Aunque Dennis Hopper era un tipo del que huir, definió mejor que nadie lo que pasaba cuando hizo “Easy Rider” (En busca de mi destino): “Nadie se había visto nunca retratado en una película. En todos los lovein del país, la gente fumaba marihuana y tomaba LSD, ¡pero el gran público seguía viendo las películas de Doris Day y Rock Hudson!”.
A principios de los sesenta, un newyorkino llamado Bob Rafelson, solía pasear al mediodía por Central Park con el que sería su futuro socio. Hablaban de los trabajos en que desperdiciaban sus talentos. La única conexión de Bob con la industria era ser primo del guionista de las comedias de Ernst Lubitsch … y confianza en su propio talento, que siempre es buena conexión con todo. Ambos amigos se decidieron y se trasladaron a Los Ángeles. Unos años después se habían hecho ricos fabricando una copia usamericana de los Beatles, los Monkees.
La casa de Rafelson se convirtió en un rincón neoyorquino en Los Ángeles, artesanía africana, libros sobre grabados japoneses y antigüedades, un lugar de encuentro para un grupo de chicos del Nuevo Hollywood entre los que estaban Dennis Hopper y Jack Nicholson.
La casa se llenaba de velas, se pasaban porros de marihuana y luego servían dulces, Se sentaban en el suelo, escuchaban jazz, a veces se tomaban unas gotitas de ácido para viajar en el jacuzzi del jardín trasero, se pasaban unos honguitos o un poco de mescalina o de hachís. Bob Rafelson ya conocía a Hopper desde Nueva York. El encuentro se rememora en el libro “Moteros tranquilos, toros salvajes”.
El lugar, un apartamento de novia de amigo en el East Village. Era una fiesta. Dennis Hopper y Bob fueron presentados y comenzaron a hablar. Al poco Hopper hablaba maravillas de una pieza titulada The Queen, en la que los principales personajes de la administración Johnson , presidente incluido, aparecían vestidos con túnicas blancas, comiendo langosta y planificando el asesinato de JFK.
Resultó natural que tiempo después, instalados todos en California, Hopper se presentara en las oficinas de la productora de Bob. No tenía una pinta muy corriente, pero considerando que la familia Manson se paseaba ya como zombis playeros en aquellos años, no llamaba nadie a la policía al verle.
Hopper, brillo paranoico en los ojos y una arruga en el ceño como una cicatriz, moreno y bajito, chaqueta y tejanos mugrientos, barba, coleta, y una cinta en el pelo.
Bob les comentó que debían conocer a su socio y se dirigían a liarse un porro para amenizar la espera al despacho de Nicholson, pero no tuvieron tiempo. El socio de Bob entró cojeando, con una pierna escayolada por un accidente. Rafelson los presentó y refiriéndose a Hopper expresó sin saberlo una profecía: «Este tipo está como una regadera, pero creo ciegamente en él, y creo que hará una película estupenda para nosotros.»
Por pura combinación de riesgo y corazonada, Hopper y Peter Fonda salieron con 350.000 dólares. Harían una prueba aprovechando el carnaval de Nueva Orleáns. Podían gastar cuarenta mil dólares y luego se vería el resultado que podían alcanzar un par de novatos.
Montaron un equipo de voluntariosos aficionados o semi profesionales. Uno contó años después: «Conseguir una reunión con Hopper era como pedir audiencia. No había manera de que aceptara escuchar a nadie más. Lo único que valía eran sus discursos. Por eso, cuando llegamos a Nueva Orleáns, estalló la guerra. Hay montones de personas que no han vuelto a dirigirse la palabra, todavía hay mucho rencor. Todo fue mucho peor de lo que imaginamos.»
De entrada la mujer de Hopper le llevó al aeropuerto y durante el trayecto le aconsejó una y otra vez que no lo hiciera, que era una locura. Al despedirlo le dijo: «Estás cometiendo un gran error, esto no va a funcionar nunca. Peter no sabe actuar, lo conozco desde que éramos niños. Vas a hacer el ridículo.» Hopper reaccionó acusándola de no desear su triunfo y luego pidiéndola el divorcio para no volver a verse nunca más.
El Carnaval duraba cinco días y allí estaban todos. No sólo no había guión, tampoco una sinopsis o un argumento sobre lo que tenía que pasar. Peter y Dennis sólo sabían los nombres de los dos protagonistas: Billy, por Billy el Niño, interpretado por Hopper, y Wyatt, por Wyatt Earp (también conocido como Capitán América), interpretado por Fonda.
Dos motoristas con el pelo muy largo, que deciden hacer un viaje desde Los Ángeles hasta Nueva Orleáns para asistir a su carnaval. En el camino se encuentran con una fauna variopinta, envuelta en sensaciones “tripi”.
Catapultó a Peter Fonda a la altura de su hermana Jane durante un tiempo, Hopper fue tomado más en serio de lo que nadie hubiera pensado y, sobre todo, descubrió a Jack Nicholson y le dio la primera de su docena de nominaciones.
Ha recaudado casi 200 millones hasta la fecha, contra los cuatrocientos mil dólares que costó, uno de los negocios más lucrativos de la historia. Su estreno cambió el curso del cine en muchos sentidos. En España no se estrenó hasta el año de la muerte del dictador Franco, en 1975, con el título “Buscando mi destino”, muy criticado por los defensores del original, pero que pasado el tiempo y recordando otras ocurrencias de este tipo, no está tan mal, para el primer retrato moderno de la sociedad estadounidense contemporánea.
Puedes enchufártela para verla antes de morir esta noche a las 22:00 en TCM(dial 46 de Digital +), es una habitual de su programación.
El éxito suele producir imágenes mentirosas. Desde fuera, cuando una serie conquista público, premios, territorios y prestigio, parece que todo encaja. Los conflictos se olvidan. Se vuelve invisible la fricción entre obra y realidad. Con "Gomorra" ocurrió lo contrario. Cuanto más crecía la saga, más visibles se hacían sus dificultades. Y no hablo solo del esfuerzo normal de escribir varias temporadas o sostener la tensión necesaria del reparto. Hablo de un proyecto que trabajó en un territorio vivo, discutido, observado con lupa, cruzado por una criminalidad real, por problemas de representación, por polémicas públicas y por una exigencia interna casi imposible. "Gomorra" no solo fue dura en pantalla. Fue una obra difícil de levantar, de prolongar, de defender y de cerrar.
Algunos éxitos se anuncian con cifras, otros se perciben antes en la reacción. El triunfo de "Gomorra" no empezó en las audiencias, empezó en el impacto. En la sensación de que algo distinto estaba ocurriendo en la televisión europea. En los comentarios que se escuchaban en lugares públicos cada vez que terminaba un capítulo. En ciertos silencios que dejaba cada episodio, más cercanos a la sensación de resaca que a la de puro entretenimiento. Ese triunfo, sin embargo, no fue casual. Ni inmediato. Ni sencillo. Fue la consecuencia de una suma de decisiones que no siempre parecían comerciales. Y es ahí donde conviene detenerse, porque entender cómo triunfó "Gomorra" implica entender contra qué competía y qué decidió no hacer.
Hay universos que cuando alcanzan el éxito es muy difícil dejarlos atrás. Es el caso de “Peaky Blinders”, serie de Steven Knight que tras seis temporadas de travesía entre 2013 y 2022 ha necesitado una película para poner el colofón a la historia de Tommy Shelby, baluarte del Birmingham de las primeras décadas del siglo XX que de gángster rebelde, estandarte de un clan de origen gitano, pasó a acomodarse en un sistema para dinamitarlo desde dentro como justiciero e incluso como político. "Peaky Blinders: El hombre inmortal" no aporta mucho a lo ya visto durante estos años pero, sostenido sobre todo en un empaque formal exquisito marca de la casa, sí que es un digno epílogo en forma de película para Netflix que cierra la espiral de un personaje, encarnado por Cillian Murphy, marcado por la ambición pero también por el tormento y su continuo baile con la muerte como ya evidenció una sexta temporada que parecía abocada a ello pero que viró de ese destino en el último momento.
Hay universos narrativos que se expanden porque la industria huele negocio. Y hay otros que nacen de una herida. Con el tiempo se ha repetido mucho que "Gomorra" cambió la vida de su autor. Saviano lo resumió de forma brutal al decir que "Gomorra mi ha distrutto la vita". La frase tiene detrás la protección permanente, la ruptura de una vida ordinaria y la conversión del escritor en objetivo. También contiene otra verdad: el libro salió del mundo de la cultura para entrar en el de las consecuencias. Ese paso resulta decisivo porque el universo "Gomorra" no nació como entretenimiento criminal. Nació como un relato que producía efectos fuera de la página.
Hola,
¿No vais a colgar el archivo de sonido? Es que yo ya estaba haciendo la colección...
Muchas gracias