Cine en serie: "Quarry", o cómo sobrevivir a la supervivencia
Querido Teo:
La calidad de algunas series no impide que pasen desapercibidas por razones variadas. Hoy recupero una para quienes no hayan oído hablar de ella. Es una historia que empieza con un hombre que vuelve a casa y descubre que la palabra casa ya no significa lo mismo. Mac Conway, marine de regreso de Vietnam, entra en Memphis con el cuerpo intacto, en apariencia, con una maleta, un compañero de armas, una esposa a la que necesita volver a conocer y una sociedad que le mira como si la guerra la trajera bajo el brazo.
Lo interpreta Logan Marshall-Green, a quien muchos recordaréis por "Prometheus" (2012) o "Spider-Man: Homecoming" (2017), y la serie le da un personaje de esos que no se explican con una frase, porque Mac no es solo un veterano ni solo un marido. Es todo eso a la vez, y además es alguien que ha aprendido a sobrevivir en un sitio donde sobrevivir exigía desprenderse de algunas piezas de uno mismo.
"Quarry" fue creada por Michael D. Fuller y Graham Gordy, dos guionistas vinculados a "Rectify" (2013), una de esas series que tampoco hizo mucho ruido, pero que dejó una huella entre quienes buscan televisión adulta sobre culpa, memoria y segundas oportunidades. La base está en las novelas de Max Allan Collins, autor que muchos podéis localizar por "Camino a la perdición" (2002), la obra que Sam Mendes llevó al cine con Tom Hanks y Paul Newman. La temporada completa está dirigida por Greg Yaitanes, ganador de un Emmy por "House" (2004-2012) y nombre asociado también a "Lost" (2004-2010) o "Prison Break" (2005-2009). Todo ese pedigrí no se exhibe como una medalla. Se nota en algo mejor: en el control del tono y en que "Quarry" nos hace saber, a los diez minutos del principio, qué clase de herida vamos a tocar: la de un hombre tentado por el crimen.
La serie se sitúa en 1972, cuando Mac Conway y Arthur Solomon regresan de Vietnam con una acusación terrible pegada al uniforme. Arthur lo interpreta Jamie Hector, a quien podéis recordar como Marlo Stanfield en "The Wire" (2002-2008), uno de los villanos más secos y memorables de la televisión moderna. Ambos vuelven legalmente absueltos, pero socialmente condenados, que es una forma especialmente eficaz de sentirse sin aire en la propia casa.
Mac intenta recuperar la vida con Joni, su esposa, que no es la clase de mujer que se quedó congelada junto a la ventana esperando a que él llamara a la puerta. Ha vivido. Ha sufrido. Ha deseado. Ha tenido que decidir cosas sola. Y esa es una de las buenas decisiones de "Quarry": entender que una guerra también alcanza a quienes se quedan esperando, aunque no hayan pisado la selva.
En esa grieta entra The Broker, el intermediario criminal al que Peter Mullan presta una calma que da más miedo que un grito. Mullan, actor escocés visto en "Mi nombre es Joe" (1998), "Ozark" (2017-2022) o "Westworld" (2016-2022), tiene esa cualidad rara de algunos intérpretes: parece que ya sabe lo peor de todos los presentes antes de que nadie haya abierto la boca.
Su personaje le ofrece a Mac una salida, y en "Quarry" la palabra salida siempre conviene mirarla dos veces, porque puede ser una puerta o puede ser un pozo. El crimen aparece aquí como mercado laboral. Y eso resulta bastante más inquietante. Mac trae una habilidad que la sociedad civil no quiere reconocer, pero que el mundo criminal entiende al instante.
Logan Marshall-Green explicó que lo que le atrajo de Mac fue la posibilidad de encontrar "un personaje muy imperfecto en un mundo muy imperfecto", y añadió que necesitaba que fuera "desordenado por dentro y por fuera". La frase encaja con la serie entera.
"Quarry" no blanquea a su protagonista para que lo adoptemos. Tampoco lo convierte en una estatua trágica para que lo admiremos de lejos. Lo deja sudar, equivocarse, amar mal, callar demasiado y moverse con la rigidez de quien sigue leyendo cada habitación como si pudiera haber una amenaza detrás de una cortina. Mac no vuelve de Vietnam como héroe. Vuelve como hombre usado. Y esa diferencia es esencial.
Greg Yaitanes contó que una de las reglas del equipo fue no "emborracharse con los setenta". La expresión es estupenda porque resume un peligro habitual en las series de época. A veces basta poner un coche bonito, una camisa imposible y un cenicero grande para que la ficción empiece a presumir de ambientación en lugar de contar una historia. En el guion de producción de "Quarry" se especifican teléfonos de rueda, bares, modelos de coches, formas de piscinas, moteles, trajes y clubes que deben existir como parte natural del mundo de los personajes.
La producción tuvo además una dificultad notable. Yaitanes dirigió los ocho episodios como si fueran una sola película larga. Eso permitió una unidad visual poco frecuente, pero también exigió una precisión enorme a los actores y al equipo, porque el rodaje obligaba a saltar de un momento emocional a otro sin seguir siempre el orden de la historia. Marshall-Green llegó a describir el proceso como una especie de película de seiscientas páginas.
Esa forma de trabajar se percibe en el resultado. "Quarry" no parece una serie hecha a bloques. Tiene una misma respiración desde el primer episodio hasta el último, una humedad moral constante, una manera de acercarse a los personajes sin subrayarlos con rotulador.
Otra dificultad fue Vietnam. Yaitanes explicó que recrear esa parte resultó especialmente delicado y que incluso hubo veteranos que tuvieron problemas para participar, no por indiferencia, sino porque el asunto tocaba demasiado cerca. El dato importa. "Quarry" no usa la guerra como un adorno psicológico. La guerra no aparece para explicar una mueca o justificar una escena de violencia.
Está en el modo de moverse de Mac, en sus silencios, en sus reacciones, en esa sensación de que el cuerpo ha regresado antes que la cabeza. Y también está en Arthur, porque la serie sabe que los compañeros de armas no son solo compañeros de pasado. A veces son testigos de lo que uno querría negar y no puede.
Las localizaciones tienen una importancia enorme. La historia transcurre en Memphis, aunque se rodó entre Tennessee, Mississippi y Luisiana, con Nueva Orleans como base destacada de producción. Ese sur estadounidense tiene calor, música, segregación reciente, cansancio, carreteras, clubes y casas donde las habitaciones parecen guardar más secretos de los que caben en los armarios.
Memphis aparece como una ciudad viva y dañada, marcada por el blues, el soul, las diferencias raciales y una economía que no está precisamente esperando a Mac con un ramo de flores. "Quarry" necesita ese entorno porque el paisaje presiona. La ciudad parece hermosa de una manera un poco enferma, como esas canciones que suenan demasiado bien para contar algo que no es precisamente alegre.
La música no trata de convertir la serie en una lista de grandes éxitos de los setenta. Las canciones elegidas ayudan a construir un ambiente de memoria, deseo y amenaza. Jodi Balfour, la esposa de Mac, contó que para construir a su personaje se hizo casi una banda sonora íntima y que escuchó mucha música que imaginaba que Joni habría escuchado mientras Mac estaba fuera. Van Morrison fue una referencia central, con Astral weeks sonando una y otra vez durante el rodaje.
El detalle es magnífico porque ayuda a entender algo que la serie hace muy bien: las canciones no están para rellenar. Están para decir lo que los personajes aún no se atreven a formular. You don’t miss your water, de Otis Redding, suena en el primer episodio, mientras el vinilo gira en el tocadiscos con un arma encima. La letra habla de no valorar lo que se tiene hasta que se pierde, lo que encaja de lleno con Mac, su regreso, su matrimonio y esa vida civil que ya no sabe si puede recuperar. Lo que esa secuencia dice sobre lo ocurrido entre Mac y su esposa necesitaría tres páginas de guion en una serie mala, y aquí se dice todo en unos pocos segundos.
La realidad histórica que sostiene "Quarry" fue devastadora. La guerra de Vietnam dejó más de 58.300 militares estadounidenses muertos o desaparecidos. Vietnam calculó después hasta dos millones de civiles muertos, alrededor de 11 millones de combatientes norvietnamitas y del Viet Cong fallecidos, además de entre 200.000 y 250.000 soldados survietnamitas muertos, según estimaciones militares estadounidenses.
Las cifras ayudan a medir el desastre, pero no deben anestesiarnos. Detrás había aldeas arrasadas, familias desplazadas, cuerpos mutilados, selvas rociadas con herbicidas, jóvenes enviados a una guerra cada vez más difícil de explicar y una televisión que llevó el conflicto al salón de casa con una crudeza desconocida para la generación anterior. Desde entonces hasta hoy, aquel conflicto levantó un muro nuevo entre el poder político y la prensa.
Para muchos supervivientes estadounidenses, el regreso fue otra forma de combate. El trastorno de estrés postraumático no entró como diagnóstico formal hasta 1980, cinco años después del final de la guerra, de modo que durante buena parte de los setenta muchos veteranos vivieron con síntomas que las instituciones todavía no nombraban bien. El National Vietnam Veterans Readjustment Study estimó a finales de los ochenta una prevalencia de trastorno de estrés postraumático a lo largo de la vida del 30,9% entre hombres y del 26,9% entre mujeres que habían servido en el teatro de Vietnam.
Décadas después, otros estudios seguían detectando una minoría significativa de veteranos con síntomas relacionados con la guerra. Conviene decirlo con cuidado, porque no todo veterano volvió destruido ni todo veterano fue peligroso, pero también conviene no suavizar la responsabilidad de una política que envió hombres jóvenes a una guerra mal explicada y después tardó demasiado en atender sus daños psicológicos, laborales y familiares.
"Quarry" no convierte esos datos en discurso. Los deja respirar dentro de Mac. Esa es una de sus mejores virtudes. La serie no parece un informe dramatizado, pero contiene una pregunta histórica de mucho peso: qué hace una sociedad con los hombres a los que ha entrenado para la violencia cuando ya no quiere recordar para qué los entrenó.
Mac busca trabajo y recibe puertas cerradas. Intenta volver al matrimonio y encuentra un territorio lleno de zonas minadas. Quiere recuperar una identidad civil, pero el mundo civil no sabe dónde colocarlo. El crimen, en cambio, sí reconoce sus habilidades. Esa idea es cruel y muy eficaz: el único sector que entiende de verdad lo que Mac aprendió en Vietnam es el que no tiene ninguna intención de curarlo.
La frontera entre realidad y ficción está bien medida. Mac Conway es un personaje de género negro, empujado hacia una trama criminal, y la serie necesita esa maquinaria para avanzar. No se trata de presentar su historia como destino común de todos los veteranos, porque eso sería injusto y simplificador. Se trata de mostrar un caso extremo que ilumina un clima.
Hubo rechazo, incomodidad social, problemas de empleo, consumo de alcohol y drogas en parte de la población veterana, rupturas familiares y una atención institucional insuficiente durante años. También hubo veteranos que reconstruyeron su vida con dignidad, activismo, trabajo y silencio. "Quarry" se queda en una esquina oscura de ese mapa, pero la ilumina bien.
La guerra de Vietnam, resumida en términos humanos, fue una trituradora de certezas. Para los vietnamitas fue tierra quemada, aldeas bombardeadas, familias partidas entre bandos, hambre, desplazamientos, mutilaciones, miedo y una victoria que tampoco borró el duelo. Para los estadounidenses fue la caída de una confianza nacional: muchachos reclutados o alistados bajo una lógica geopolítica que muchos no comprendían del todo, mandos atrapados en informes de progreso discutibles, presidentes incapaces de decir toda la verdad y una sociedad civil que acabó viendo cada noche cómo la guerra desmentía sus propios comunicados.
El drama de los supervivientes fue que volvieron a casa sin un relato común que los protegiera. Los soldados de la Segunda Guerra Mundial habían regresado, con todas las sombras que también hubo, dentro de un marco público de victoria. Los de Vietnam regresaron a una pregunta: "¿Para qué había servido todo aquello?".
Esa pregunta es venenosa cuando uno ha visto morir a amigos, ha obedecido órdenes, ha sentido miedo, ha hecho cosas que no quiere recordar y después debe buscar empleo, amar, dormir, pagar facturas y comportarse como si la selva no siguiera haciendo ruido dentro de la cabeza. "Quarry" no explica todo eso con grandes discursos. Lo deja en el modo en que Mac mira, en cómo se contiene, en cómo estalla y en cómo vuelve a encerrarse.
El cine y la televisión han tratado ese regreso de muchas maneras. "Taxi driver" (1976), dirigida por Martin Scorsese, convirtió al veterano en síntoma urbano, con Robert De Niro conduciendo por una Nueva York que parecía una prolongación de su propia mente contaminada. "El regreso" (1978), de Hal Ashby, miró la herida desde la intimidad, la discapacidad y el deseo, con Jane Fonda y Jon Voight como cuerpos atravesados por la guerra incluso lejos del frente.
"El cazador" (1978), de Michael Cimino, llevó el antes y el después de Vietnam a una comunidad obrera donde los amigos ya no pueden volver al mismo bar como si nada hubiera pasado. "Acorralado" (1982), con Sylvester Stallone, transformó al veterano abandonado en mito popular de persecución. "Nacido el cuatro de julio" (1989), de Oliver Stone, veterano de Vietnam, convirtió el cuerpo herido en conciencia política.
La televisión amplió ese campo con "Camino al infierno" (1987), que intentó narrar la guerra desde dentro, y con "Playa de China" (1988), centrada en el hospital de evacuación, las mujeres y los restos emocionales del conflicto. Más tarde, muchas series heredaron la figura del soldado que vuelve sin manual de instrucciones, desde thrillers políticos hasta dramas familiares.
"Quarry" ocupa un lugar propio porque no usa al veterano como emblema abstracto, sino como personaje de "noir" sureño. No pregunta solo cómo se adapta Mac a la vida civil. Pregunta qué ocurre cuando la vida civil no tiene sitio para él y cuando el crimen le ofrece una pertenencia perversa. Ahí la serie se vuelve incómoda, y también más interesante.
El reparto ayuda mucho a que esa incomodidad no se convierta en teoría. Nikki Amuka-Bird interpreta a Ruth Solomon con una mezcla de inteligencia, dignidad y desgaste que evita cualquier función decorativa. Damon Herriman aparece como Buddy, uno de esos personajes que podrían haber nacido como rareza de género y terminan teniendo una humanidad inesperada. Edoardo Ballerini aporta otra zona de peligro.
La suma no convierte "Quarry" en una colección de secundarios pintorescos, sino en un mapa de personas que negocian con culpa, necesidad, deseo y miedo, que son monedas bastante más estables que el dólar en cualquier barrio oscuro.
"Quarry" merece verse con paciencia. No es una serie para devorar mientras se consulta el móvil, porque su fuerza está en los gestos, en las habitaciones cargadas, en una conversación matrimonial donde cada frase parece llevar barro en las botas, en la forma en que una ciudad canta mientras alguien intenta no romperse del todo. Tiene crimen, acción, violencia, tensión y atmósfera, pero su mejor material está en otra parte. Está en la pregunta que deja flotando después de cada episodio: qué queda de un hombre cuando ha sobrevivido a una guerra y descubre que sobrevivir no era el final, sino otra condena.
"Quarry" puede verse en España en Movistar+, HBO Max y Amazon Prime
Carlos López-Tapia







































