"Homo criminalis"
"Homo criminalis" no empieza en las pantallas, lo hace de manera insospechada. En Cervantes. Eso ya dice bastante de la inteligencia con la que Mark Galeotti ha construido este libro. No arranca con una escena de Chicago, ni con un cadáver en Nápoles, ni con un capo ruso envuelto en humo de tabaco y tatuajes de prisión. Empieza con Rinconete y Cortadillo. Empieza con Monipodio. Empieza con esa Sevilla de ladrones organizados donde Cervantes entendió, antes que muchos sociólogos, que el crimen no vive fuera de la sociedad, sino pegado a ella como una sombra.
Título: "Homo criminalis"
Autor: Mark Galeotti
Editorial: Capitán Swing
Galeotti recuerda que aquella cofradía de ladrones cervantina tenía padrino, jerarquía, reglas, clientes, protección, castigos, lealtades y hasta cierta respetabilidad torcida. Podría parecer una descripción de la mafia en Sicilia o de Little Italy, pero el libro enseguida corrige la tentación: no estamos ante "El padrino", aunque el propio Galeotti cite esa referencia, sino ante Cervantes. Cuando Rincón pregunta: "¿Págase en esta tierra almojarifazgo de ladrones?", la respuesta es un tratado de economía criminal en una frase: "Si no se paga [...], a lo menos regístrense ante el señor Monipodio, que es su padre, su maestro y su amparo". Ahí está casi todo. El delito como negocio, como gremio, como burocracia paralela y como servicio público indeseable.
Esa es una de las virtudes mayores de "Homo criminalis". No se conforma con contar historias de criminales. Las usa para explicar cómo nos organizamos. El libro no mira el crimen como una rareza, sino como una constante humana, adaptada a cada época, a cada frontera, a cada impuesto, a cada prohibición y a cada debilidad del Estado. Galeotti lo formula con una frase que funciona como bofetada amable: "Vosotros, como yo, sois ladrones, maleantes, delincuentes". No lo dice para insultarnos, sino para bajarnos del pedestal. Quien nunca haya hecho una trampa, quien nunca haya buscado el resquicio, quien nunca haya cruzado un límite pensando que esta vez no pasa nada, que levante la mano. El libro no espera muchas manos en alto.
Mark Galeotti, británico nacido en 1965, es uno de esos autores que ha llegado a la divulgación con una mochila académica muy cargada, pero sin la necesidad de vaciarla encima del lector para demostrar que pesa. Especialista en la Rusia moderna, en seguridad y en delincuencia organizada transnacional, ha escrito sobre los "vory", sobre Putin, sobre la guerra rusa y sobre las nuevas formas de conflicto. Esa trayectoria se nota en "Homo criminalis", porque el libro pasa muy bien de los bandidos antiguos a los hackers, de los piratas a las mafias, de los contrabandistas a las redes criminales de la globalización. Hay oficio. Hay lecturas. Hay una curiosidad extensa.
Pero Galeotti no escribe como quien levanta una muralla de datos para que el lector se rinda por agotamiento. Escribe abriendo puertas. Su mirada de historiador le permite encontrar continuidades donde otros solo verían anécdotas dispersas, y su experiencia como analista de crimen organizado le permite reconocer en un ladrón medieval, en un corsario, en un funcionario corrupto o en un ciberdelincuente moderno la misma pregunta básica: "¿Quién manda cuando la ley no llega, llega tarde o llega vendida?" Esa pregunta recorre el libro entero y le da unidad.
"Homo criminalis" es interesante porque convierte el crimen en un espejo. No un espejo cómodo, desde luego. El lector entra buscando mafias y termina encontrando Estados, mercados, vecinos, consumidores y, con un poco de mala suerte, a sí mismo. Galeotti lo resume con una idea poderosa: "El crimen no solo da beneficios, también explica algo". Explica qué prohibimos, qué toleramos, qué fingimos no ver, qué compramos barato sin preguntar demasiado y qué formas de violencia hemos decidido llamar orden. En esa zona incómoda se mueve el libro con una soltura notable.
La amenidad no le resta profundidad. Al contrario. El autor tiene un talento especial para encontrar ejemplos que se quedan pegados a la memoria. Uno de los más divertidos, por absurdo y revelador, aparece cuando recuerda que en la Edad Media los animales podían ser juzgados por sus "crímenes". En 1379, unos cerdos fueron considerados implicados en la muerte del hijo de un porquero, y una piara perteneciente a una abadía acabó absuelta tras una petición de clemencia al duque de Borgoña. La escena parece una comedia judicial con olor a establo, pero sirve para explicar algo serio: las leyes dicen mucho de la sociedad que las inventa.
Hay más momentos de ese tipo. En la China imperial, el emperador Shunzhi intentó reducir el número de eunucos de su corte, que había llegado a 70.000, y descubrió que el remedio podía aumentar el problema, porque muchos de aquellos hombres, marginados y sin destino, acababan en el bandidaje. En otra página, Galeotti recuerda a los llamados "bandidos de la flecha sibilante", capaces de provocar la huida de los comerciantes solo con el ruido de sus armas.
Más adelante, la historia se llena de muleros convertidos en asaltantes, samuráis bandidos, ladrones con vocación de reyes y vendedores de helado escoceses que, detrás del cucurucho, libraban guerras de territorio porque además vendían droga y mercancía robada. El crimen, visto así, no necesita adornos de novela. Ya viene vestido de sainete negro.
El humor del libro nace muchas veces de la paradoja. Las sociedades necesitan seguridad, pero se irritan cuando la seguridad les cuesta libertad. Admiramos al pícaro, pero pedimos que lo encierren. Nos fascinan los criminales siempre que estén a una distancia prudente, detrás de una pantalla, en un libro, en una serie, en un podcast o en una película. Galeotti escribe que "hay un motivo que explica por qué el crimen, ya sea real o ficticio, ha colonizado nuestras bibliotecas, cines, televisiones y podcasts". La frase explica media industria cultural y, de paso, media sobremesa familiar.
Otra de las ideas más estimulantes del libro es la relación entre crimen y Estado. ¿Dónde termina la protección y dónde empieza la extorsión? ¿Cuándo un bandido deja de ser bandido y se convierte en gobernante? Galeotti no responde con un sermón, sino con historia. Habla del bandido ambulante y del bandido estacionario, del depredador que saquea y se va frente al que entiende que conviene mantener viva a la gallina de los huevos de oro. El segundo protege, cobra, regula y castiga. Dicho de otro modo, empieza a parecerse demasiado a un poder establecido. La pregunta incomoda porque no se puede despachar con superioridad moral.
Ahí encaja muy bien una de las referencias cinematográficas más jugosas del libro. Galeotti escribe que alguien debería haber aconsejado a Hobsbawm ver alguna película más sobre el oeste o, "sin ir más lejos, Los siete samuráis", porque esa película muestra cómo las comunidades campesinas buscan especialistas en violencia para defenderse de los bandidos. La observación tiene gracia, pero también tiene colmillo. Si han de oprimirte, parece decir el libro, busca al menos quien lo haga de manera ordenada y previsible, y sin acabar con tu vida. Mercenarios mejor que bandidos. Pistoleros mejor que saqueadores. Samuráis mejor que el caos.
También resulta brillante la manera en que el libro muestra la elasticidad del delito. Lo que en un tiempo es costumbre, en otro se vuelve crimen. Lo que una comunidad considera legítimo puede ser perseguido por el Estado, y lo que el Estado tolera puede ser visto por la sociedad como corrupción intolerable. La Ley Seca en Estados Unidos aparece como ejemplo perfecto: una prohibición discutida entregó al crimen organizado un mercado gigantesco. No fue solo una batalla contra el alcohol. Fue una transferencia de negocio con envoltorio moral. La familia Kennedy debe su posición al alcohol ilegal sin ir más lejos.
El libro se divierte, además, desmontando algunas fantasías propias del cine. Cuando habla de jerarquías criminales, recuerda que el intento de asesinato de Don Corleone en "El padrino" quizá esté inspirado en la traición de Lucky Luciano a Joe Masseria durante la guerra de los Castellammarese. Cuando aborda las redes criminales, compara su funcionamiento con esa primera mitad de las películas de atracos en la que alguien reúne un equipo con habilidades concretas, como sucede en "El golpe" o en "Ocean's eleven". Y cuando examina el miedo a una economía criminal mundial dirigida desde la sombra, invoca la SPECTRA de las películas de James Bond para explicar, acto seguido, que esa conspiración planetaria funciona mejor en la ficción que en la realidad.
"Homo criminalis" se lee bien porque no reduce la historia a una procesión de delincuentes pintorescos. Los delincuentes están, desde luego, y algunos parecen salidos de una película que nadie se atrevería a escribir por miedo a exagerar. Pero lo importante es el dibujo general. Galeotti sostiene que el crimen organizado se adapta a los cambios sociales, económicos y tecnológicos con una rapidez que, a menudo, supera a la de los Estados. Cuando hay una frontera, aparece el contrabando. Cuando hay una prohibición, aparece el mercado. Cuando hay una red digital, aparece el fraude. Cuando hay deseo, necesidad o desigualdad, aparece alguien dispuesto a ponerle precio.
El resultado es una combinación muy atractiva de historia, criminología, economía moral y relato de aventuras. Hay documentación sólida, pero también pulso narrativo. Hay tesis, pero no pesadez. Hay ironía, pero no frivolidad. Y hay una idea de fondo que convierte el libro en algo más que una excursión por los bajos fondos: nuestra humanidad criminal no es una deformación ajena, sino una parte de nuestra manera de vivir juntos, comerciar, prohibir, protegernos y engañarnos.
Por eso "Homo criminalis" merece la lectura. Porque entretiene sin rebajarse, porque documenta sin aplastar, porque hace preguntas incómodas y porque obliga a mirar el crimen no como un territorio exótico, sino como una gramática secreta de la civilización. Cervantes lo vio en Monipodio. Galeotti lo sigue hasta los hackers, las mafias globales, CSI, Dexter y los mercados oscuros. Entre uno y otro pasan siglos, imperios, guerras, códigos penales, cárceles, fronteras y películas. Pero el fondo cambia menos de lo que nos gustaría creer.
Quizá por eso el libro deja una impresión tan viva. No sales de él pensando solo en ladrones. Sales pensando en nosotros. En nuestras leyes. En nuestros deseos. En nuestras pequeñas trampas. En esa parte de la condición humana que prefiere llamar astucia a lo que, visto desde el otro lado del mostrador, puede llamarse delito. Y ahí está la gracia más seria de "Homo criminalis": nos hace sonreír mientras nos registra los bolsillos.
Carlos López-Tapia



















