Cine en serie: "El caso de Laura Stern", o el peligro de escuchar demasiado

Cine en serie: "El caso de Laura Stern", o el peligro de escuchar demasiado

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Querido Teo:

"El caso de Laura Stern" empieza con algo tan habitual como difícil de mirar: una mujer maltratada que había pedido ayuda a las autoridades, que habían dictado orden de alejamiento, muere asesinada por su marido delante de otra mujer que intentaba ayudarla. Es algo que vivimos casi cada semana en el mundo que se considera más avanzado del planeta. Apenas pasados cinco minutos del comienzo se produce este diálogo:

"- ¿A cuánto le condenarán?

- A veinte o veinticinco años.

- ¿Y cuándo saldrá de la cárcel?

- A los diez o doce años.

- Sale barato matar a la madre de tus hijos".

Laura Stern es farmacéutica, dirige un grupo de apoyo para víctimas de violencia doméstica y vive en un lugar donde la vida normal funciona con recetas, mostradores, clientes y conversaciones en voz baja, mientras al fondo se acumulan miedos que nadie debería tener que administrar. En los primeros minutos del primer capítulo, una de las mujeres de ese grupo es asesinada por su marido. Y desde ahí la serie nos coloca en una situación en la que los espectadores no nos sentimos ante un solo caso, sino ante una cadena de señales que alguien tuvo que haber visto antes y que, de hecho, algunos vieron.

Cuatro episodios de 52 minutos creados por Marie Kremer y Frédéric Krivine, dos nombres muy ligados a "Una aldea francesa" (2009), una de las ficciones más respetadas sobre la ocupación alemana y la memoria moral de un país. Kremer, además de guionista, fue actriz en aquella serie, y Krivine cuenta con una carrera larga como guionista, de esas que se notan porque la historia no se precipita cuando toca respirar. La protagonista es Valérie Bonneton, muy popular en Francia y reconocible para muchos cinéfilos por "Pequeñas mentiras sin importancia" (2010) de Guillaume Canet. Aquí se aparta de la comedia e interpreta a Laura como una mujer que observa, escucha, calla cuando toca callar y acumula una rabia que no nace de la furia, sino del cansancio.

Marie Kremer ha explicado que todo empezó con un café y con una discusión de trabajo junto a Frédéric Krivine, hasta que el tema se convirtió en una necesidad. La frase más clara de la creadora es esta: "La violencia se esconde en todas las capas de la sociedad". Esa idea recorre la serie. No hay una violencia de barrio, ni una violencia de clase, ni una violencia que podamos colocar lejos para dormir mejor. Hay una violencia que atraviesa casas ordenadas, profesiones respetables, familias que parecen estables y mujeres que han aprendido a hablar con cuidado porque cada palabra puede tener consecuencias.

Kremer también ha dicho que Laura "oye" el dolor de las mujeres y que no puede soportarlo. Esa expresión es importante. Laura no solo atiende. Oye. Y oír demasiado, cuando las instituciones responden despacio, puede convertirse en una forma de condena íntima.

Valérie Bonneton definió a Laura como "alguien que acoge el dolor de los demás, que lo toma todo", y la comparó con "una especie de Antígona". La comparación no es grandilocuente. Antígona desafía una ley porque cree que hay una obligación moral anterior a esa ley. Laura no vive en Tebas, sino en una Francia de comisarías, juzgados, farmacias, asociaciones y expedientes, pero la pregunta de fondo se parece mucho. Qué ocurre cuando la protección legal llega tarde. Qué ocurre cuando la prudencia institucional se cruza con el peligro inmediato.

Bonneton contó también que se llevó el personaje a casa y que el rodaje la agotó de forma emocional. "Nunca había dormido tanto después de un rodaje". Ese detalle se nota en pantalla, porque su interpretación es una combustión interior, una mirada que empieza a entender que la compasión también puede romper a quien la practica.

El mayor acierto de "El caso de Laura Stern" es que convierte la violencia doméstica en materia dramática sin vaciarla de realidad. La serie no necesita sermonearnos porque nos mete dentro de una situación reconocible. Una mujer pide ayuda. Otra duda. Otra calla. Otra vuelve a casa. Otra piensa que quizá exagera. Otra no quiere denunciar porque sabe que denunciar puede ser el principio de otra fase del miedo.

Los espectadores nos reconocemos en la tentación de preguntar por qué no se fue antes, y la serie nos devuelve una respuesta más seria: porque el control, la dependencia, los hijos, la amenaza y la vergüenza fabrican una cárcel sin barrotes visibles. Kremer lo resumió al hablar de la "emprise", una dominación psicológica que entra despacio en la vida de una persona y la va encerrando desde dentro.

Las dificultades de producción estaban en el corazón del proyecto. Filmar un feminicidio y una cadena de violencias sin convertirlas en espectáculo exige una precisión que no siempre tiene la televisión. Akim Isker dirige con contención, y esa contención permite que el impacto inicial no se vuelva morbo. El reto era doble: mostrar lo suficiente para que entendamos la fractura de Laura y apartarse lo bastante para que la muerte de una mujer no sea una herramienta barata de suspense.

Había además otra dificultad: reunir actrices profesionales con mujeres procedentes de entornos vinculados a asociaciones de ayuda, sin que la verdad de unas aplastara el trabajo de las otras. Kremer contó que varias intérpretes venían de asociaciones y habían sido víctimas. Esa presencia da al grupo de mujeres una textura muy distinta, porque en esas escenas hay voces que no suenan escritas, aunque lo estén.

Las localizaciones ayudan a que la historia tenga una temperatura concreta. El rodaje se desarrolló en la región francesa del Gran Este, con presencia de Nancy, Metz, Saint Max y Villers-lès-Nancy, y algunas escenas en la antigua prisión de Troyes, cerrada como centro penitenciario desde finales de 2023. La serie usa esos lugares como espacios de vida corriente.

La farmacia de Laura es el centro moral del relato, un lugar luminoso en apariencia, con orden profesional y rutinas de barrio, pero también una trastienda donde el sufrimiento se sienta en círculo y habla como puede. Esa elección es fundamental porque la violencia doméstica, cuando se filma bien, no necesita sombras góticas. Vive mejor en una calle normal, a media tarde, detrás de una puerta que los vecinos han visto mil veces.

La música tiene que hacer una tarea ingrata y preciosa: sostener sin decorar. Cuando lo consigue, los espectadores no pensamos en la banda sonora, pero notamos que algo nos mantiene dentro de la escena.

La relación entre realidad y ficción está bien medida. "El caso de Laura Stern" no adapta un caso único. Sus creadores han explicado que la historia nace de varios sucesos, de experiencias cercanas y de trabajo con grupos de palabra y asociaciones. Eso permite una libertad narrativa, pero obliga a una honestidad mayor. La serie no puede esconderse detrás de un expediente, así que debe ser fiel al fenómeno.

Y lo es cuando muestra que un feminicidio rara vez aparece como un relámpago sin tormenta previa. Antes suele haber control, aislamiento, amenazas, denuncias, miedo, hijos utilizados como presión, familias que no saben cómo intervenir y respuestas institucionales que pueden ser correctas en el papel, pero lentas en la vida de una mujer concreta.

El diálogo de "El caso de Laura Stern", esa idea de que un hombre condenado a 20 o 25 años por matar a la madre de sus hijos puede salir a los 10 o 12, no es una invención dramática, aunque tampoco sea una regla automática. En Francia, una condena temporal permite pedir la libertad condicional tras cumplir una parte relevante de la pena, y, en términos prácticos, una condena de 20 años puede abrir esa petición alrededor de los 10, mientras una de 25 puede hacerlo hacia los 12 años y medio.

Pedir no significa salir, porque deciden los jueces de ejecución de penas, pero la posibilidad existe y explica la rabia social que recoge la serie. Casos franceses recientes muestran los dos extremos: Fabrice Autrand, condenado a 27 años por tentativa de feminicidio contra su ex compañera, pudo solicitar una salida anticipada, aunque fue rechazada; Mounir Boutaa, condenado por el asesinato de Chahinez Daoud, recibió perpetua con un periodo de seguridad de 22 años.

En Inglaterra y Gales, el asesinato implica cadena perpetua obligatoria, pero el juez fija un periodo mínimo antes de que pueda estudiarse la libertad condicional. En una revisión oficial de homicidios domésticos, el mínimo medio fue de 20 años y medio, aunque algunos casos quedaron bastante por debajo. En España, un estudio del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) sobre sentencias de 2021 y 2022 situó la pena media por asesinato machista en 21 años y seis meses, con prisión permanente revisable en supuestos especialmente graves.

Alemania castiga el asesinato con perpetua, pero admite revisión ordinaria tras 15 años, salvo especial gravedad. Italia ha reconocido el feminicidio como delito específico castigado con perpetua, aunque las condenas temporales siguen permitiendo beneficios bajo condiciones estrictas. Países Bajos combina penas de prisión con medidas de tratamiento forense, y hay casos de feminicidio resueltos con 12 años de cárcel más internamiento obligatorio. En los países nórdicos, Suecia, Dinamarca y Finlandia conservan la perpetua con revisión, mientras Noruega usa penas largas y custodia preventiva prorrogable.

La conclusión es clara: Europa castiga estos crímenes con severidad creciente, pero la distancia entre la condena pronunciada y el tiempo realmente cumplido sigue siendo una zona delicada, técnica y muy dolorosa para las familias. La angustia de muchas víctimas y familias no nace de una leyenda urbana. Nace de un sistema en el que la sentencia se anuncia en años solemnes, pero la ejecución real se decide después, en procedimientos menos visibles, más técnicos y muchas veces incomprensibles para quien ha perdido a una madre, una hija, una hermana o una amiga.

La dimensión del problema cambia mucho según el tamaño del país y la forma de contar, pero las cifras anuales dan una orientación clara. Francia ronda el centenar de mujeres asesinadas por pareja o ex pareja; Inglaterra y Gales se mueven entre unas 65 y 95, según el periodo; España registró 48 en 2024; Italia, 62; Países Bajos, una media de 22; Suecia suele estar entre 10 y 15; Alemania supera de largo esas cifras cuando se cuenta el entorno cercano, con 191 mujeres y niñas asesinadas en 2024 por pareja, ex pareja o familiares. En Dinamarca, Noruega y Finlandia los números absolutos son menores, pero la comparación exige medias de varios años porque un solo caso arriba o abajo altera mucho la fotografía anual.

"El caso de Laura Stern" interesa porque no nos invita a mirar a Laura como una excepción pintoresca, sino como una consecuencia. Una mujer escucha, ayuda, acompaña y llega un momento en que ya no sabe dónde termina la responsabilidad de los demás y dónde empieza la suya. La serie tiene la inteligencia de no pedirnos una respuesta simple. Nos pide algo más difícil: permanecer en esa zona donde la compasión se mezcla con la impotencia y la justicia llega con los zapatos manchados de retraso.

Cuando una ficción consigue que cerremos el capítulo pensando menos en el giro y más en la mujer que no llegó viva al día siguiente, ha hecho algo más que entretener. Ha abierto una puerta por la que se ven jueces machistas, policías sin preparación, políticos desorientados y populistas, y sensacionalismo periodístico. Conviene mantenerla abierta para que se vea el interior. Es decir, hay que recomendar esta serie.

Vídeo

"El caso de Laura Stern" puede verse en España en Filmin

Carlos López-Tapia

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