“Un elefante para Carlomagno”

“Un elefante para Carlomagno”

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Figuras de la importancia de Tutankamon o Constantino I apenas han sido abordadas por el cine. También le ocurre a Carlomagno. “Charlemagne, le prince á cheval”, de Clive Donner en 1994, Con Christian Brendel como Carlomagno, es lo único interesante de los últimos años. Es una miniserie bien documentada, que incluye una introducción a la figura de Carlomagno para que pueda ser mejor comprendida por el público. El periodo de tres siglos que va desde la evaporación de la administración imperial romana a la aparición de un nuevo reunificador occidental puede que sea menos oscura de lo que suponemos, como defienden los medievalistas de la última generación, pero la documentación no legendaria escasea; y entre mediados del siglo VI y mediados del siglo IX fueron pocos los logros en el estudio académico. Es interesante que entre en la ficción de ese periodo, en suponer actitudes e imagninar vida cotidiana, un historiador.

Título: “Un elefante para Carlomagno”

Autor: Dirk Husemann

Editorial: Ediciones B

Dirk Husemann es un alemán de aire simpático que puede comerse un par de salchichas, con su correspondiente cerveza y puré, mientras sostiene una conversación sobre tiempos romanos, los neandertales o los antiguos Juegos Olímpicos. Es periodista, historiador y recién llegado a la cincuentena que, sin embargo, se ha salido de su especialización al elegir un momento de la Edad Media, el paso del siglo VIII al IX, para probar con la novela histórica.

No puedo dejar de recordar la estupenda historia que es “El rinoceronte del Papa”, porque la inspiración de Husemann también es un animal exótico y un personaje histórico, un elefante y Carlomagno. En su condición de historiador ha recogido lo que puede rastrearse de aquel elefante porque entre 797 y 798 los anales germanos revelan la llegada de misiones de tierras lejanas a la corte ambulante de Carlomagno, sólo Carlos para sus contemporáneos. Un noble árabe de Barcelona, Abdulá, hijo exiliado del gran sarraceno Abderramán, se presentó ante él con las llaves de la ciudad. Relató a Carlomagno las maravillas de Bagdad, donde “estatuas en bronce de leones rugían como órganos”. Al oírle, el franco despachó enviados a Bagdad con los obsequios tradicionales para establecer relaciones. Se comienza entonces a hablar de un elefante, de cuya existencia se sabía en épocas remotas del Imperio Romano pero que contados europeos habían visto en el siglo VIII.

Lo cierto es que cuando Carlomagno regresa a Centroeuropa, después de ser coronado emperador cristiano en Roma en el año 800, se detiene en Pavía, disfruta de los baños de los reyes lombardos y recibe en audiencia a unos enviados de Harún, califa de Bagdad, que no traían con ellos ningún elefante.

Carlomagno llegó luego a Aquisgrán y la convirtió en su capital permanente; las cabañas se sustituyeron por casas de piedra y los señores opulentos transformaron las granjas cercanas en villas residenciales. Los antiguos cuarteles romanos fueron reformados como posadas para peregrinos. Una noticia procedente de Italia llenó de expectación a los ciudadanos de la nueva Aquisgrán. ¡Aquella bestia fabulosa, el elepphas, venía por fin del Oriente para ser entregada a Carlomagno! Alguno aseguraba que el propio secretario del rey había viajado a Italia para fletar una nave lo bastante grande para transportar el enorme elefante a tierras cristianas; un escritor añadía que el animal tenía por nombre Abul Abbas y que se lo enviaba Aarón, o Harún, rey de Persia o, en cualquier caso, monarca de todo el Oriente salvo la India.

La presencia de Abul Abbas si quedó registrada por el monje que se ocupaba de los anales: «En Octubre, Isaac, un mercader judío, hizo la travesía de África a un puerto de Liguria con el elepphas y, como no podía atravesar los Alpes debido a la tormenta, la expedición que lo traía tuvo que pasar el invierno en Vercellae»; pero finalmente el paquidermo llegó. Abul Abbas causó revuelo en Aquisgrán. El monstruo fabuloso de Babilonia avanzó bamboleándose por la calle embarrada del mercado, arrancando la hierba fresca de la techumbre de las casas con aquel brazo increíble que le servía de nariz. Luego el animal emitió un sonido como un trompetazo y los caballos de las callejas de la ciudad huyeron espantados, abriéndose paso entre las ovejas apelotonadas junto a los tenderetes de los vendedores de carne.

Carlomagno contempló complacido cómo Abul Abbas destrozaba el establo que le proporcionaron; el elefante era capaz de arrancar de cuajo un árbol joven y, sin embargo, aceptaba las uvas que le ofrecía el rey cogiéndolas de su mano con toda delicadeza. Isaac, el mercader que había viajado durante dos años con el animal y era su cuidador, dijo que Abul Abbas podría vivir aún 50 años más si se sentía contento en tierras francas. Desde luego, en los cálidos días estivales, el animal parecía muy satisfecho, devorando en cada comida un campo entero de cereal y tomando su baño cotidiano en el río. Cada día, en sus rondas de inspección, el rey se detenía a contemplar a su prodigioso visitante. Se insistió en que el califa Aarón había enviado a Abul Abbas por la admiración que le inspiraba Carlomagno. Sin embargo, en las mesas de las tabernas corría el rumor de que Isaac había traído el elefante por iniciativa propia, como un objeto de comercio más, y es probable que fuera así, una mezcla de comercio y propaganda.

En realidad las relaciones entre Harún y Carlomagno son una incógnita. Los registros de la corte de Bagdad no citan el nombre de Carlomagno, ni mencionan haber enviado una embajada a su presencia. Los historiadores árabes conocían a los francos (de hecho, denominaban así a todos los europeos occidentales) y mencionan a un rey. En cambio, no aparece ninguna referencia al elefante Abul Abbas. Sin embargo, entre Aquisgrán y Bagdad si hubo un intercambio de misiones comerciales. Sólo Isaac, aquel notable intérprete convertido en embajador por cuenta propia, podría explicarnos tal vez toda la verdad.

Dirk Husemann ha disfrutado escribiendo una “verdad” posible, con Isaac y los personajes históricos bien dibujados, ambientada y rodeada de otros personajes de ficción bien creados. Su trama incluye esclavos, espías árabes de daga rápida, monjas y novicias muy dispuestas, estafadores, iluminados, bosques tan peligrosos como lo eran en realidad, y las amenazas que rodean al poderoso Carlomagno. Recomendable para los que disfrutéis de la ficción histórica.

Carlos López-Tapia

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