"Las carniceras"
El cine ha sabido mirar muy bien esos espacios donde lo cotidiano se vuelve inquietante. En "Delicatessen" (1991), Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro convertían una carnicería en centro moral de un mundo absurdo y hambriento. En "Sweeney Todd" (2007), Tim Burton hacía de la trastienda, la cuchilla y la masa caliente una maquinaria de venganza casi operística. Y en muchas películas negras, desde los mercados nocturnos hasta los pequeños comercios de barrio, la normalidad siempre tiene un reverso. Basta una puerta cerrada, una mancha mal limpiada o una conversación a media voz para que el negocio respetable empiece a parecer otra cosa.
Título: "Las carniceras"
Autor: Sophie Demange
Editorial: Siruela
Lacón envuelto en hoja de espinaca, brochetas frías de pepinillo con salchicha, morcilla con manzana, paté en costra a la grosella. Todo tras una vitrina más propia de una tienda de regalos que de una carnicería. Uno casi espera que la cámara entre despacio, como en una película francesa de barrio, se detenga en el brillo de los cuchillos, suba hasta los rostros de quienes atienden el mostrador y nos advierta, sin música grandilocuente, de que allí se corta algo más que carne.
Las carnicerías europeas han cambiado mucho en lo que llevamos de siglo. Huelen menos a oficio antiguo y más a confianza de barrio, a producto escogido, a elaboración propia y a relato gastronómico. Antes eran, sobre todo, lugares de compra diaria. Ahora compiten con supermercados, grandes superficies, pedidos en línea y consumidores que miran el precio con lupa.
La carnicería que mejor sobrevive vende corte preciso, consejo, trazabilidad, marinados propios, elaborados artesanos y una relación personal que la bandeja industrial no puede imitar. También ha cambiado el cliente, más atento al origen del animal, al bienestar, a la sostenibilidad y a la reducción del consumo de carne roja.
En paralelo, han crecido las carnicerías especializadas en maduración, razas concretas, cortes internacionales, hamburguesas de autor y productos listos para cocinar. El carnicero ha pasado de ser solo despachador a convertirse en prescriptor, cocinero parcial y narrador del producto. Se come menos carne en muchos hogares, pero se exige mejor carne cuando se compra.
La profesión arrastra horarios duros, relevo generacional escaso, costes altos y una imagen que, a veces, parece vieja para los jóvenes. Sin embargo, también vive una renovación silenciosa, con más mujeres en la formación alimentaria, más atención al detalle y más cultura gastronómica. Esa transformación es el punto de partida perfecto para una novela negra: un oficio antiguo, una tienda moderna, una fachada amable y tres mujeres que saben manejar los cuchillos mejor que muchos hombres que las subestimarían.
Sophie Demange construye "Las carniceras" desde ese territorio reconocible y lo convierte en materia de relato oscuro. Su carnicería "boutique" está dirigida por tres mujeres jóvenes, unidas por el oficio, por sus heridas y por unos pasados que vamos conociendo poco a poco. La autora rellena su primera novela negra de tensión, complicidad femenina, violencia latente y emociones afiladas en menos de trescientas páginas.
La imagen funciona casi como una secuencia de cine. Tres mujeres detrás del mostrador. Una clientela que entra buscando comida preparada. Una ciudad que cree saber lo que ve. Y, al fondo, esa pregunta que tantas veces ha sostenido el mejor suspense: qué ocurre cuando la justicia oficial no basta y alguien decide fabricar una justicia propia, más íntima, más peligrosa y mucho menos presentable.
Como ella misma señala: "Quería explorar la idea de justicia íntima, esa justicia que no existe en los tribunales pero que muchas personas sienten dentro. En mis personajes hay una mezcla de solidaridad y peligro. Se protegen entre ellas, pero también se arrastran mutuamente hacia el abismo. No quería que el lector se sintiera cómodo. Quería que se sintiera casi obligado a decidir si las apoya y comprende o si las rechaza".
"Las carniceras" es una novela negra francesa sobre mujeres, culpa, deseo de justicia y supervivencia. No es necesario ser mujer para comprender a sus protagonistas pero, si lo eres, casi seguro que algo en ellas te va a resultar incómodamente cercano. La novela trabaja muy bien esa incomodidad: no suaviza lo que cuenta y no convierte a sus protagonistas en heroínas limpias. Las coloca donde más daño hacen: en una zona moral donde la empatía y el rechazo se contaminan.
Por eso encaja tan bien en una mirada cinematográfica. Podría filmarse como un thriller de luz fría, con vitrinas impecables, calles húmedas y silencios de barrio; o como una comedia negra a la francesa, de esas en las que uno sonríe justo antes de darse cuenta de que está sonriendo ante algo terrible. La carnicería sería entonces el decorado perfecto: un lugar donde todo está a la vista y, al mismo tiempo, casi todo queda oculto.
Sophie Demange ha escrito su primera novela a los 42 años y la ha situado en su ciudad de nacimiento, Ruan. Tras estudiar Literatura y pasar varios años en la India y en México, regresó a Francia, donde ha trabajado con asociaciones humanitarias que atienden a personas sin hogar, trabajadoras sexuales y menores no acompañados. En "Las carniceras" se nota. La violencia no aparece como adorno, sino como consecuencia. La herida social no está pegada al argumento, sino metida dentro de él.
Actualmente se dedica a la protección de niños con diversidad funcional. El éxito de "Las carniceras" la enfrenta ahora a una decisión creativa. En una entrevista reciente con Le Monde du Polar ha contado que ya está escribiendo su siguiente libro: "Quiero escribir sobre la explotación sexual de menores, un tema ligado a mi trabajo diario en protección de la infancia".
Ahí parece estar la clave de Sophie Demange: no usar la novela negra como un simple mecanismo de intriga, sino como una forma de mirar aquello que la sociedad prefiere no mirar demasiado tiempo. "Las carniceras" empieza entre bandejas, cuchillos y elaborados de "boutique", pero acaba preguntándote qué harías tú si el dolor llamara a tu puerta con una factura pendiente. Y esa es una pregunta muy de novela negra. También muy de cine.
Biblioteca sonora con la colaboración de Isabela Roldán, Elena Serrano, Edith Rodríguez, Silvia Carrasco y Miguel López
Carlos López-Tapia














