Cannes 2019: Quentin Tarantino desmonta el Hollywood de 1969 y Bong Yoon-ho cae de pie con su sólida e ingeniosa mezcla de géneros

Cannes 2019: Quentin Tarantino desmonta el Hollywood de 1969 y Bong Yoon-ho cae de pie con su sólida e ingeniosa mezcla de géneros

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Querido Teo:

Hay pocos directores que generen a su alrededor un predicamento que haga que cada uno de sus títulos se conviertan en autenticos reclamos populares. Quentin Tarantino es uno de ellos y logra que incluso una maquinaria como la del Festival de Cannes le acoja a última hora aunque eso haya provocado una acelerada postproduccion que en cierta manera se nota en “Érase una vez en… Hollywood”, la novena película como director de un Tarantino que ha mostrado la fiebre y la cierta locura tan hedonista y arribista como cruel y solitaria de un Hollywood que no tiene ningun reparo en hacerte caer del pedestal ante cualquier decision equivocada dejando en nada el tan deseado “american dream”.

Tras largas colas en el pase mas mediático del Festival de los ultimos cinco años, “Érase una vez en… Hollywood” supone el regreso a la competición de Quentin Tarantino una década después de “Malditos bastardos” y con una Palma de Oro para “Pulp Fiction” que cumple ahora 25 años. El mejor momento para que llegue el esperado proyecto del director que, después de reinventar en cierta manera la opresión nazi y su peso histórico en “Malditos bastardos”, y explorar el western con “Django desencadenado” y “Los odiosos ocho”, cintas en los que no ha tenido reparos en aunar cierto estatus de autor sin renunciar al espíritu gamberro de sus primeros trabajos, ahora nos lleva a Los Angeles en 1969, un año convulso por un hecho luctuoso que en cierta manera rompió la inocencia de ese ecosistema irreal y creado en la apariencia, así como la irrupción de la cultura hippy y la muerte de la época de esplendor del cine musical o el western ante un público que abrazaba los nuevos estilos en una década que se abría con más rapidez que todos los avances del anterior siglo en una celeridad que tiempo después no ha parado de seguir creciendo.

“Érase una vez en… Hollywood” es un proyecto ambicioso por parte de Tarantino que derivó de ser un título que se adentrara en la figura de Charles Manson y en los eventos del verano de 1969 para después expandir el arco y que ese sólo fuera uno de los hechos que sirvieran de contexto temporal a una historia que se centra en la nostalgia de unos años y en cierta soledad en la que viven tres personajes que pueblan ese universo tan impersonal como adictivo en el que el deseo de fama se convierte sobre todo en una necesidad vital. Es el caso de Rick Dalton, una estrella del western televisivo, y su fiel amigo y doble de acción, que tendrán que adaptarse en una industria que no lo pone fácil, con la ayuda interesada de los agentes que intentan sacar provecho de ello, teniendo Dalton como nuevos vecinos a Roman Polanski y su mujer Sharon Tate, actriz que ansía que mas allá de su físico se le valore por sus dotes interpretativas.

“Érase una vez en… Hollywood” es un retrato oligofrénico lleno de ironía y mala leche de un Los Angeles en 1969 en una industria llena de vaivenes y centrada en tipos tan peculiares como necesitados de reconocimiento. Eso es lo que inunda los 165 minutos de duración en el que el guion es el problema de la cinta con un Tarantino mas evasivo que rotundo en el que las dos primeras horas apabulla con un gran numero de referencias musicales, sociales (la guerra de Vietnam o el auge de las sectas) y culturales (los fans del eurowestern disfrutaran todos sus guiños cinéfilos así como las de la serie B) siguiendo por separado a los tres personajes perdidos en su definición en pantalla. Es ahí cuando se encalla y no termina de enganchar con largos momentos como el día a día poco atractivo del personaje de DiCaprio en el rodaje un nuevo western (echando de menos a la añorada montadora del director, Sally Menke) pero la cinta justo en ese momento se eleva cuando Tarantino pone toda la carne en el asador sacando su lado mas gamberro y desmadrado en una locura de ultimo acto con excesos, fuego y el ritmo desatado volviendo a jugar con el recurso de la desmitificación que le permite hacer su cine, sus propias historias y la interpretación que quiere darle a las mismas jugando con el recurso de la causalidad del caprichoso destino en el que un acto inocente y puntual puede alterar cualquier otro giro de la Historia como ya hizo con el cine ardiendo de “Malditos bastardos” o con la aniquilación de los blancos supremacista por los negros esclavistas en “Django desencadenado”. Una comedia negra que precisamente con ese final logra demostrar su maestría mientras que cualquier otro hubiera terminado haciendo cualquier patochada que se hubiera cargado el conjunto intentando ir de novedoso y desenfadado.

No estamos ante una película de Oscar para Tarantino sino ante un imperfecto entretenimiento de un director que se nota que se lo pasa en grande y en el que se echa de menos mayor cohesión e interacción entre los personajes, siendo DiCaprio el rey de la función permitiéndose sacar el lado mas excéntrico y casi desquiciado del personaje lo que provoca que, frente a otras calculadas interpretaciones, DiCaprio demuestre que es mucho mejor interprete cuando se le da rienda suelta como se ha visto en sus dos trabajos para el director. Mas discretos un Brad Pitt como contrapunto pero a la sombra del aura de DiCaprio y una Margot Robbie de la que se esperaba mayor peso en la película. A destacar su galería de rostros conocidos disfrutona pero confusa entre los que sobresalen nombres como un impecable Al Pacino, que demuestra como agente del personaje de DiCaprio el oficio y carisma que tiene el veterano actor, Emile Hirsch como el peluquero confidente de Sharon Tate, así como casi cameos de Bruce Dern, Damian Lewis, Timothy Olyphant, Dakota Fanning, Luke Perry, Kurt Russell, Margaret Qualley, Lena Dunham, Scoot McNairy, Michael Madsen o Rafal Zawierucha como Roman Polanski, Mike Moh como Bruce Lee o Damon Herriman como Charles Manson.

Se nota que las prisas por presentarla en Cannes ha dejado un resultado digno pero por debajo del potencial esperado con fallos de sincronización, escenas demasiado alargadas y poca cocción de personajes en una cinta que ha llegado a Cannes cumpliendo con el factor de expectación, estrellas y un Hollywood (que aunque pase por las manos de la mente perversa e imprevisible de Tarantino) siempre tiene su interés en pantalla cuando el propio cine se mete y se permite jugar, divertirse y criticar sus entretelas.

“Parasite” es el segundo intento por la Palma de Oro de Bong Joon-ho tras ser el único director (junto a Noah Baumbach) que por el momento ha presentado a una película de Netflix a concurso. Ocurrió hace dos años con “Okja” pero ahora, al igual que en “Mother” y “The host”, el director vuelve al microcosmos familiar en el que dos familias tienen mucho en común pese a pertenecer a dos mundos totalmente distintos reflejando la sorprendente realidad del entorno en el que vivimos. Con sus dos horas y cuarto se ha erigido como es una de las apuestas más rotundas, refrescantes y sólidas de las vistas en la oficial. Lo de Bong Yoon-ho es sitcom familiar convertido en ingenio crítico y desbordante retratando la diferencia de clases, y el pijerío de la casta en barrios residenciales y criados, en un inteligentísimo ejercicio en el que juega con la mezcla de géneros arrojando un conjunto permeable pero que siempre cae de pie ante la solidez del armazón creado por el director y el equipo de guionistas sobre una historia que engancha al espectador por lo bien narrada que está, siendo algo novedoso y muy original, el brillante trabajo de sus actores y por el impecable dominio de la cámara del director en el que todo se mueve al son de la cadencia de la orquesta que hace sonar el realizador por muy vertiginoso que ello sea. La rebelión de los pobres que llevan a cabo un plan para introducirse distintos miembros de una familia en una casa rica como asistenta, profesor particular y chófer de la familia conformando un sainete tétrico y claustrofóbico ante la polarización de ambos bandos entre el desprecio, el recelo y el desdén. Visualmente redonda, y con ciertos desbarres que se perdonan, estamos ante una de las cintas más estimulantes y fascinantes de la temporada, inclasificable y con tantas películas en una como las muñecas rusas, y que manejan muy bien el equilibrio entre el cine de autor más puro y elevado con el entretenimiento evasivo para el público. Candidata a premios gordos.

“La famosa invasione degli orsi in Sicilia” de Lorenzo Mattotti es la segunda película animada que este año se presenta en la sección Una cierta mirada junto a la ya reseñada “The swallows of Kabul” de Zabou Breitman y Eléa Gobé Mévellec. Si en aquella adoptaba la realidad de las mujeres bajo el régimen talibán en esta ocasión asistimos a una rica y vistosa fábula, concebida como dos historias diferentes en una misma película, centrada en el oso Leonzio y su hijo Tonio antes y después de ocupar el trono de Sicilia. Una cinta que defiende con una técnica fascinante la alta capacidad que tiene la imaginación y el valor y arte de contar buenas historias en esta adaptación del cuento de Dino Buzzati escrito en 1945. Una cinta deliciosa y exquisita fantástica para un público familiar que podrá disfrutar de este relato filmado que, si bien es verdad es mucho más interesante en la primera historia que en la segunda, trata temas como la solidaridad, la importancia de la familia y el peligro de decepcionar a los que ponen muchas expectativas en uno. En el reparto de voces de la versión original destacan el escritor Andrea Camilleri y el actor Toni Servillo. Realmente una joya de la animación que esperemos que tenga recorrido los próximos meses.

“O que arde” de Oliver Laxe es una cinta de atmósfera y raigambre gallega con la sensorialidad propia del director. Más accesible que la controvertida “Mimosas”, cinta con la que ganó la Semana de la Crítica del Festival de Cannes 2016. Laxe es uno de esos directores (al igual que Albert Serra) adoptados por Francia donde sí que tienen el eco que en España no han encontrado. El director lleva a cabo un ejercicio mucho más documental y humanista centrándose en el drama de los incendios de Galicia con personajes como el pirómano que vuelve a ser acusado de ello en su vuelta a casa, el bombero que lleva a cabo su particular rutina diaria en un terreno pasto de las llamas, y una mujer como Benedicta que sufre como los alrededores de su casa están afectados por el fuego con todo lo que ello implica para el empobrecimiento del lugar como exponente de la ahora tan en boga “España vacía”, esos pueblos en los que no hay esperanza para las generaciones futuras. Una cinta con la que se puede caer en la idea de que no se cuenta nada pero que, en realidad, es el reflejo de un modo de vida lleno de alma y de una situación que lamentablemente no es de ciencia ficción y en el que la pantalla transmite el olor a fuego y la sensación de lo inhóspito que queda a su paso cuando el bosque queda depurado en pura piedra.

Nacho Gonzalo

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