“SPQR. Una historia de la Antigua Roma”

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Siempre es un regalo cada nueva obra de Mary Beard, la historiadora británica especializada en el mundo clásico. Su nuevo título, “SPQR”, por la inscripción “Senatus Populus Que Romanus (Del Senado y del pueblo de Roma)” es otro ensayo estimulante, informado y en ocasiones hasta divertido. La octogenaria y premiada historiadora es pura vitalidad. Basta con ver alguno de sus documentales en internet para comprender que es una napolitana insertada en el cuerpo de una británica. No hay proyecto cinematográfico de romanos donde no circule alguno de sus libros.

Título: “SPQR. Una historia de la Antigua Roma”

Autor: Mary Beard

Editorial: Crítica

Mary Beard es tan inteligente que ha logrado situarse en la cúspide de los divulgadores respetados del mundo clásico, y la existencia de muchos miles de estudiosos sobre el mismo tema indica su competencia. Es una tarea difícil y arriesgada. Difícil porque cuando la autora dice que “el hecho más simple y extraordinario sobre el mundo romano es que mucho de lo que los romanos escribieron se ha conservado a lo largo de más de dos milenios”, se debe añadir que, como escribe su ya fallecido y muy galardonado colega M.I. Finley, “lo que leemos es un texto trabajosamente cotejado de manuscritos medievales, generalmente de los siglos XIV y XV, producto final de un número desconocido de sucesivas copias, y por consiguiente de una transcripción deformada”. De la Antigüedad grecolatina apenas tenemos una docena de manuscritos contemporáneos, el resto son copias tardías y alteradas. Del Imperio Romano, en su conjunto, han sobrevivido unos 10 millones de palabras en latín y unos 100 millones en griego. De esos 110 millones, nueve de cada diez palabras fueron escritas después de la aparición del cristianismo. De los 10 millones de palabras en latín, dos millones tratan de temas legales; y de los 10 millones de palabras griegas precristianas, dos millones lo hacen sobre la medicina de Galeno. La imagen que tenemos del Imperio Romano viene de abogados de clase alta y de médicos, potenciada por los odios e intereses de monjes cristianos.

Con un material como éste, el riesgo en las interpretaciones está asegurado y en el trabajo intelectual el riesgo es diversión cuando se alcanza el merecido status de la autora. Incluso cuando Mary Beard no contiene su erudición, mantiene la habilidad para ser amena, encontrar relaciones divertidas y echar por tierra muchas convenciones, aprendidas de profesores anticuados o espectadores contaminados por las pantallas. Ni la propia Mary Beard es ajena a estas cosas, al escribir que la supervivencia de los clásicos greco-romanos “se debe en gran medida a la diligencia de los monjes medievales que transcribieron a mano, una y otra vez, las que en su opinión eran las obras más importantes y útiles de la literatura clásica, con una contribución significativa, aunque a menudo olvidada, de los eruditos islámicos medievales que tradujeron al árabe materiales filosóficos y científicos”.

Hoy parece que dicha aportación oriental fue más que significativa. Es un hecho ya muy contrastado que durante aproximadamente dos siglos (entre el 550 y el 750) los libros clásicos no sólo no eran copiados en los scriptorios cristianos, sino que eran borrados para ser utilizados en la copia de textos más leídos y mejor pagados. De este modo nacieron los palimpsestos, los manuscritos donde el escrito original era borrado para transcribir un nuevo texto. La mayoría de los historiadores actuales coinciden en que los textos copiados que han sobrevivido no lo hicieron gracias a, sino a pesar de los monasterios y abadías dedicados a su destrucción. Quien quiera información al respecto puede disfrutar del trabajo de Fernando Báez, “Historia universal de la destrucción de libros” en Ediciones Destino.

Beard tiene presente su mundo clásico en todo momento, como si llevara un traductor temporal que le hace fijarse en detalles como que, en 2012, “la acusación de que un político británico conservador había insultado a un policía llamándolo plebeyo provocó su dimisión del gobierno”. Lo supongo, lector, da un poco de apuro comparar estas cosas siendo español en campaña electoral, pero estos saltos temporales a nuestros días refrescan una lectura que se disfruta entre los aficionados como un best-seller de acción.
El contenido alcanza desde la Roma legendaria, donde Beard no se muestra siempre de acuerdo con las interpretaciones arqueológicas, hasta la difusión de la ciudadanía en tiempos del emperador Caracalla, comenzando el siglo III. En ese periodo nos mueve a su gusto, llevándonos a una tumba etrusca o proponiendo otra cara de la historia entre Cicerón y Catilina, menos amable con el hombre más influyente de los últimos dos mil años, descontando a Jesús, que no parece que supiera escribir y cuya misma existencia queda fuera de la documentación histórica.

Beard lo pasa bien con alguna pequeña ironía digna de Maggie Smith en “Downton Abbey”, poniendo en duda aspectos dados por hecho. El libro intenta responder a una curiosidad personal de la autora sobre cómo pudo una diminuta e insignificante aldea del centro de Italia convertirse en una potencia que dominó un territorio tan extenso en tres continentes. “El triunfo romano”, “Pompeya” y ahora “SPQR”, esta Catedrática de Estudios Clásicos en Cambridge, y autora de su propio blog, no falla nunca. Espero que Morta se mantenga alejada de ella muchos años.

Carlos López-Tapia

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Comentarios

Monica Dominguez - 22.09.2016 a las 19:42

“Justo lo que buscaba, muchisimas gracias”
Monica Dominguez http://blogs.santiagodecompostela.gal/blog/movilesandroid

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