In Memoriam: Peter Bogdanovich, el cronista cinematográfico

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Querido Teo:

A los 82 años ha fallecido Peter Bogdanovich, una “rara avis” inquieta pero profundamente influyente que destaca no sólo por su carrera cinematográfica, formando parte de esa generación de directores que reinventaron el cine usamericano en los 70, sino también por su faceta de historiador y crítico. En su haber 2 nominaciones al Oscar, las conseguidas como director y coguionista (junto a Larry McMurtry) de “La última película” en 1972, y un sinfín de entrevistas con algunos de los mejores directores de todos los tiempos (John Ford, John Huston, Howard Hawks, Orson Welles, Alfred Hitchcock, etc...). Una figura que respiraba cine, sin la grandeza que el se presuponía, y que probó todos los sinsabores de la industria a través de una vida marcada también por escándalos en sus relaciones, problemas financieros y una personalidad de erudito divulgador en lo profesional y egocéntrica y manipuladora en lo personal.

Peter Bogdanovich fue precisamente comparado con Orson Welles tras el éxito de “La última película” (1971), había debutado tres años antes con “El héroe anda suelto” con Boris Karloff asustándose sobre su propia imagen en el espejo, iniciando una década en la que tan rápido como fue encumbrado también fue denostado. A pesar de ambientarse dos décadas antes de su estreno la cinta conectó mucho con una generación insatisfecha deseosa de cambio, todo a través de lo vivido por tres jóvenes en una pequeña ciudad de Texas, adolescentes que llevan a cabo su despertar a la vida en una localidad encerrada en sí misma en la que no hay mucho que hacer. Todo es un sueño inmóvil que se desarrolla entre un viejo cine, un salón de billar y un café abierto toda la noche en una cinta tan iniciática como atrevida para la época que consiguió 8 nominaciones a los Oscar materializando el premio para Ben Johnson y Cloris Leachman como mejores actores de reparto.

Más tarde llegaría el turno de “¿Qué me pasa, doctor?” (1972), un homenaje a la “screwball comedy” de la década de los 30 y 40 con una fulgurante Barbra Streisand como una joven vitalista que desmonta los esquemas de un joven músico apocado que ha ido a San Francisco con su novia para una conferencia. Un divertimento que aportaba ideas propias, a pesar de tomar como referencia películas de George Cukor o Howard Hawks, creando sinfonía dentro del caos demostrando el momento álgido de un creador en pleno esplendor. 

“Luna de papel” (1973) fue un recorrido por la USA de la Gran Depresión levantada por el carisma y química de un padre y una hija, tanto en la ficción como en la vida real, Ryan O’Neal y Tatum O’Neal. La historia de un estafador de poca monta que intenta vender biblias a las viudas viajando por las carreteras del Estados Unidos de la década de los 30 y que se hace cargo a regañadientes de la niña que pone en su camino una antigua amante. Tatum O'Neal ganó el Oscar a la mejor actriz de reparto (sigue siendo la más joven en lograrlo) consiguiendo transmitir en pantalla una relación que recordaba a la de Charles Chaplin y Jackie Coogan en "El chico" (1921).

No tardaría en llegar el declive del fulgurante director que junto a Francis Ford Coppola y William Friedkin formó The Directors Company, un generoso acuerdo de producción con Paramount Pictures que daba a los directores carta blanca mientras se ciñeran al presupuesto. “Una señorita rebelde” (1974), adaptación de la novela de Henry James hecha para el lucimiento de la actriz Cybill Shepherd, de la que se enamoró en "La última película", fue un fiasco en taquilla como también ocurrió con “Por fin, el gran amor” (1975), biopic de Cole Porter con Burt Reynolds (y de nuevo Shepherd) como protagonista.

Con estas dos cintas Shepherd se granjeó fama de “veneno para la taquilla” lo que provocó que el director, asesorado por los productores, no contara con ella (el papel lo hizo Janet Hitchcock) para “Así empezó Hollywood” (1976), una nostálgica e irónica mirada a los inicios de Hollywood allá por 1910 a raíz del invento del Nickelodeon, llamado así porque la gente pagaba un nickel (cinco centavos) por la entrada. En la cinta volvería a contar con algunos de sus habituales de cine, los O’Neal o Burt Reynolds, pero el intento se quedó como un pasatiempo reivindicado con el tiempo que llegó a competir en el Festival de Berlín.

Tras una pausa de tres años, Bogdanovich volvió con “Saint Jack” (1979), de éxito crítico y comercial limitado, producida por Playboy Productions de Hugh Hefner. Su romance con Shepherd había acabado en 1978, aunque el trato hecho con el productor Hefner era parte de un acuerdo judicial sobre unas fotos de desnudos de “La última película” que fueron pirateadas en Playboy. A partir de ahí Bogdanovich se centró en la escritura y su presencia en el cine fue cada vez más anecdótica a lo que contribuyó todo lo que rodeó a “Todos rieron” (1981), agridulce cinta en la que se enamoró de la actriz Dorothy Stratten, la cual fue asesinada por su marido Paul Snider cuando ella le confesó a éste que quería irse a vivir con Bogdanovich. El suceso llevó a que nadie quisiera el negativo de la cinta y se estrenara limitadamente dañada por lo luctuoso de lo vivido llevando a Bogdanovich a entrar en depresión.

El resto de su trayectoria estuvo marcada por la delicada situación financiera de una carrera que cayó en picado tras sus primeros éxitos, su desafortunada relación con las mujeres y por una labor de historiador que alternó con cintas reivindicadas con el tiempo por ciertos críticos, con los que siempre ha mantenido un estatus de prestigio, pero lejos de los gustos mayoritarios del público. Su regreso en “Máscara” (1985), tras esos años complicados, fue recibido en la competición del Festival de Cannes (ganando Cher el premio a la mejor actriz) y después el Oscar al mejor maquillaje.

Siempre influido por la escuela europea, y representante de los movimientos de contracultura desde que decidió mudarse a Los Angeles en los 60 y se codeó entre publicistas, productores y directores, todavía quedarían dos destellos más reivindicables dentro de su carrera como realizador; “Texasville” (1990), secuela espiritual de “La última película” que ha sido borrada de la memoria por muchos, o “¡Qué ruina de función!” (1992), un ejercicio lleno de ritmo e ingenio en las entretelas de una representación teatral contando con un reparto en estado de gracia encabezado por Michael Caine, Carol Burnett, John Ritter o Christopher Reeve. Quizá el formar parte ya de la filmografía de un director en declive, y al margen del poder de la industria, restó notoriedad a una de las películas más divertidas que uno puede haber visto.

Sus últimos trabajos en cine fueron “Esa cosa llamada amor” (1993), “El maullido del gato” (2001), “Lío en Broadway” (2014) o el documental "El gran Buster" (2018), alternándolo con documentales, libros, entrevistas, cameos en películas y series, mencionando en este último apartado los llevados a cabo en “Los Soprano” (2000-2007) como el impagable Dr. Elliot Kupferberg, “Cómo conocí a vuestra madre” (2010) o “The good wife” (2014), contribuyendo en esta última a un divertido equívoco que todavía hoy se recuerda entre los aficionados a las series. Además de estudios literarios sobre John Ford, Fritz Lang y Orson Welles hay que mencionar dos obras cumbres que, además de todo lo comentado, le aúpan como gran cronista cinematográfico del siglo XX, “El director es la estrella” y “Las estrellas de Hollywood”.

Nacho Gonzalo

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