“Yeruldelgger, la muerte nómada”

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He vuelto a Ulán Bator para terminar una historia que le ha llevado varios años y tres libros a Ian Manook, en su visión moderna y negra de la vida en Mongolia y el final de su cultura nómada legendaria.

Título: “Yeruldelgger, la muerte nómada”

Autor: Ian Manook

Editorial: Salamandra

Para la gran mayoría de nosotros los ninjas son asesinos muy entrenados o una pandilla de tortugas animadas. Para los ciudadanos de Mongolia son otra cosa: hordas errantes de buscadores, una muchedumbre resignada y laboriosa que excava de forma improvisada en busca de oro o de mercurio. A escasos centímetros unos de otros, hacen miles de agujeros en los suelos de un valle o una meseta; limpian los sedimentos de barro, tamizan escoria, queman piedras, machacan guijarros. El paisaje queda devastado después de su partida. La mayoría de los ninjas son antiguos nómadas, que han pasado de vivir respetando la estepa como si se tratara de su propia madre, a destriparla a golpe de pala, por una media de un dólar en oro al día, que unos intermediarios revenden a los traficantes chinos. A veces sacan hasta cuarenta dólares al día. Mil al mes, tres veces el salario medio, una cantidad inimaginable, que sólo se puede conseguir cuando el suelo no es una masa helada, sólo durante los tres meses de verano. A cambio la tierra es devastada. Nada vuelve a crecer entre hierbas estériles, aplastadas por los terraplenes, quemadas por los ácidos y empapadas con detergentes derramados. Ninguna manada volverá a pastar allí. Los caballos se romperían las patas al tropezar en los agujeros llenos de agua tras las tormentas.

Los hombres excavan y las mujeres vigilan en las yurtas las potentes llamas de sopletes acoplados a bombonas de gas bajo un alambique con un tubo soldado a un crisol cerrado, dividido en dos conductos. Uno escupe el vapor a presión hacia el agujero del techo y otro se hunde en una tartera metálica con agua hirviendo, que se enfría de vez en cuando vertiendo un poco de agua con un vaso.

En los crisoles calientan una amalgama de oro y mercurio. Los vapores escapan por el tubo superior y a través del inferior recuperan el mercurio que pueden. Los ninjas se valen de la capacidad del mercurio líquido para aglutinarse con el oro y lo vierten en los lodazales que creen auríferos. Así producen una especie de grava que se separa más fácilmente del resto del barro y a continuación la queman. El calor separa de nuevo el oro del mercurio, que se vaporiza y en el fondo del crisol no queda más que el metal precioso. El precio a pagar con la salud son las sustancias venenosas que se volatilizan con el vapor del agua, que ya envenenaron y enloquecieron en el pasado a tantos sombrereros europeos de la Revolución Industrial. Parte de ese mercurio pasa a las jóvenes embarazadas que lo transmiten a sus hijos; parte pasa al suelo que lo transmite a las plantas y a los ríos, donde pasa a los peces. Los ninjas son parte de la transformación de una cultura que no puede sobrevivir, que el protagonista de la trilogía, Yeruldelgger, lamenta en su corazón de nómada, de policía/monje saolin, de hombre abocado a enfrentarse con la corrupción gubernamental en todos los niveles.

Yeruldelgger, transformado en un solitario, cansado de la escasa utilidad de su lucha pero convertido casi en leyenda, se dirige a participar en un naadam, donde se citan pueblos o provincias enteras alrededor de tres juegos tradicionales, que es fácil encontrar en el mundo documental. La lucha está reservada a los hombres, el tiro con arco normalmente a las mujeres y la carrera de caballos a los niños, mejor cuanto más pequeños y ligeros. Esta fiesta tradicional sirve a Ian Manook para destapar lo que se esconde tras muchas culturas ancestrales, útiles tal vez para el pasado, pero inaceptables para el futuro que pretenda ser democrático y equilibrado.

“Éste tenía apenas seis años y galopaba a rienda suelta, con su cuerpecito flotando dentro de la túnica hinchada por el viento.

— Que el cielo lo proteja y aplaste a su madre —murmuró Tsetseg, que se había detenido.

— No tiene ningún miedo —dijo él, de repente a su lado y sorprendido por la cólera que la mujer contenía—, parece un jinete excelente.

— Míralo, monta sin silla ni estribos.

— Suele ocurrir. La destreza de esos críos es increíble y por eso se los admira.

— Nadie admira a esos pequeños jinetes, aparte de los turistas imbéciles que los ametrallan con sus cámaras y se interesan más por la foto que acaban de tomar que por su suerte. ¿Sabes por lo menos por qué galopa de esa manera?

— Porque es la tradición —admitió Yeruldelgger.

— La tradición. Eso no quiere decir nada. Es sólo una capa de lona sobre la armadura de una yurta. Lo que importa es lo que la tradición enmascara. Lo que perpetúa.

— ¿Y qué enmascara la de las carreras de caballos? —preguntó Yeruldelgger, irritado porque no le gustaba que hablaran mal de los ritos de los ancestros.

— Pobre imbécil, así que formas parte de los que no quieren ver nada… Él monta sin silla y sin estribos para ser más ligero. Monta con sólo seis años porque resulta menos pesado. Lleva una simple túnica para que el caballo soporte el menor peso posible. Porque el único que cuenta es el caballo. Es él quien gana la carrera. Nunca el pequeño jinete.

Yeruldelgger admitió sin llegar a decirlo que había algo de cierto en las palabras de Tsetseg. Cuando aquellas cabalgadas vertiginosas terminaban, a los jinetes que quedaban en primer lugar se los regaba con leche de yegua fermentada, porque eran demasiado jóvenes para beber, pero enseguida los cumplidos y los halagos recaían sobre el caballo y su entrenador. Era el trabajo de este último el que se alababa. Los meses trabajando la resistencia de la montura, la elección del jinete y, sobre todo, de los arreos.

— ¿Sabes por qué se felicita también al que llega último? —preguntó Tsetseg con sequedad y sin apartar la mirada del pequeño jinete que se les aproximaba.

— Para consolarlo porque la carrera no es más que un juego.

— Tienes suerte de seguir siendo un buen amante para la edad que tienes —se burló la mujer—, si no fuera por eso no pasarías de ser un viejo gruñón que no serviría más que para alimentar a los lobos. Al último de la carrera se lo festeja con tantas alabanzas y tanto como al primero para animarlo a hacerlo mejor la próxima vez.

— Eso es lo que yo decía.

— ¡Mira que eres gruñón, cabezota e idiota! Lo animan a hacerlo mejor porque ha sido él quien no lo ha hecho bien. Él y sólo él. Él es siempre quien falla, nunca el animal. ¡Nunca! Deja de mirar la carrera como un hombre y mírala como una mujer. Como una madre, más que como un padre criador. El niño no representa nada en esas carreras. Si los hombres estuvieran seguros de que los caballos pueden recorrer solos los quince o treinta y cinco kilómetros de la carrera, prescindirían hasta del más pequeño de los jinetes, que no representa sino un peso para el hermoso caballo del que ellos están tan orgullosos.

Yeruldelgger la miró durante unos segundos. ¿Qué desgracia había herido a esa mujer para que se esforzara hasta ese punto en denigrar las costumbres felices de los nómadas, las que tejían los vínculos entre ellos?

— ¿Qué tienes tú contra la tradición?

—Las tradiciones de unos son siempre el yugo de la opresión de otros —replicó Tsetseg con un tono que puso fin a la discusión”.

Dicho esto, si os animasteis a seguir esta historia al principio, la acabareis con esta tercera y última entrega. El final es razonable, redondo y natural. Al tiempo podréis saber algo sobre la que se prepara en muchos lugares del Asia central, que no es ficción.

Carlos López-Tapia

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