"Bardo, falsa crónica de unas cuantas verddes"

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El argumento: Una comedia nostálgica en el marco de un viaje épico. Una crónica de incertidumbres donde el protagonista, un reconocido periodista y documentalista mexicano, regresa a su país enfrentando su identidad, sus afectos familiares o la absurdidad de sus memorias, así como el pasado y la nueva realidad de su país.

No conviene ver: “Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades” es un derroche de ego y de estilo de un Alejandro González Iñárritu que ha logrado estirar la ventana de distribución entre salas y Netflix ya que a pesar de ser una de las apuestas de la plataforma no se verá allí hasta 45 días después de su estreno en los cines. Y es que es allí donde tiene más sentido que se puedan ver las casi tres horas de metraje de un ejercicio de introspección con el que el director regresa a México presentando a un protagonista que es su indudable alter-ego. Silverio es un reconocido periodista y documentalista, un transmisor de historias en general y de su pueblo en particular haciendo a ello referencia el título de la película, que va a ser el primer mexicano en ganar un prestigioso galardón en Estados Unidos, momento cumbre que le hará cuestionarse tanto a él, sus decisiones y su legado en un momento en el que tras una vida azarosa y excesiva todavía es más consciente de ese desarraigo en el que ha vivido, permanente entre dos aguas sin ser de un lugar en concreto reparando en temas como la creación, el éxito, el racismo y la paternidad. Una cinta excéntrica, onírica y abrumadora que es un “egotrip” que se apunta a la tendencia reciente de directores consagrados por repasar su historia (algunos de ellos financiados por Netflix como en el caso de Cuarón, Sorrentino y ahora Iñárritu) creando una película excesiva, irritante y autocomplaciente subrayando el espíritu poético de sus imágenes que, aunque dejan alguna para la memoria como la de la pérdida de un hijo representada en ese bebé que cabe en la palma de la mano y que como una tortuga avanza sobre la arena de la playa para introducirse en la eternidad del mar, el encuentro en el baño del protagonista con el recuerdo de su padre, o esa conversación entre el protagonista y Hernán Cortés sobre una pila de cadáveres en el que es un ejercicio de metaficción, no justifica un conjunto que es tan salvaje y deslumbrante como aburrido y agotador. Hay otros momentos que se recuerdan (como la entrevista televisada con un viejo amigo, el jolgorio de la fiesta en su honor o el enredo burocrático y familiar en el aeropuerto) pero no es suficiente. El rodaje en México duró 22 semanas, el objetivo era mostrar a la Ciudad de México de una manera inédita como si fuera una fantasía, y estuvo marcado por las quejas por parte del equipo por las malas condiciones laborales e incluso por saltarse el protocolo sanitario, mención especial merecen los figurantes de la película que llegaron a organizar un movimiento en las redes sociales acusando al director de maltratador. Daniel Giménez Cacho es el encargado de interpretar al protagonista y su mutación con el propio director es tan grande que cuesta distinguirle pero no deja de ser una figura antipática y cargante sin esa aura de fascinación pretendida. Una película personal (que aunque perdió 20 de sus minutos en el montaje entre Venecia y San Sebastián para ser más accesible y condensada) deja una sensación de oportunidad desaprovechada, proyecto baldío y la conclusión de que tanto Paolo Sorrentino (en su exceso) y Terrence Malick (en su poesía sensorial) lo hacen mejor. Aunque el director ganador de 2 Oscar consecutivos se justifique de que las películas que gustan a todo el mundo son sospechosas pero esta ensoñación fílmica desconcertante, densa y ególatra decepciona, desespera y se ve arrollada por la sombra de un artista que se cree tan bueno que sacrifica la narrativa, potencia el ensayo y se cae con todo el equipo en un publirreportaje mucho menos profundo, interesante, revelador y contundente de lo pretendido. Un soberano plomo que, además, parece haber sido el último clavo en el ataúd para un Netflix que fue el único que dio carta blanca a Iñárritu y que parece que de cara al futuro ya ha dicho basta a la hora de dar rienda suelta a la libertad creativa por muy respetado que sea el nombre en cuestión.

Conviene saber: A competición en el Festival de Venecia 2022 y vista en la sección Perlas del Festival de San Sebastián 2022.

La crítica le da un TRES

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