Cine en serie: "La mujer danesa", o una vecina con licencia para intervenir
Querido Teo:
¿Cuántas veces has sentido el deseo de poder influir en tu comunidad de vecinos como un ser todopoderoso? Si la respuesta es ninguna, o vives en un chalé con jardín o tienes una comunidad que debería ser declarada patrimonio inmaterial de la humanidad, porque lo habitual es otra cosa. Alguien pone la música a todo volumen cuando el resto intenta dormir, alguien convierte las discusiones de pareja en espectáculo sonoro y alguien deposita la basura como si estuviera participando en una instalación artística contemporánea. Añade lo que quieras, porque hay tantas opciones como vecinos. En ese ecosistema comunitario entra en escena una jubilada recién llegada con un pasado que no cabe esperar. A medio metraje del primer capítulo, yo la contrataría sin entrevista previa.
Hay títulos que confunden con elegancia y este es uno de ellos. "La mujer danesa" suena a drama de época, a biografía intensa, a cine con violines y lágrimas. Incluso hay una película con ese nombre que invita a esa confusión, como si alguien hubiera decidido jugar con nuestras expectativas antes de sentarnos. Pero basta unos minutos para entender que aquí no hay mucho sentimiento en juego, sino otra cosa muy distinta: una sátira con mala leche, incómoda y divertida, que gira en torno a alguien con dificultades para distinguir entre ayudar y arrasar.
La premisa es sencilla y, como algunas cosas que terminan complicándose, parece inocente en su planteamiento inicial. Ditte Jensen, ex espía danesa, decide retirarse en Reikiavik buscando algo parecido a la tranquilidad, es decir, jardín, rutina y anonimato, que son tres conceptos que funcionan muy bien en teoría. El plan es desaparecer sin hacer ruido, pero el problema es que Ditte no sabe desaparecer, solo cambiar de escenario, y lo que hace a continuación es convertir un bloque de vecinos en un programa de operaciones donde cada puerta se transforma en una posible misión.
Ese es el verdadero motor de la serie, una mujer con habilidades extraordinarias aplicada a conflictos domésticos que, en manos de cualquier otro, serían simples discusiones de pasillo. Deudas, violencia, alcoholismo, inmigración, problemas que aquí se tratan, tal vez como a veces desearíamos que se trataran en la vida real, como si estuviera en juego la seguridad nacional. El resultado es una mezcla poco habitual de comedia negra, drama social y espionaje en zapatillas que funciona mejor de lo que cabría esperar.
El arranque no pierde el tiempo en rodeos ni en explicaciones porque la serie confía en su protagonista. Y ahí aparece Trine Dyrholm, sosteniendo el argumento con una interpretación notable que, además, evita cualquier tentación de agradar. Su Ditte no es simpática ni pretende serlo, es eficaz, invasiva y moralmente incómoda, y precisamente por eso resulta interesante. No siempre preferimos que el protagonista caiga bien; en ocasiones es más atractivo observar a alguien que haga lo que ni tu ni yo nos atreveríamos a plantearnos.
Si te suena su rostro no es casualidad, porque Dyrholm ha tenido presencia internacional en títulos que han circulado por plataformas en España, mostrando su perfil de actriz capaz de moverse entre lo íntimo y lo perturbador sin cambiar apenas el gesto. Aquí juega en casa y se nota al ver como controla el terreno.
El creador, Benedikt Erlingsson, ya había mostrado interés por personajes que desafían el orden establecido con una mezcla de convicción y absurdo que resulta tan incómoda como reveladora. Has podido verle como actor en "El jefe de todo esto" (2006) o en "Stefan Zweig: Adiós a Europa" (2016), y como director en "De caballos y hombres" (2013) y "La mujer de la montaña" (2018). En esta ocasión deja a un lado la épica para centrarse en la proximidad, cambiando los paisajes abiertos por un edificio donde todo se oye. Sin embargo, la idea de fondo se mantiene intacta: una mujer que decide que el mundo necesita correcciones urgentes y que, por alguna razón que solo ella conoce, es la persona indicada para ejecutarlas.
Lo más interesante es el tono, que se mueve entre la risa y la incomodidad con una naturalidad inquietante, como si ambas cosas fueran perfectamente compatibles. La serie te hace sonreír en una escena y, sin alterar el ritmo, te coloca en la siguiente ante una situación que no tiene ninguna gracia, y ese equilibrio es, probablemente, su mayor logro. Convertir conflictos reales en material de sátira sin trivializarlos no es sencillo, y Erlingsson, que viene de un cine con fuerte carga simbólica y humor seco, ajusta aquí el trabajo para adaptarse al formato televisivo.
A eso se suma la condición de coproducción internacional, que significa varias miradas, distintas sensibilidades y una necesidad constante de ajustar el tono para que funcione tanto dentro como fuera del contexto nórdico. La serie tiene que sonar local sin dejar de ser comprensible en cualquier salón europeo, y esa actitud se percibe en cada decisión, tanto creativa como cultural.
El formato de seis episodios juega claramente a favor, porque obliga a la precisión y elimina cualquier tentación de dispersión. Cada intervención de Ditte tiene que cumplir una función doble, avanzar el relato y, al mismo tiempo, definir al personaje, de modo que no hay espacio para escenas de relleno. Todo es funcional, incluso cuando aparenta ser caótico, que es una forma bastante eficaz de mantener la atención sin recurrir a artificios.
El tratamiento del personaje central es otro de los puntos delicados, ya que Ditte actúa convencida de que el fin justifica los medios y lo hace con una seguridad que desarma. Este tipo de personajes suele provocar rechazo o fascinación, y aquí ocurre lo segundo, en buena medida porque la serie evita juzgarla de forma explícita. Se limita a observarla, dejando que seamos nosotros quienes decidamos qué posición adoptar, lo que añade una capa de incomodidad que no siempre es habitual en la ficción televisiva.
El edificio funciona como un pequeño laboratorio social, un espacio cerrado en el que todo está a la vista y, aun así, nadie ve lo mismo. Los vecinos se cruzan, se observan y se interpretan constantemente, mientras la elección de Reikiavik aporta algo más que un simple decorado. Frente a Dinamarca, que representa el origen del personaje, Islandia se convierte en el territorio de reinvención personal, un lugar donde Ditte pretende ser otra persona y fracasa con una eficacia que casi merece nuestro afecto.
La música, por su parte, evita subrayar lo evidente, no empuja el suspense sino que lo sugiere, produciendo una incomodidad ligera que se mantiene incluso en los momentos más cotidianos. Ese uso contenido del sonido encaja con el tono general de la serie, que parece asumir que no hace falta exagerar cuando lo que se cuenta ya resulta inquietante por sí mismo.
Los conflictos que aborda son perfectamente reconocibles, desde la violencia doméstica hasta la precariedad o la soledad urbana. ¿Quién no ha deseado agarrar por el pescuezo a ese adolescente que pasa de todo ante la atracción de su pantalla? Pero la serie no convierte en espectáculo los problemas, sino que los reinterpreta a través de la lógica de su protagonista. Para Ditte, todo es una amenaza potencial y toda amenaza exige una respuesta, aunque el problema es que no siempre acierta y, cuando falla, las consecuencias no son menores.
Ahí es donde aparece la pregunta incómoda que recorre toda la serie, hasta qué punto ayudar a alguien justifica invadir su vida, una cuestión que no tiene respuesta fácil y que la serie tampoco intenta resolver. Prefiere mostrar las consecuencias, dejando claro que algunas intervenciones funcionan y otras empeoran la situación, mientras Ditte aprende poco y nosotros tal vez podamos aprender algo más.
El cierre no termina de cerrar, deja una sensación suspendida, como si todo pudiera volver a empezar en cualquier momento, porque Ditte sigue ahí y porque el mundo que la rodea, en el fondo, no sabe si necesita a alguien como ella o si sería más prudente salir corriendo en dirección contraria. Ese es el verdadero hallazgo de "La mujer danesa", no contar la historia de una espía retirada, sino demostrar que hay profesiones que no se abandonan nunca, aunque cambies de país, aunque plantes flores o aunque te prometas, con toda la buena intención del mundo, que esta vez no vas a intervenir.
Y menos mal que no cumple esa promesa, porque sin gente como Ditte las comunidades de vecinos serían mucho más tranquilas, sí, pero también bastante más aburridas, y eso, para una serie, es el mayor de los problemas.
"La mujer danesa" puede verse en España en Filmin
Carlos López-Tapia

























