In Memoriam: Héctor Alterio, la voz de la memoria, el compromiso y la dignidad
Querido Teo:
A los 96 años ha muerto el inolvidable y por siempre eterno actor Héctor Alterio. Argentina y España quedaron unidas más allá del charco gracias a su talento y recuerdo en trabajos que demostraron que el cine no entiende de patrias sino de emociones, memoria y dignidad a la hora de tender puentes a través de esas historias bien se merecen ser contadas. Como elementos principales tuvo su innegable carisma, una voz llena de matices y una capacidad de que las emociones traspasarán la pantalla a través de una mirada limpia y expresiva que, gracias a sus ojos azules, podía ser tierna, pícara o inquietante. Una larga vida en la que se dedicó hasta el último día al oficio al que tanto amaba y al que contribuyó a elevar a altas cotas siendo merecedor por todo ello del Goya de Honor en 2004.
Nacido en Buenos Aires en 1929 y de ascendencia italiana, sus padres eran inmigrantes originarios de la región napolitana Molise. Era el menor de cuatro hermanos y, tras la muerte de su padre cuando tenía 12 años, pudo librarse del servicio militar al ser único sustento económico de madre viuda ya que desde muy joven empezó a trabajar en varios oficios.
Su debut en los escenarios se produjo en 1948 cuando protagonizó “Prohibido suicidarse en primavera”, una obra escrita en 1937 por Alejandro Casona. Posteriormente revolucionó la escena argentina creando la compañía Nuevo Teatro en 1950 manteniéndose activa hasta 1968.
El cine no tardaría en llamar a su puerta con cintas como “Todo sol es amargo” (1966), “El santo de la espada” (1969), “Argentino hasta la muerte” (1970), “La fidelidad” (1970), "El habilitado" (1971), “La mafia” (1971), “Los siete locos” (1972) “La venganza del Beto Sánchez” (1972) o “La Patagonia rebelde” (1974).
Fue en 1974 cuando se instaló en España junto a su familia (su mujer, un niño de cuatro años y una niña de ocho meses), tras ser amenazado de muerte por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) por considerarlo un simpatizante de los grupos de izquierda al denunciar los crímenes de la dictadura.
El actor se encontraba promocionando "La tregua" en el Festival de San Sebastián y recibió una llamada informándole de que era uno de los objetivos de la banda paramilitar ultraderechista responsable de matar a más de 1.000 personas. Eso le hizo quedarse en España subsistiendo como pudo hasta que se reencontró con su mujer y sus hijos en una pensión de Bravo Murillo partiendo de cero, sin acento y con una nueva vida por delante no exenta de dificultades en el que el actor supo afrontar las adversidades, reinventarse e imponerse a la violencia y la intolerancia.
Todo ello dio inicio a una estrecha colaboración con el cine español amparado, bien fuera económica o anímicamente, por nombres como Elías Querejeta, Núria Espert, Juan Diego o Pilar Miró que también fomentarían que Alterio amara España a través de su gente. Tras varios trabajos en negro (era considerado extranjero por el Sindicato Nacional del Espectáculo) fue el productor el que le dio el papel de fascista fallecido en "Cría cuervos" (1976) de Carlos Saura. Un trabajo que sería la puerta para una nueva carrera.
En esos años destacan especialmente tres títulos que cimentaron su estatus; “A un dios desconocido” (1977) de Jaime Chávarri, con la que ganó la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, “El crimen de Cuenca” (1980) de Pilar Miró y “El nido” (1980) de Jaime de Armiñán. España no sólo pasaba a ser un lugar de trabajo sino también un hogar para él y los suyos frente a la angustia de la huida y la incertidumbre.
Otros títulos destacados de aquellos años en los que encadenó grandes obras y se hizo un rostro conocido para los cinéfilos fueron “La familia de Pascual Duarte” (1976) de Ricardo Franco, “Asignatura pendiente” (1977) de José Luis Garci, “La guerra de papá” (1977) de Antonio Mercero, “Las truchas” (1978) de José Luis García Sánchez, “Las palabras de Max” (1978) de Emilio Martínez-Lázaro, "¡Arriba Hazaña!" (1978) de José María Gutiérrez Santos, "La escopeta nacional" (1978) de Luis García Berlanga, "Tiempos de constitución" (1978) de Rafael Gordon, "¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?" (1978) de Fernando Colomo, "F.E.N." (1979) de Antonio Hernández, "Asesinato en el comité central" (1982) de Vicente Aranda o "Mi general" (1987) de Jaime de Armiñán.
La mayoría de todos estos títulos eran trabajos comprometidos que iban en la línea de una época de cambio en España abordado históricas y temáticas que el régimen franquista había silenciado. Alterio representó a personajes con dobleces abordados con profundidad y honestidad abrazando todas sus complejidades y no tardó en integrarse dentro de esa generación de oro interpretativa del cine español pasando a ser uno de los grandes cumpliendo una de las frases de sus personajes más icónicos: "El hombre arriesga su propia vida cada vez que elige. Y eso lo hace libre".
Tras la llegada de la democracia a Argentina pudo seguir rodando en su país natal, volviendo a primeros de los ochenta (aunque la Guerra de las Malvinas le hizo sentirse extranjero en su propio país cuando la mayoría de sus colegas apoyaron un conflicto instado por los militares para perpetuarse en el poder) y formando parte del reparto de cuatro de las ocho películas argentinas que hasta ahora han sido nominadas al Oscar.
Las mismas fueron “La tregua” (1974) de Sergio Renán, “Camila” (1984) de María Luisa Bemberg, “La historia oficial” (1985) de Luis Puenzo, que ganó la estatuilla y que fue toda una catarsis de memoria histórica siendo uno de esos trabajos que revalorizan el oficio de actor, y la conmovedora y exitosa "El hijo de la novia" (2001) de Juan José Campanella.
También se le ha podido ver en otros títulos como "Don Juan en los infiernos" (1991), "El lado oscuro" (1991) y "El detective y la muerte" (1994) de Gonzalo Suárez, “Caballos salvajes” (1995) de Marcelo Piñeyro, lanzando al aire una de las frases más icónicas de su filmografía, "Las huellas borradas" (1999) de Enrique Gabriel, "Sé quien eres" (2000) de Patricia Ferreira, "Plata quemada" (2000) de Marcelo Piñeyro, "Sagitario" (2001) de Vicente Molina Foix, o “El último tren” (2002) de Diego Arsuaga, con la que fue reconocido junto a Federico Luppi y Pepe Soriano como el mejor actor en el Festival de Valladolid.
A destacar también “Kamchatka” (2002) de Marcelo Piñeyro, “Noviembre” (2003) de Achero Mañas, “Semen, una historia de amor” (2005) de Inés París y Daniela Féjerman, “Amanecer de un sueño” (2008) de Freddy Mas Franqueza , “Intruders” (2011) de Juan Carlos Fresnadillo, “Kamikaze” (2014) de Álex Pina, “Nora” (2020) de Lara Izagirre o “Las consecuencias” (2021) de Claudia Pinto.
En televisión formó parte de "Teresa de Jesús" (1984), "Segunda enseñanza" (1986) y de las ambiciosas adaptaciones de "El Quijote" (1992) de Manuel Gutiérrez Aragón y de "La Regenta" (1995) a cargo de Fernando Méndez-Leite, sustituyendo al inicialmente previsto Fernando Rey que no pudo abordar el papel debido a su fallecimiento, pero hay que hacer mención aparte a otros títulos como “El grupo” (2000-2001), serie de culto para los televidentes de la época donde dirigía una terapia colectiva, su intervención como el tío Gerardo en “Cuéntame cómo pasó” (2002) y en “Vientos de agua” (2005) de Juan José Campanella.
Una infravalorada obra maestra audiovisual (maltratada en su exhibición televisiva) sobre un viaje de ida y vuelta que parte de la emigración de un español a Argentina en la década de 1930 y, años después, el regreso de su hijo a la España actual debido al corralito. Allí coincidía con su hijo Ernesto Alterio aunque no compartían escenas al dar vida al mismo personaje en distintas épocas. Este mismo año sí que compartieron una escena en "Su majestad" (2025), a la postre la última aparición en la pantalla del veterano actor.
Magisterio, sensibilidad y coherencia a cargo de un actor que siempre defendió la amabilidad como una manera de encarar la vida y la profesión, símbolo del respeto y del buen hacer, y que también ha dado buena muestra de su talento en los escenarios en nuestro país. Protagonizó "Yo, Claudio" en 2004 en el Festival de Teatro Clásico de Mérida demostrando todo su poder escénico en casi un monólogo en el que, no obstante, contó con un magnífico reparto detrás.
Protagonizó junto a Julieta Serrano "La sonrisa etrusca", adaptación teatral de la novela de José Luis Sampedro, en 2011 y con Lola Herrera estuvo en el montaje de “En el estanque dorado” de Ernest Thompson entre 2014 y 2015 (ambos actores tuvieron un bonito reencuentro cuando Lola Herrera fue homenajeada por el Festival de Málaga en 2024). Brilló demostrando todo su magisterio en “El padre” de Florian Zeller entre 2016 y 2017, dando a conocer la obra al público español antes de que llegara la versión cinematográfica que le hizo ganar su segundo Oscar a Anthony Hopkins.
En 2004 sus hijos Ernesto Alterio y Malena Alterio le entregaron el Goya de Honor y en 2008 su Argentina natal le reconoció con el Cóndor de Plata por su trayectoria cinematográfica. En 2023 el Centro Cultural Kirchner de Buenos Aires le brindó un homenaje que contó con la presencia de un nutrido grupo de profesionales del séptimo arte de Argentina.
Durante los últimos años han sido habituales los recitales en los que su presencia y su palabra era suficiente. Primero con la guitarra de José Luis Merlín y más recientemente con “A Buenos Aires”, obra con sabor tanto a homenaje como a despedida que fue escrita y dirigida por su compañera de vida Angela Bacaicoa, Tita, de profesión psicoanalista y con la que se casó en 1969.
Una pieza en la que estaba acompañado por el pianista Juan Esteban Cuacci, tratando ese continuo viaje de ida y vuelta entre Madrid y Buenos Aires trenzando los recuerdos personales con los versos de León Felipe, Jorge Luis Borges, Cátulo Castillo, Astor Piazzolla, Horacio Ferrer, Hamlet Lima Quintana y Eladia Blázquez. Un viaje personal conectado con la magia de transmitir emociones al público que asiste y que lleva a un actor mantener la ilusión y a estar en permanente estado de alerta pretendiendo ser mejor función a función.
Posteriormente derivaría en la obra “Una pequeña historia” que representaba en la actualidad (las últimas representaciones fueron el pasado octubre en Valencia y el pasado noviembre en Oviedo) a través de tangos, poemas y versos convirtiéndose en caja de recuerdos y, a través de sentimiento y melancolía, rendir un tributo conmovedor a sus dos patrias y a ese viaje de 1974 que fue tanto cárcel como salvación pero que terminaría definiendo la vida y obra de uno de los más grandes.
Como decía el personaje de Ricardo Darín en "El hijo de la novia" era como "ver bailar a Fred Astaire, parece tan fácil". Héctor Alterio siempre tuvo como principal búsqueda interesar y entretener a su público y que éste le creyera, no perdiendo la esencia de un oficio que tiene mucho de juego, en una amalgama de pasión y de continuas dudas en busca de la autenticidad y el respeto a cada personaje, siendo representante de una de las generaciones más ilustres de las que hemos podido tener la suerte de disfrutar y ser testigos.
Nacho Gonzalo








































