“Universidad para asesinos”

“Universidad para asesinos”

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Mientras que los asesinatos son actos execrables, las causas que aducen algunos asesinos en sus confesiones y comunicados pueden ser legítimas y ajustarse a la realidad. Es un hecho que va unido al terrorismo moderno y a muchos “liberadores”. ¿Quiero decir que los asesinos tienen razón? Los asesinos nunca tienen razón, pero las razones que invocan en sus comunicados no carecen de fundamento. Esta idea casi es una peculiaridad constante en las historias del griego Petros Markaris, y también está muy presente en la última aventura del comisario Kostas Karitos, “Universidad para asesinos”. La corrupción en la universidad española Juan Carlos I con la entrega de títulos de máster a políticos sin escrúpulos; o la futura creación de universidades privadas ávidas de subvenciones en regiones y carreras saturadas, son la punta de un problema de influencias, favores y puertas giratorias más comentado que objeto de denuncias concretas. En forma simple: “Todos lo suponemos, algunos lo saben, pero es difícil obtener pruebas”. Esto forma parte del sistema clientelar que sufre nuestro país, al igual que ocurre en Italia o Grecia, y es la base de la serie de asesinatos de profesores universitarios que investiga Kostas, siempre en medio de una familia con la que es muy fácil identificarse.

Título: “Universidad para asesinos”

Autor: Petros Markaris

Editorial: Tusquets

Nuestras universidades públicas se enfrentan a problemas gravísimos, los más acuciantes son los económicos. Se encuentran en una situación financiera tan lamentable que no pueden convocar nuevas plazas de profesorado para cubrir las vacantes existentes, mientras las clases se llenan de sustitutos en ausencia habitual de catedráticos. Al igual que lo fue formarse como piloto en los ejércitos con dinero público para abandonar ante la primera oferta privada de las grandes compañías aéreas, cuando las universidades se enfrentan a dificultades tan apremiantes, puede ser una inmoralidad abandonarlas para dedicarse a la política.

Mi comisario griego favorito ha sorteado el cinismo lo bastante bien para resultar ingenuo en ocasiones.

“— Tal vez usted pueda explicarme lo que intento comprender y nadie me ha podido explicar hasta el momento. ¿Cómo es posible que una persona que se ha pasado la vida entera en la universidad, dedicada a sus clases y a la erudición, lo deje todo plantado, es decir, que eche a perder todos esos esfuerzos, con el único propósito de llegar a ser ministro? Si logro entender su manera de pensar, quizá podamos delimitar el círculo de posibles sospechosos.

— Ha hablado de erudición. ¿Dónde está buscando a los culpables? ¿En los círculos de eruditos?

— Para serle sincero, no sólo allí, aunque también.

— Los eruditos ya no existen, señor comisario. Sólo existen los intelectuales.

— ¿Cuál es la diferencia? —pregunto, porque el tema se me escapa por completo.

— Las personas eruditas son gente de biblioteca, de estudio y de trabajo científico. Los intelectuales son especialistas en todo y expertos en nada. Los eruditos tienen conocimientos, los intelectuales tienen opiniones y les gusta publicitarlas a la menor oportunidad. La expresión de una opinión se caracteriza por dos cosas, ambas de origen sexual.

— ¿Sexual? —repito, como si no pudiera creer lo que oigo.

— Sí, comisario, sexual —confirma mi interlocutor—. La primera característica es la lujuria analítica. Los intelectuales lo analizan todo por sistema. Padecen una enfermedad para la que aún no hay cura: la analisitis. La segunda característica es el hedonismo de la autoescucha. Se oyen hablar a sí mismos y se erotizan. —Menea la cabeza con expresión triste—. Los eruditos ya no existen, señor comisario, como ya no existen los profesores universitarios.

— ¿No existen los profesores universitarios? —le pregunto, estupefacto, al tiempo que me pregunto a mí mismo con quién he estado hablando todos estos días.

— No. Los profesores universitarios hoy en día son meros profesionales, podrían ser inspectores de Hacienda, banqueros, policías como usted o militares como mi padre, no hay ninguna diferencia. Con los verdaderos profesores universitarios pasa lo mismo que con los eruditos y los intelectuales de los que hablábamos antes. Aquí se cierra el círculo.

— Me mira y parece disfrutar de mi desconcierto—. Soy consciente de que, en un primer momento, esto le confunde más que le ayuda —me dice—. No es esta mi intención. Le he hecho toda esta introducción para explicarle que los asesinos son gente del pasado.

— ¿Gente del pasado? ¿Me lo puede explicar mejor?

— Gente de la universidad de antaño, con profesores que no eran como los de ahora, sino docentes de verdad e intelectuales con vocación de servicio. En mi opinión, los asesinos han actuado así porque detestan a los profesores universitarios actuales, los consideran traidores por haber abandonado la docencia para pasarse a la política. En otras palabras, desean resucitar la universidad de antes. Viven en otro mundo y ese mundo es el pasado. No pierda el tiempo con los profesores y los estudiantes de ahora. Estos se han acostumbrado a la nueva realidad y les parece normal. Busque en el pasado. —Respira profundamente y se apoya en el respaldo del sillón—. Ahora le ruego que pongamos fin a esta conversación. Me siento cansado”.

También yo pongo punto final a este post, que espero que os sirva para recordar que hace unas semanas se publicó el último libro de Petros Markaris; una saga digna de ser seguida. Lo he devorado en una tarde asturiana, tan llena de sol y chaparones tormentosos veraniegos que olía a Vietnam monzónico.

Carlos López-Tapia

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