“Operation Finale”, la banalidad del mal

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Querido Teo:

Sin pasar por las salas de nuestro país ha llegado a Netflix directamente “Opertion Finale”, un thriller histórico y con buenas hechuras sobre la caza de Adolf Eichmann, una de las mentes más diabólicas del régimen nazi que huyó a Argentina dejando atrás un reguero de vidas truncadas con la deportación en masa de los judíos a los campos de concentración y exterminio durante la II Guerra Mundial. A él se le achaca ser el responsable intelectual de la llamada Solución Final por lo que un agente del Mossad llamado Peter Malkin encabeza una expedición de media docena de hombres cuando se da el chivatazo de que, tras evadirse de poder ser juzgado en el Juicio de Nuremberg, vive con su familia de manera apacible habiendo cambiado de identidad (conocido como Ricardo Klement) en Buenos Aires, como tantos otros miembros del movimiento, pero todavía asesorando clandestinamente a la facción nazi que se reúne en el país.

Chris Weitz (“Un niño grande”) vuelve a ponerse detrás de las cámaras siete años después en una cinta que, sin aportar nada nuevo, se resuelve con gran eficacia digna heredera de cintas como “Munich” (2005), en su didáctico revisionismo, o de “Argo” (2012), por no abandonar al público a su suerte y tenerlo en tensión con una media hora intensa en la que se duda de si la misión del grupo por llevar a Eichmann a Israel para ser juzgado por un tribunal llega a buen puerto, todo 15 años después de la caída de Hitler, avión y documentación mediante, conformando uno de esos momentos que garantizan la tensión y que el espectador pueda alzarse de su butaca (o sofá) si el objetivo finalmente se consigue.

El gran acierto de la cinta es humanizar a un Eichmann, conocido como el “arquitecto” del régimen nazi, que no es reflejado como un monstruo de manual, sino como un ser arribista, circunstancia del tiempo que le ha tocado vivir y la posición que ha ocupado en su mundo, ambicioso y maquiavélico, pero con un gran sentido del deber y de protección respecto a su familia, humanizando incluso a un tipo que no se arrepiente de los hechos y que es consciente de la que va a ser su suerte si acaba en un tribunal de Jerusalén. A ello contribuye un impecable Ben Kingsley que sabe moverse en la fina línea de ambigüedad en la que se desliza su personaje, del que siempre se sabe lo que hizo, pero que termina sorprendiendo por la matizada interpretación del actor que, al final, como todo hombre tiene su mayor miedo en no volver a ver a los suyos demostrando que ante la incertidumbre de nuestro destino todos somos iguales. Sorprende como un incipiente (y truncado por las ideologías) romance juvenil es el hilo de la madeja del que tiran los servicios de inteligencia para atar cabos de la red del movimiento antisemita que colea en países latinoamericanos como Argentina por aquellos años.

Los mejores momentos de la cinta son aquellos que comparte Eichmann con Peter Malkin (Oscar Isaac), uno de los miembros de la misión, díscolo en lo personal, pero pasional y entregado en su oficio, que vive con la losa de la muerte de su hermana y su sobrino en un campo de concentración. Son en las escenas del cautiverio de Eichmann, una vez que es apresado por la célula el 11 de Mayo de 1960 tras días de seguimiento sobre sus rutinas diarias, y recluido en una casa mientras están a la espera de que la burocracia les permita salir del país con Eichmann sin levantar sospechas y con garantías, cuando la cinta gana enteros por todo lo que tiene de dimensión psicológica en el que víctima y verdugo (invertidos ahora en raptor y rehén) van conociéndose poco a poco como humanos, así como la mochila que cada uno transporta a sus espaldas, hasta que incluso en la mirada de Eichmann se atisba (no sin dejar de lado su orgullo) una tímida sensación de culpa frente a la resignación del daño que ya se ha producido y no se puede evitar.

Una cinta nada dogmática en el que los grises inundan las motivaciones de unos personajes que se cuestionan lo que hicieron y lo que hacen, incluso cuando movidos por cerrar cuanto antes las heridas de la Historia se duda en la cinta del trato que una sociedad ejemplarizante pero dolida debía de dar a estos nazis en su paso ante la justicia. 12 días después de ser apresado, el 20 de Mayo de 1960, y tras conseguir los captores que firmara la siguiente declaración de intenciones, “Yo, Adolf Eichmann, por medio de esta carta declaro que voy a Israel por mi propia voluntad a limpiar mi conciencia”, Eichmann volaba hacia Israel, drogado, disfrazado de mecánico y con pasaporte falso, proclamándose el anuncio como una gran victoria moral para un gobierno que dejó bien claro que sería el primer nazi juzgado en el país, siendo condenado a la horca y ejecutado el 31 de Mayo de 1962 como responsable de ser el brazo logístico que posibilitaba las deportaciones de judíos y las construcciones de las cámaras de gas. La demostración de que el país estaba preparado para impartir justicia una vez de que fuera desestimada su participación durante el Juicio de Nuremberg.

La misión del Mossad de 1960 queda como una de las más celebradas de la Historia y el juicio como un punto de inflexión que cerró en cierta manera definitivamente el III Reich. Allí el “buen vecino alemán” con el que era conocido en Argentina durante la década que allí vivió junto a su mujer y sus cuatro hijos, aparecía como un ser débil, enjuto, gris y a merced a las circunstancias en la jaula de cristal en la que fue presentado en el juicio. Todo un reto a la hora de juzgar un genocidio que superaba cualquier capitulación del ordenamiento jurídico, frente a la defensa de un Eichmann (que decía sólo haber obedecido órdenes considerándose sólo una pieza de un engranaje mayúsculo e implacable) sonaban las voces de los testigos y víctimas de los espeluznantes hechos cometidos: “No perseguí a los judíos con avidez ni placer. Fue el gobierno quien lo hizo. La persecución, por otra parte, solo podía decidirla un gobierno, pero en ningún caso yo. Acuso a los gobernantes de haber abusado de mi obediencia. En aquella época era exigida la obediencia, tal como lo fue más tarde la de los subalternos”.

“El grado de responsabilidad aumenta a medida que nos alejamos del hombre que sostiene en sus manos el instrumento fatal”, señalaron los jueces en una sentencia que tuvo como público en la vista a Hannah Arendt, enviada especial del The New Yorker que tomó como base este juicio para su libro “Eichmann en Israel” donde acuñó el término que dejó a la posteridad, “la banalidad del mal”. La que representaba un hombre que, todavía imbuido de considerar haber servido a su país como debía, no quiso que su cabeza durante su ejecución mirando erguido al frente esperando que la soga apretara su cuello. Como dijo Peter Malkin, que se retiró del Mossad en 1977 pasando a ser especialista en contraterrorismo en Nueva York hasta su muerte en 2005, en unas declaraciones: “Lo más inquietante de Eichmann es que no era un monstruo, sino un ser humano”.

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Nacho Gonzalo

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