Cine en serie: "Secret service", o el inconfundible aroma del espionaje a lo británico
Querido Teo:
La serie se inicia con una sucesión de imágenes que define muy bien "Secret service". Una casa de familia en el oeste de Londres. Un padre buscando el teléfono. Unos adolescentes comenzando la mañana como si cada minuto les molestara. Ropa mojada donde no debería haberla. Un lavavajillas a medio cargar. La vida doméstica, en fin, con ese heroísmo modesto de cualquier día laborable. Y, pocos minutos después, la madre abre un cajón, saca una pistola y revisa varios pasaportes. La frontera entre la familia y el Estado acaba de quedar borrada. A partir de ahí, nos sentimos en terreno conocido, incluso abierto a ese humor tan inglés que afirma que se reconoce a un espía británico en el extranjero porque es el único que intenta pasar desapercibido haciendo cola correctamente. Estamos otra vez en el espionaje británico, ese territorio donde una taza de té combina con mensajes cifrados, los topos parecen tener un club con corbata propia y se puede intentar arruinar un país sin levantar una ceja.
Cinco episodios basados en una novela de Tom Bradby, periodista y presentador del telediario de ITV, todavía poco conocido para los lectores en español. Quien sí resulta más familiar es el director James Marsh, que ganó el Oscar al mejor documental con "Man on wire" (2008) y dirigió "La teoría del todo" (2014), la película sobre Stephen Hawking que llevó a Eddie Redmayne al Oscar. "Secret service" viene de una familia creativa que se expresa en los currículos de sus guionistas y productores, gente que entiende el suspense como una operación de paciencia, no como una colección de explosiones.
La protagonista es Gemma Arterton, que fue Strawberry Fields en "Quantum of Solace" (2008), de modo que su presencia en una historia de espionaje permite el guiño fácil a Bond, pero su carrera ha sido bastante más amplia. La hemos visto en "La desaparición de Alice Creed" (2009), "En busca de Summerland" (2020) o "Funny woman" (2023), buscando a menudo papeles con más espesor que brillo. En "Secret service" interpreta a Kate Henderson, una alta funcionaria del MI6 que dirige la oficina rusa y que, de puertas afuera, puede pasar por una madre con un trabajo serio y una agenda imposible.
La propia Arterton ha querido separar la serie del espejismo Bond y lo explicó así durante el rodaje en Malta: "Se ha hablado mucho de una Bond femenina, era inevitable, pero esto no es eso. Lo que la diferencia de muchas otras espías es ser madre de dos adolescentes, tener una vida de hogar llena. ¿Cómo vives esa vida con tanto secreto? Ya es bastante difícil ser madre sin todo esto encima. Conecté mucho con eso".
Ese es uno de los aciertos de la serie. La intriga no se apoya solo en saber si hay un activo ruso dentro del Gobierno británico, sino en comprobar cómo se contamina la vida de Kate cuando su trabajo y su casa se convierten en dos habitaciones comunicadas por una puerta que empieza a no cerrar bien. Su marido, interpretado por Rafe Spall, trabaja como asesor especial de una Ministra del Interior con aspiraciones a dirigir el país. Spall compone un personaje cercano al poder que cree entender más de lo que entiende. A su alrededor aparecen el presidente, ministros, funcionarios y agentes que hablan como si los pasillos tuvieran micrófonos.
La premisa es clásica y eficaz. Kate descubre, a través de una operación encubierta en Malta, que los rusos conocen un secreto médico del primer ministro británico antes de que ese dato sea público. Si Moscú sabe eso, alguien se lo ha contado. Y si alguien se lo ha contado, el topo no está en un sótano remoto, sino cerca del centro del poder. Bradby, autor de la novela, ha comentado así su idea de partida: "Crecí con los libros de la vieja Guerra Fría y me gusta pensar que este es el primer drama propiamente dicho de la nueva Guerra Fría".
La frase puede sonar poco humilde, pero no es gratuita. La serie parte de algo muy contemporáneo, porque hoy la infiltración no necesita gabardina, microfilm y banco de parque. Puede aparecer en una donación política, en una filtración médica, en un oligarca con pasaporte comprado a cambio de inversiones, en una amistad conveniente o en un móvil clonado.
La tradición británica del espionaje ha vivido siempre de una paradoja. El imperio se descompuso, pero el mito del servicio secreto sobrevivió con una salud estupenda. Ian Fleming puso a James Bond en circulación como fantasía de elegancia, licencia para matar y salvación de Occidente con esmoquin. John Le Carré respondió con George Smiley, que parecía un profesor cansado y acababa siendo más peligroso que todos los seductores de casino juntos. Graham Greene añadió culpa moral, habitaciones de hotel y traiciones con resaca colonial.
Luego llegaron otros iconos globales del espía imaginado, como Jason Bourne, Ethan Hunt y Jack Ryan, cada uno con su músculo narrativo propio, pero ninguno tan unido como Bond y Smiley a esa manera británica de entender el secreto como clima, no solo como argumento. "Secret service" pertenece más al linaje de Smiley que al de Bond, aunque se permita algún pulso de persecución y cierta sensualidad mediterránea en Malta. Aquí lo importante es quién sabe qué, cuándo lo supo y cuánto le costará a otro no saberlo.
La realidad, además, ha alimentado la ficción con generosidad perturbadora. En la historia británica del siglo XX, pocos fantasmas pesan tanto como los Cinco de Cambridge, aquel grupo de espías formados en ambientes universitarios y aristocráticos que trabajaron para la Unión Soviética. Kim Philby, Guy Burgess, Donald Maclean, Anthony Blunt y John Cairncross demostraron que el topo más dañino no siempre llega desde fuera, sino que puede hablar con el acento correcto, moverse en el club adecuado y conocer el código social exacto.
A ellos se suman otros nombres reales de la historia del espionaje, como Aldrich Ames y Robert Hanssen en Estados Unidos, ambos al servicio de Moscú durante años desde posiciones sensibles. Por eso una ficción sobre un político británico que puede ser activo ruso funciona tan bien. No nos pide creer en lo imposible. Nos recuerda que lo improbable ya ha ocurrido demasiadas veces.
Las dificultades de producción aparecen precisamente en esa necesidad de dar apariencia verosímil a un mundo que reconocemos por intuición, pero casi nunca por experiencia directa. Bradby explicaba durante el rodaje en Malta que querían ofrecer "un vistazo detrás de la cortina" de cómo podría ser el espionaje real y la política real. James Marsh, por su parte, defendía el formato televisivo porque cinco episodios le permitían matizar escenas y personajes de una manera que una película habría comprimido demasiado. "Intentas llevar un sentido de cine a la televisión y creo que puedes hacerlo", dijo. Esa frase ayuda a entender el tono.
"Secret service" aspira a tener respiración de serie y concentración de thriller cinematográfico. Lo consigue mejor cuando confía en los silencios, en las llamadas contenidas y en las habitaciones donde nadie dice exactamente lo que piensa, que cuando empuja la trama hacia giros más visibles.
Las localizaciones trabajan a favor de esa doble identidad. Londres aporta la maquinaria institucional, la casa familiar de Kate en Ealing, los interiores que simulan el MI6, los edificios usados como oficinas de poder y la sustitución del número diez de Downing Street por John Adam Street, muy cerca de la puerta real.
Malta aporta el brillo exterior de la conspiración. Hay una villa junto a los acantilados de Dingli, con piscina infinita y dependencias amplias, que en notas de producción podríamos describir como un refugio de lujo donde la luz mediterránea no limpia nada, sino que hace más visible la suciedad. También aparecen Rabat y una iglesia en Senglea, espacios que permiten a la serie contrastar piedra antigua, mar, silencio religioso y tecnología de vigilancia.
Farnborough International Gate se usa para escenas de aeropuerto, y otras zonas británicas pasan por Helsinki, Moscú o la frontera ruso finlandesa. Es una producción que viaja menos de lo que parece y, aun así, consigue esa sensación de tablero internacional que el género necesita.
Un secreto que cruza una frontera, una grabación que quizá sea una trampa, una conversación matrimonial donde cada frase tiene doble fondo. Ahí está el aroma del espionaje en sus variantes más atractivas, además de una suma de temores reconocibles: la guerra de información, la influencia rusa, la vulnerabilidad de los sistemas democráticos, la dependencia de los servicios secretos respecto a políticos que quizá deban investigar y la presencia de dinero opaco alrededor del poder.
Bradby escribe como periodista político y presentador de informativos, después de años cerca de gobiernos, crisis diplomáticas y fuentes de seguridad. Eso no convierte la serie en documento, pero sí le da una textura informada. La ficción acelera, concentra y dramatiza. La realidad suele ser más lenta, más burocrática y más gris, aunque a veces también más escandalosa. La serie acierta cuando muestra que un topo no es solo una persona escondida. Es una grieta en la confianza.
"Secret service" tiene ese aire británico que reconocemos antes de poder explicarlo. Huele a moqueta institucional, a lluvia contra ventanas gruesas, a expedientes con demasiadas manos encima, a matrimonios donde cada cónyuge guarda un secreto por razones distintas, a ministros que sonríen como si el país fuera un juego de ajedrez y a agentes que vuelven a casa con la compra mientras llevan una crisis de Estado en el bolsillo. Como espectadores nos atrae porque nos deja entrar en un mundo prohibido, pero nos retiene porque no lo vuelve increíble.
El espionaje británico siempre ha entendido algo esencial: el enemigo más inquietante no es el que viene corriendo hacia nosotros, sino el que ya estaba sentado a la mesa. Y "Secret service", con sus virtudes y sus zonas más apretadas de trama, vuelve a servirnos esa vieja certeza con sabor de actualidad. El topo puede llevar décadas en la literatura, en el cine y en la historia real. Aquí vuelve con traje institucional, ruido de electrodoméstico y una pregunta que pesa más que cualquier persecución: si todos parecen estar cumpliendo con su deber, quién está cumpliendo con Moscú.
"Secret service" puede verse en España en Movistar+
Carlos López-Tapia



























