“Último tren a Menphis”

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Título: “Último tren a Menphis”

Autor:PETER GURALNICK

Editorial: GLOBAL RHYTHM

Nota de la Redacción:

Entre 1996 y 1999 se publicó en Estados Unidos una de las biografías más completas, si no la que más, sobre la vida de Elvys. Se publica ahora en español con una edición muy bien cuidada y con fotos excelentes. El contenido es simplemente tan abundante y completo que supone una inmersión poco común en la vida de otra persona. El autor menciona en su prólogo que no habla de las películas, pero en realidad si lo hace. Habla de cómo las vivió Elvys y lo que supusieron para un hombre aficionado al cine, que trabajó como acomodador en el cine de su pueblo y que tenía ir al cine con su primera novia como costumbre. Estaba en el cine con su chica en 1956 cuando comprendió que nunca podría volver a una sala con público para ver una película. La policía entró en la sala buscándole. En el exterior se había concentrado una muchedumbre de fans que habían destrozado su coche en busca de recuerdos. A partir de entonces pasó a la pantalla.
Ese mismo año comenzaría su trabajo en el cine que se concretaría en una treintena de películas. La biografía se compone de dos tomos, “último tren a Menfhys” y”Amores que matan”, nosotros incluimos aquí el primer tomo. Si eres aficionado a Elvys, es imprescindible.
Estas páginas seleccionadas sobre su primer proyecto cinematográfico pueden darte una idea….
1956.htm

NOTA DEL AUTOR

UltimotrenaMenphisElvisPresley.jpgBiografía significa en principio “relato sobre la vida de una persona”, pero el término representa para mí otra cosa: una especie de persecución, un seguimiento del rastro físico dejado por un individuo, una búsqueda de sus huellas personales. Nunca vas a encontrarlas, al menos no del todo, mas con un poco de suerte uno se las arregla para escribir sobre la búsqueda de esa figura elusiva de modo que su estampa llegue a cobrar vida en el presente. RICHARD HOLMES, Footsteps: Adventures of a Romantic Biographer La primera vez que escribí sobre Elvis Presley fue en 1967. Lo hice porque me gustaba muchísimo su música y tenía la sensación de que había sido ridiculizada y desdeñada de una forma injusta. No escribí sobre sus películas, su imagen pública o su popularidad. Escribí sobre una persona a la que tenía por un gran cantante de blues suponiendo, por otro lado, que él se veía del mismo modo (hoy acaso matizaría la idea y me referiría a él como un gran cantante “de corazón” en el sentido de que cantaba aquello que le llegaba a lo más hondo -blues, góspel e incluso temas que pueden parecernos absurdamente sentimentales- sin limitaciones o artificios). Yo tampoco me puse limitaciones, de modo que envié a Elvis una copia de mi texto a su dirección de Memphis (3764 Highway 51 South, más tarde Elvis Presley Boulevard), y a guisa de respuesta recibí una tarjeta de felicitación navideña.
Escribí varias veces más sobre él a lo largo de los años esforzándome siempre por rescatarlo tanto de sus detractores como de sus admiradores.
Lo que escribía reflejaba la pasión con que escuchaba su música,
investigaba su vida o entrevistaba a quienes lo conocían. También reflejaba el tipo de especulación que de forma inevitable aplicamos a los objetos o individuos a los que admiramos desde lejos. Si bien no abjuro de todo cuanto entonces escribí, sí que me parece oportuno corregir buena parte del planteamiento que entonces utilicé. Por lo demás, no sé si llegué a tener en cuenta quién era el verdadero Elvis hasta que un día de 1983 recorrí en automóvil la avenida McLemore, en el sur de Memphis, acompañado por de Rose Clayton, una buena amiga nacida en la ciudad. Pasado el antiguo estudio de la discográfica Stax, Rose me señaló un drugstore donde había trabajado el primo de Elvis. Según añadió, Elvis tenía por costumbre pasar horas enteras en el local sentado ante la barra, tamborileando con los dedos sobre la encimera. “Pobre chico”, dijo Rose, y en ese momento algo se disparó en mi mente. Ése no era “Elvis Presley”, sino un muchacho sentado ante el mostrador de un drugstore situado en sur de Memphis, una persona de carne y hueso que podía ser observada perdida en sus ensoñaciones, escuchando la música de la jukebox o tomándose un batido a la espera de que su primo saliera del trabajo: “pobre chico”. No me puse a escribir el libro hasta varios años después, pero ésa fue la imagen en que se sustentó. Cuando finalmente me decidí a escribirlo, sólo tenía un simple objetivo (al principio me parecía simple): narrar la historia en tiempo “real”, de forma que los personajes pudieran respirar con libertad, a fin de evitar los juicios de valor sobre cuestiones de otra época y hasta los avisos de precaución que inevitablemente se dan al escribir en retrospectiva. Tal era mi propósito, tanto porque quería ser fiel a mis “personajes” (figuras de la vida real a las que había llegado a conocer y apreciar a lo largo de mis viajes e indagaciones) como porque aspiraba a plasmar las dimensiones de un mundo, el mundo en el que Elvis Presley había crecido, el mundo en que se había formado y que él a su vez había conformado sin proponérselo, con toda la simplicidad y la belleza propias de la vida cotidiana.
El descubrimiento de la realidad de ese mundo vino a ser como aventurarse por la esquina de mi propia esfera vital. El historiador británico Richard Holmes describe al biógrafo como “una especie de vagabundo que no cesa de llamar con los nudillos al cristal de la ventana de la cocina con la secreta esperanza de que un día lo inviten a cenar”. Holmes seguramente alude metafóricamente al intento de penetrar en los entresijos de la historia, pero muy bien podría estar describiendo un hecho real.
Si no hubiera sido capaz de reconocer mi condición de entrometido, si
no hubiese podido reírme de los cómicos contratiempos con los que tantas veces me he enfrentado a lo largo de los años, habría sido evidente que carecía de la humildad necesaria para llevar a cabo semejante labor. Pero, a la vez, si no hubiera sido lo bastante vanidoso, si no hubiese creído posible encontrarle un sentido a la amalgama de datos dispersos que forman una vida, si no me creyera más o menos capaz de embarcarme en las más diversas exploraciones o divagaciones, jamás me habría aventurado a referir una historia como ésta. “El momento en que uno empieza a investigar la verdad de los hechos más simples tenidos como ciertos -escribió Leonard Woolf en su autobiografía- equivale a pasar del suelo firme a un terreno pantanoso o a una zona de arenas movedizas, y cada paso supone adentrarse en la marisma de la incertidumbre.” Y es precisamente esa incertidumbre lo que ha de ser considerado tanto un condicionante inevitable como el único punto seguro de partida.
Para escribir este libro tuve que entrevistar a centenares de testigos. La mayor alegría (y también la mayor fuente de distracción) fue descubrir diversos mundos inscritos en un mismo universo: el mundo de los cuartetos vocales, el espíritu innovador que dominaba la radio de la posguerra, los muchos mundillos de Memphis (que yo en un principio creía conocer al dedillo), el mundo de las ferias del que surgió el coronel Thomas A. Parker (donde los personajes se inventan y todo se promociona), los sueños un tanto pedestres de una industria musical que todavía no había acabado de definirse y los sueños más ambiciosos de unos músicos que aún no habían explorado su propio estilo. He intentado dibujar a grandes trazos estos mundos, así como los hombres y las mujeres que los habitaron, esforzándome en respetar lo intrincado, complejo y único de su estructura, pero, por supuesto, uno tan sólo puede sugerir posibilidades. En relación con el protagonista central, también he hecho lo posible por transmitir su naturaleza compleja e irreductible. Yo diría que su historia es heroica, y hasta trágica al final, pero -como siempre sucede con nuestras vidas y nuestros personajes- no es de una pieza ni se presta a una interpretación unívoca ni se puede componer como un todo homogéneo a partir de los distintos fragmentos. Con estas palabras no pretendo dar a entender que la tarea fuese imposible, sino que simplemente rindo tributo a la específica heterogeneidad de toda experiencia humana.
Yo quería referir una historia auténtica. Quería liberar a Elvis Presley
de las ingratas servidumbres del mito, de la opresiva tiranía retrospectiva
de su importancia como figura cultural. Supongo que mi posible éxito
en dicha labor tan sólo habrá servido para establecer nuevas etiquetas y tiranías retrospectivas. Supongo que, como todo biógrafo, me he obsesionado con momentos imaginados una y mil veces, con la manera como discurrieron las cosas, sin perder nunca la dolorosa conciencia de estar manejando una perspectiva limitada, de estar usando la equívoca lente de la historia. He intentado acoplar testimonios discrepantes y me he sumergido en el tipo de diálogo con mi protagonista que Richard Holmes describe como “una relación de confianza” entre el biógrafo y biografiado. Según señala Holmes, uno trata de llegar a esa confianza de forma implícita, pero siempre existe la posibilidad de tomarse demasiadas libertades al respecto: “La posibilidad de cometer errores -subraya- es constante en toda biografía”.
Por eso mismo quiero apuntar que esta obra, como cualquier otra, es un principio y no un final, una invitación a indagar, no una recopilación de certidumbres. Buena parte de lo que termina convertido en narración, trátese de un relato formal o de una simple anécdota contada durante una comida, se basa en compendios verbales, suposiciones metafóricas, interpretaciones de los hechos descritos. Hay que dejarlo claro: los hechos pueden cambiar, y la nueva visión puede alterar en cualquier momento la primera interpretación. Ésta es mi historia de Elvis Presley, no la historia de Elvis Presley: no existe tal cosa; la misma autobiografía -y acaso sobre todo la autobiografía- sólo es una versión de los hechos, una selección de detalles, un intento de darle sentido a los diversos y arbitrarios episodios de la vida cotidiana. En último término, nada tendría que sorprendernos en relación con la existencia humana, pues humano es todo cuanto le ocurre a un hombre. Yo diría que he tenido éxito si al final he logrado proporcionar al lector las herramientas precisas para crear su propio retrato del joven Elvis Presley, si le he dado la oportunidad de reinventar y reinterpretar, dentro del amplio contexto de un período y un lugar precisos, la juventud de una incomparable figura estadounidense.

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