"El extranjero"
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El argumento: Argelia, años 30. El apático francés Meursault muestra una total indiferencia ante la vida por resultarle absurda e inabordable, por lo que se siente un extranjero en su propio entorno.
Conviene ver: “El extranjero” se basa en la emblemática novela de Albert Camus, construyendo un relato sobrio y reflexivo, inquietante por momentos, que prefiere sumergirse en la aridez emocional de su protagonista antes que justificarla o embellecerla. La acción transcurre en la Argelia colonial de la década de los treinta abrasada por el sol, un entorno que refuerza la dureza del relato. Allí conocemos a Meursault, encarnado por Benjamin Voisin, un hombre marcado por la apatía y un halo de fatalidad cuya indiferencia frente a la existencia y la muerte resulta tan desconcertante como absorbente. Desde la escena inicial del entierro de su madre, marcada por la ausencia total de emoción y la austeridad en el encuadre tras recibir un telegrama desde el asilo en el que estaba ingresada, hasta el desenlace del juicio en el que se le condena acusado de matar a un hombre, Ozon adopta una puesta en escena sobria y distante. El uso del blanco y negro intensifica esa sensación de desapego que no solo define al personaje, sino que impregna toda la película dotándola de un tono abstracto que permite lucir más el deslumbramiento del sol. Vemos a un personaje ambiguo que, tras enterrar a su madre, sigue con su rutina en un trabajo aburrido de oficinista entre baños en la playa y sesiones de cine. El director evita deliberadamente el dramatismo excesivo y cualquier intento de manipulación emocional. No hay música diseñada para conmover ni recursos visuales que indiquen al espectador cómo debe sentirse. En cambio, la película expone a Meursault sin filtros: un hombre apático, casi instintivo, incapaz de adaptarse a las convenciones sociales o de fingir arrepentimiento teniendo una existencia gris, indolente y anodina, movido por la inercia e incapaz de procesar cualquier sentimiento como el amor, la amistad, el dolor o el remordimiento ni siquiera ante el recuerdo de su madre o la incondicionalidad pasional y sentimental que le brinda su una novia que respira vitalidad.
Esta fidelidad al espíritu del texto original, una obra tan filosófica como desesperanzada, da lugar a una pieza tan bella como áspera, donde la vida aparece como un territorio seco, dominado por un sol inclemente y por tensiones sociales latentes que nunca se transforman en un discurso explícito sobre el poder o el colonialismo a través de la mirada de un sujeto amoral e impasible que es incapaz de salir de su estado catatónico desde el punto de vista emocional. Meursault recuerda a esos adolescentes contemporáneos que parecen integrados en la sociedad pero que su insatisfacción vital le lleva a, de manera fortuita, acabar con alguien sin explicación amparándose en un mundo que consideran absurdo y lejos de las expectativas que tenían. Un personaje complejo y opaco que solo es capaz de decir la verdad y que, precisamente por ello, encuentra ahí su mayor peligro y salto sin red escudándose de las injerencias de una sociedad banal y marcada por la apariencia y el convencionalismo. Las modificaciones que Ozon introduce para actualizar la historia son discretas, pero relevantes, ampliando el mensaje de Camus de una sociedad que amparada en su privilegio margina al diferente sin ningún atisbo de empatía. Al otorgar identidad y voz a personajes que en la novela permanecen en la sombra, tal es el caso de la hermana del árabe fallecido, la película revisita los conflictos raciales implícitos en el universo de Camus y recuerda que, más allá de la reflexión existencial, existe una realidad atravesada por desigualdades que no puede pasarse por alto tal y como queda reflejado en un inicio en el que vemos imágenes de archivo en la que se palpa la difícil convivencia entre la clase alta francesa en contraposición con los argelinos habitualmente invisibilizados como si fuera un polvorín a punto de estallar salpicado del silencio que ha impregnado la relación de los franceses con los habitantes de la colonia a lo largo de las décadas.
Es por ello que el mérito del director también es ser fiel y no dejarse llevar por sus veleidades de autor llevando a cabo una adaptación impecable. El resultado es una obra que no busca agradar fácilmente. Para algunos, su frialdad y contención pueden resultar excesivas y para otros ahí está el punto fuerte mostrando un tipo arrollado que en su estado sobrevuela el cansancio y el hartazgo del mundo que le rodea. Esa distancia obliga a cuestionar nuestras ideas sobre la moral, el sentido de la vida y la forma en que juzgamos al otro en un título que resuena pertinente ante el mundo y que nos rodea y que logra ser más fiel que la cuestionada versión de Luchino Visconti rezumando elegancia y desolación ante una fotografía “noir” en clara referencia al cine negro imprimiéndola de cierto tono kafkiano. Estupendo Benjamin Voisin en su hieratismo y vacío moral quedando secundado por Rebecca Marder, Pierre Lottin, Denis Lavant y Shawnn Arlaud. En definitiva, “El extranjero” es una propuesta exigente, oscura y profundamente filosófica, fiel al espíritu del libro que la inspira y, quizá, aún más consciente del trasfondo social que en la obra de Camus permanecía difuminado.
Conviene saber: A competición en el Festival de Venecia 2025 y en la sección Perlas del Festival de San Sebastián 2025.
La crítica le da un SIETE











