“Un cinéfilo en El Vaticano”

“Un cinéfilo en El Vaticano”

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En 1921 el Director General de Seguridad español ordenó que en las salas de cine se crearan zonas separadas para hombres y mujeres, mientras que los matrimonios dispondrían de una zona propia con una luz roja que garantizara la visibilidad adecuada. Al parecer no le hicieron mucho caso y el incumplimiento masivo hizo que la orden se olvidara con rapidez. La norma era acorde con la sensibilidad del Papa Pío X, que prácticamente abría el siglo XX al mismo tiempo que lo hacia el cine, ya que en 1909 había prohibido a los eclesiásticos asistir a las salas de cine y en 1913 el empleo del cine en la enseñanza religiosa. Tenía sus razones porque la ciencia estaba destrozando creencias y era cierto que las películas solían exhibir escenas pasionales sugestivas que excitaban a los espectadores y, además, congregaba en una sala oscura a hombres y mujeres mezclados y rozando sus cuerpos.

Título: “Un cinéfilo en El Vaticano”

Autor: Román Gubern

Editorial: Anagrama

El dato lo recuerda el historiador español con más prestigio, Román Gubern, en un pequeño ensayo dedicado a su relación con las autoridades católicas durante dos estancias en Italia: “Un cinéfilo en El Vaticano”. Gubern resultó ser el único seglar convocado por el Vaticano para su propia celebración del centenario del cine. Surgen algunas anécdotas, detalles del contexto histórico y algún que otro apunte propio del historiador ávido de documento acreditativo más que del escritor que relata experiencias, como cuando incluye la invitación oficial vaticana, hasta el mínimo detalle.

Pero, sobre cualquier otra cosa, es un paseo por el cine “religioso”, en el entorno de un sistema absolutista que, como todos, sean teocracias o no, tienden a valorar el cine como vehículo de propaganda. Las reservas vaticanas hacia el cine religioso se producirían también en la cultura protestante. Si el paseo lo conduce Gubern, interesa a cualquier aficionado a la Historia del cine y a la Historia en general.

¿Cabría pensar que hubo de “sobrevivir” a algunas indiscreciones sobre la elección del santo patrono del cinematógrafo? Conociendo un poco la política vaticana, es lo menos que cabría pensar. La historia de Gubern comienza en Julio de 1993, cuando Nicolás Sánchez Albornoz, que había sido nombrado director del recién creado Instituto Cervantes, le telefoneó para… “proponerme el cargo de responsable del centro que iba a inaugurarse en Roma, que estaría ubicado en un palazzo de Villa Albani que había sido propiedad del infausto conde Ciano, yerno de Mussolini fusilado en 1944, y que fue comprado al acabar la Guerra Mundial por el Estado español. En él se había ubicado la sede del Instituto de Cultura Hispánica que ahora era reemplazado por el nuevo Instituto Cervantes. En nuestra conversación añadió que me volvería a llamar en Septiembre para conocer mi respuesta a su oferta. Yo no tenía especiales deseos de instalarme en Roma, ciudad que conocía bastante bien, pero a todos mis amigos y familiares les pareció un proyecto espléndido y goloso. En particular Terenci Moix, en una cena, me aseguró que la etapa más feliz de su vida había sido la temporada que vivió en Roma, donde tuvo, según aseguraba, un affaire amoroso con Pier Paolo Pasolini. De modo que el 31 de Enero de 1994, el mismo día en que el Gran Teatro del Liceo era devastado por un incendio, tomé el avión rumbo a Roma provisto de un pasaporte diplomático”.

Gubern dirigió el Instituto Cervantes de Roma una temporada y, desde una atalaya tan privilegiada, he de reprocharle sin acritud alguna que no haya estado más generoso con la experiencia. Poco más de 100 páginas es como tener que abandonar una comida a la mitad.

Carlos López-Tapia

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