Cine en serie: "Vladimir", o cuando Lolita se hizo profesora de Literatura
Querido Teo:
Si introduces en un buscador con IA dos palabras, "Vladimir" y "deseo", la máquina suele responder con una pequeña sonrisa literaria; "Nabokov". Después aparece "Lolita", como quien abre una puerta, mira dentro y decide que quizá debería haber llamado antes. El parentesco es evidente. La autora de la novela que inspira esta serie tampoco se ocupa de ocultarlo. Pero aquí hay una diferencia sustancial. Nadie tiene quince años. Todo el mundo es adulto. Lo cual, como sabemos, no siempre mejora el comportamiento humano ni garantiza que las decisiones vayan a ser sensatas. A veces incluso las empeora, porque los adultos, además de cometer errores, sabemos justificarlos con mucha más elocuencia.
De ese terreno resbaladizo nace "Vladimir", la serie que últimamente se ha convertido en tema de conversación en más de un departamento de Literatura Comparada, donde alguien se pregunta si esto cuenta como tragedia moderna o como una comedia muy sofisticada con profesores muy bien pagados y estudiantes muy atentos a cualquier gesto sospechoso.
La serie procede de la novela debut de Julia May Jonas, publicada en 2022. Lo que ofrece no es exactamente una historia de amor ni tampoco una historia de adulterio. Es más bien una operación de cirugía moral sin anestesia. Observa con paciencia cómo se comporta una institución universitaria cuando el deseo, el prestigio intelectual y las nuevas reglas sociales empiezan a empujarse unos a otros por el pasillo como tres profesores que quieren llegar antes al mismo seminario, cada uno convencido de que su teoría es la más importante.
Todo comienza con un pequeño accidente social. El marido de la protagonista, profesor universitario de larga carrera, es investigado por relaciones inapropiadas con alumnas en el pasado. Las universidades americanas han descubierto en los últimos años que los archivos guardan muchas sorpresas. Algunas de ellas sentimentales. Y otras, directamente explosivas. Si las bibliotecas hablaran, probablemente muchos rectores cambiarían de profesión.
Pero el movimiento interesante no es ese escándalo. Lo inesperado es la reacción de su esposa. En lugar de retirarse dignamente con un libro de Jane Austen, una copa de vino y la satisfacción moral de tener razón, desarrolla una obsesión. No es frecuente ver a una mujer capaz, inteligente, seria y moralmente estructurada según el molde convencional olfatear los calzoncillos de su sujeto de deseo. Lo cual demuestra que la dignidad es una cualidad admirable, pero el deseo tiene una capacidad extraordinaria para ignorarla.
La protagonista ha seguido todas las reglas de la vida universitaria. Ha publicado artículos, ha asistido a congresos, ha sobrevivido a departamentos llenos de egos literarios que podrían alimentar tres novelas rusas. Y de repente descubre algo inquietante. Que la vida perfectamente ordenada tiene una pequeña grieta. Y por esa grieta entra Vladimir.
El protagonista de esa obsesión es un recién llegado al campus; joven, escritor, brillante y aparentemente convencido de que el mundo todavía es un lugar razonable. A partir de ese momento la historia se convierte en un juego de espejos donde el deseo cambia de manos con la misma elegancia con la que se intercambian teorías literarias en un seminario donde nadie ha dormido lo suficiente pero todos hablan con seguridad.
Rachel Weisz interpreta a la profesora protagonista con la serenidad de quien sabe exactamente lo que está haciendo y con la inquietante sensación de que quizá no debería hacerlo. Junto a ella aparece Leo Woodall en el papel de Vladimir, el joven escritor cuya sola presencia altera el clima atmosférico del departamento como si hubiera abierto una ventana en mitad del invierno académico.
Y completa el triángulo John Slattery en el papel del marido investigado, un profesor que descubre demasiado tarde que, en el mundo universitario, los escándalos envejecen peor que los libros y que los comités disciplinarios tienen el sentido del humor de un manual de gramática latina.
El planteamiento de Julia May Jonas consistía en invertir una vieja tradición narrativa universitaria. La literatura se ha ocupado más de la estudiante joven e inexperta que se enamora del profesor maduro. Ella decidió probar qué ocurre cuando la persona que siente ese deseo es una mujer inteligente, prestigiosa y ligeramente harta de la vida ordenada. El experimento produce resultados a veces divertidos y, a veces, incómodos.
La adaptación televisiva mantiene esa ambigüedad moral. Rachel Weisz construye un personaje que no pide permiso ni disculpas. No es una heroína ejemplar. Es una mujer que observa su propia vida con la lucidez de quien sospecha que ha seguido todas las reglas correctas y que, aun así, se ha perdido algo importante por el camino. Y cuando uno descubre eso, suele empezar a comportarse de maneras que los manuales de ética no contemplan.
El rodaje de la serie evita el cliché universitario. Nada de torres góticas, edificios neovictorianos o bibliotecas con estudiantes románticos mirando por la ventana como si estuvieran esperando la arenga de un profe enrollado subido en una mesa. Los productores querían espacios más fríos, más contemporáneos, más cercanos al tipo de campus donde hoy se celebran seminarios sobre ética mientras alguien consulta discretamente el correo de un abogado o revisa si su nombre aparece en algún hilo de redes sociales.
Una de las anécdotas más repetidas por el equipo tiene que ver con los ensayos entre Rachel Weisz y Leo Woodall. El actor explicó en una rueda de prensa que la química entre los personajes era tan intensa que, en ocasiones, tuvieron que detener la grabación. El productor ejecutivo lo resumió con una frase que merece una copa de whisky y quizá dos. "Queríamos que el espectador se sintiera como un intruso en una habitación donde se está planeando un crimen emocional. No buscábamos que fuera cómodo, queríamos que fuera electrizante y un poco aterrador".
Ese clima no aparece por casualidad. Durante la última década las universidades norteamericanas han protagonizado algunos de los debates más agrios sobre relaciones entre profesores y estudiantes. Un terreno donde el poder, el deseo y la reputación pública conviven con la misma armonía que tres gatos dentro de un saco.
Uno de los casos más conocidos fue el de Avital Ronell en la Universidad de Nueva York. En 2018 un estudiante denunció acoso y abuso de poder. El caso terminó en sanciones y abrió una discusión feroz sobre jerarquía académica y consentimiento. Otros episodios similares salieron a la luz en instituciones como Yale o Columbia, donde investigaciones internas revelaron relaciones que, durante años, habían sido consideradas parte del paisaje universitario, como las cafeterías, los congresos literarios o las asambleas donde todos aplauden propuestas por absurdas que sean.
La serie recoge ese contexto con una sonrisa ligeramente amarga. No se limita a señalar al profesor acusado, interpretado por John Slattery. Observa algo más interesante. El nerviosismo colectivo. Los departamentos universitarios intentando salvar reputaciones con más habilidad que el contable de Capone. Y un profesorado que empieza a descubrir que un gesto amistoso puede convertirse en un documento legal con más páginas que una tesis doctoral y menos probabilidades de ser aprobado.
La actriz protagonista lo explica con franqueza: "Mi personaje vive en el terror constante de que una palabra mal dicha o un gesto malinterpretado acabe con treinta años de carrera, pero al mismo tiempo es incapaz de frenar sus propios impulsos oscuros".
Durante el rodaje Julia May Jonas estuvo muy presente. Su preocupación era que la serie no suavizara el tono incómodo del libro. En ese sentido hay una escena que merece atención. El clímax en la cabaña. Se pensaba rodarla con absoluta normalidad, pero una tormenta real aisló al equipo durante varias horas. Los actores quedaron atrapados con el viento golpeando la casa, la lluvia cayendo sobre el techo y una tensión dramática que ningún departamento de efectos especiales habría sabido fabricar con tanta eficacia. A menudo la meteorología tiene talento natural para la dramaturgia.
La serie también ha llamado la atención por su tratamiento del deseo femenino en la madurez. Rachel Weisz lo resumió con una frase que podría exhibirse en algunas oficinas de lectura de guiones y quizá también en algunos despachos universitarios donde todavía se confunde experiencia con invisibilidad: "Es refrescante interpretar a una mujer que no pide perdón por ser complicada, egoísta o incluso peligrosa. El público está cansado de heroínas perfectas. Queremos ver a gente real cometiendo errores monumentales".
Ese espíritu atraviesa toda la serie. "Vladimir" no intenta tranquilizar. Ni siquiera intenta convencer. Simplemente muestra un pequeño laboratorio emocional donde las ideas brillantes y los impulsos menos nobles conviven en el mismo despacho con la misma cortesía con la que conviven dos teorías incompatibles en un artículo académico.
Los personajes discuten de literatura, ética y estética con la misma pasión con la que se espían unos a otros. Las referencias a escritores del pasado aparecen como si los fantasmas estuvieran sentados discretamente en el fondo del aula tomando notas para un ensayo que probablemente nadie publicará.
La puesta en escena contribuye a esa sensación. Despachos llenos de libros, pasillos silenciosos, salas de seminario donde una frase puede arruinar una reputación y una mirada demasiado larga puede provocar un comité disciplinario. Pero también hay alguna piscina y algún sofá donde disfrutar de la imaginación húmeda o dominante. Los productores eligieron espacios cerrados para transmitir que los secretos pueden asfixiar a quienes los guardan demasiado tiempo. Y en los campus universitarios hay más secretos que plazas de aparcamiento.
A medida que avanzan los episodios la historia abandona el drama académico tradicional y se acerca al thriller psicológico. Ya no importa tanto quién tiene razón. La pregunta cambia. Quién saldrá emocionalmente intacto de este pequeño experimento social que tiene ritmo, ironía y una mirada muy clara sobre el juego de poder universitario y el deseo, que es exactamente el territorio donde esta historia se vuelve interesante.
"Vladimir" termina siendo una historia sobre algo muy simple y muy antiguo. La fragilidad de las vidas perfectamente organizadas. Cuando una carrera académica, un matrimonio respetable y una reputación impecable empiezan a agrietarse, lo que queda es el individuo frente a su propio deseo. Y el deseo tiene una costumbre muy desagradable. No respeta normas, carreras ni departamentos universitarios.
Lo cual demuestra la vieja teoría de que la inteligencia humana es admirable. Pero el deseo, cuando decide aparecer, nunca ha mostrado demasiado interés por la lógica, la prudencia ni los reglamentos universitarios. Y si alguna vez decide matricularse en la universidad, será únicamente para estudiar una asignatura peligrosa para el claustro.
"Vladimir" puede verse en España en Netflix
Carlos López-Tapia































