“Una historia insólita de la neurología”

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No os resultará extraña la imagen del proyeccionista de cine antíguo. Es un personaje que suele ocultarse en un trabajo solitario, protegido por la oscuridad. No es un producto de la imaginación de los guionistas. Hay un referente terrible que cuenta Sam Kean en este libro. Excelente, como todos los que nos ha ofrecido hasta hoy.

Título: “Una historia insólita de la neurología”

Autor: Sam Kean

Editorial: Ariel

A pesar del “Ivanhoe” de Scott, el torneo de caballeros más recordado por la Historia no es del Medievo sino del Renacimiento. Es en el que murió el rey francés Enrique II en 1595. Enrique quiso “justar” y vistió su armadura, unos 25 kilos de metal chapado en oro; le subieron al caballo como al resto de los participantes, celada bajada, escudo, lanza y el golpe al animal para echarlo a galopar siguiendo la valla de madera que separaba su trayectoria de la del caballero que se lanzó contra él. Enrique descabalgó a sus dos primeros oponentes y se sintió triunfador. Desde las gradas su esposa Catalina de Medici y su amante perenne, Diana de Poitiers, asistían al duelo real. El torneo había acabado pero el rey quiso más.

La lanza escocesa del tercer caballero que se sintió obligado a aceptar el desafío de Enrique se rompió al chocar contra el escudo real. La madera astillada de la punta rota resbaló hasta el borde de la celada, se introdujo y alcanzó el ojo. Enrique murió a los pocos días, para desgracia de Diana, fortuna de Catalina, e introducción en el código de la prohibición de que los reyes justaran. Al lecho real acudieron los dos honres más cualificados en Europa para curar. Ante el escándalo de los galenos tradicionales, al rey se le serró el cráneo para examinar la herida y comenzó la historia de la neurología. Aquí la empieza al menos Sam Kean, que vuelve a demostrar su calidad como divulgador de ciencia e historias.

Kean asciende en el conocimiento de nuestro órgano central empleando casos y médicos, interesantes siempre y sorprendentes a menudo. La apocalíptica Batalla de Somme de 1916, cuando los periódicos tuvieron que imprimir no solo columnas, sino páginas enteras de las bajas, incitó a los militares británicos a inaugurar un hospital destinado a las lesiones faciales en una granja de ganado lechero en Kent. El hospital llevó a cabo 11.000 cirugías en 5.000 soldados británicos, y a menudo los cuidaban durante meses entre las operaciones. Algunas víctimas sólo podían ingerir líquidos, de modo que la granja también criaba gallinas y vacas, y alimentaba a los hombres con un líquido de ponche de huevo para proporcionarles proteínas. Como parte de su rehabilitación, algunos soldados cuidaban a los animales, en tanto que otros aprendían oficios como hacer juguetes, reparar relojes o peluquería. Los soldados se sentían suficientemente a salvo en los pabellones del hospital para bromear entre sí, incluso llamándose feos; pero siempre usaban corbatas rojas y chaquetas azul claro cuando visitaban la aldea más cercana, con el fin de alertar a la gente a mantenerse a distancia. Los tenderos no les vendían licores porque algunos se trastornaban cuando se emborrachaban, y a los forasteros les horrorizaba comer con ellos porque su comida a menudo reaparecía a través de otros orificios cuando la masticaban y la tragaban. Algunos hospitales prohibían espejos, y cuando salían del reducto de seguridad de su pabellón facial, muchos pacientes se suicidaban. Otros encontraban trabajo en una industria nueva, disfrutando largas horas de oscura soledad como encargados de la proyección de películas.

En 1942, los soldados japoneses capturaron a 100.000 prisioneros de guerra británicos, más de los que podían manejar. El ejército mató a miles de ellos trabajando en el cruel Tren de la Muerte de Birmania-Siam, un proyecto que requirió abrirse paso a machetazos por junglas montañosas, y construir puentes sobre ríos como el Kwai. La mayoría de los prisioneros que sobrevivieron, incluyendo muchos médicos, dos d los que vivían hacinados en los infames campamentos japoneses de prisioneros, empezaron a practicar autopsias en secreto y a recolectar tejidos de los cerebros de enfermos de beriberi para estudiar la patología de la enfermedad. El Dr. De Wardener custodiaba los registros en papel, un manojo de poco más de 10 cm. Pero, a principios de 1945, cuando la guerra empezó a ir mal para Japón, De Wardener se dio cuenta de que los líderes japoneses no verían con buenos ojos las pruebas contundentes de prisioneros de guerra muriendo de hambre. Así que cuando recibió otra orden para ser transferido, y vio a los guardias revisando las pertenencias de los otros hombres que también serían transferidos, tomó una decisión apresurada. Hizo que un amigo metalúrgico sellara los documentos dentro de una lata de gasolina de 15 litros. Luego envolvió la lata en una tela y la enterró a un metro de profundidad, en una tumba recién cavada, dejando como centinela únicamente al soldado muerto. Para recordar la tumba, había muchas, él y unos amigos anotaron las coordenadas usando como referencia unos enormes árboles cercanos. Cuando dejó el campamento, De Wardener solo podía rezar para que el calor, la podredumbre y el miasma de Siam no carcomieran el paquete antes de que él regresara. Si es que regresaba…

Los registros resolvían una disputa de medio siglo acerca del cerebro, la vitamina B1 y la memoria. De principio a fin es un trabajo tan instructivo, ameno y valioso como los tres libros anteriores de este divulgador de ciencia con un estilo narrativo único. Es indiferente que nos hable de la tabla periódica o de el aire que respiramos, siempre sales de sus libros con la evidencia de que has aprendido algo nuevo. No se puede dar más.

Carlos López-Tapia

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