rioja a Islandia, y en 1935 se legalizaron también los licores de alta graduación, pero la cerveza con más de 2,25% de alcohol, siguió estando prohibida.

Uno de sus líderes políticos puso en palabras una opinión extendida: «Los islandeses no son capaces de consumir alcohol como la gente civilizada: por naturaleza siguen siendo muy parecidos a los vikingos, y son demasiado impulsivos y brutales». Pero también fue una forma de rechazar la afición por la cerveza de la potencia colonial danesa y en los años previos a la independencia, beber cerveza se consideraba antipatriótico. Pero, en la década de 1970, cuando se produjo la doble desaparición, la demanda de cerveza era tanta que los camareros ofrecían cerveza “fantasma”, que no era otra cosa que una cerveza sin alcohol mezclada con vodka.

Anthony Adeane trufa su investigación con toda clase de detalles, y recuerda por ejemplo el Röðull, en el pueblo de Skipholt, el club más popular para marineros, pescadores y sus esposas: “La dueña del Röðull era una anciana que se sentaba en la entrada ataviada de pies a cabeza con el traje nacional; ella misma vendía las entradas y, si el volumen de alguno de los grupos en directo era demasiado alto, se subía al escenario y zurraba al batería con una toalla mojada”.

Borrachos o serenos, los islandeses recuerdan una de las primeras crónicas viajeras sobre su país, escrita en el siglo XVIII por el joven sueco Uno Von Troil: “Imaginad, señor, un país que, de una punta a otra, nada ofrece a vuestros ojos excepto montes baldíos de cumbres perpetuamente cubiertas de nieve y, entre cima y cima, campos divididos por escarpes vitrificados cuyas aristas parecen competir entre sí para impedir que el observador llegue a atisbar la escasa hierba que a duras penas asoma entre ellas. Tan lóbregas rocas ocultan también los pocos asentamientos de los nativos, y no parece haber árbol alguno capaz de ofrecer cobijo ni refugio a la amistad y la inocencia. Imagino, señor, que con mis palabras no habré inspirado en vos el deseo de convertiros en habitante de Islandia; y es cierto que, al contemplar este país por vez primera, sentiría uno la tentación de creer imposible la presencia en él del ser humano, de no ser porque el mar próximo a la costa está cubierto de barcas. Durante siglos, los habitantes pasaban los inviernos trabajando en sus granjas; ambientes pestilentes compuesto por humo de velas y por ganado que se custodiaba dentro para aprovechar su calor; piojos campando sin control y transmitiendo la tiña fávica, que provoca la caída del pelo.

Pero una vez alimentado y ordeñado el ganado durante las pocas horas de luz diurna, el resto de la jornada laboral se consagraba a cardar lana, una actividad compatible con una tradición tan extendida como ancestral, que explica el por qué en las cortes medievales europeas era frecuente encontrar poetas islandeses. En la kvöldavaka, o velada vespertina, la familia reunida en la mejor y a menudo única habitación posible, jugaban, rezaban y releían una y otra vez las sagas islandesas, la colección de historias recopiladas en los siglos XIII y XIV, que relatan las leyendas de los primeros colonos islandeses. las veladas vespertinas hicieron que el nivel de alfabetización en la sociedad campesina islandesa fuese casi universal. La expresión («ad ganga med bok I maganum») significa literalmente que todo el mundo «lleva un libro en el estómago». Queda patente con la proliferación de biografías, autobiografías y crónicas históricas de la vida cotidiana, y concretado en que es el país con más libros publicados por persona”.

Todo el mundo en Islandia ha oído hablar de las desapariciones de Guðmundur y Geirfinnur. Es una historia tan arraigada en la cultura islandesa que se alude a ellos en películas, debates políticos o en el programa de humor que sigue por televisión en Nochevieja el 90% del país. Me he sumado con gusto a los que ya lo conocen, sin ser islandés.

Carlos López-Tapia

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