Cine en serie: "The Lady", o hay que ver cómo está el servicio

Cine en serie: "The Lady", o hay que ver cómo está el servicio

1 Sarcofago2 Sarcofagos3 Sarcofagos4 Sarcofagos5 Sarcofagos (Sin votaciones)
Cargando...

Deja tu comentario >>

Querido Teo:

La persona que da origen a "The Lady" entra en esta historia por una página impresa. Antes de Sarah Ferguson, antes de Buckingham, antes del titular sensacional que acabó devorándolo todo, hay una solicitud de empleo leída en una revista llamada The Lady. Y ese detalle, es la llave de la serie. Porque Jane Andrews responde a un anuncio escrito en el idioma más británico posible: discreción, servicio, clase, oportunidad y una promesa que no se formula del todo.

The Lady ha sido durante ciento cuarenta años una institución de papel. Dejó de imprimirse en 2025 cuando pasó a ser una web que sigue viva. Nació en 1885, fundada por Thomas Gibson Bowles, el mismo que había creado Vanity Fair, y llegó con una ambición muy clara: hablar a mujeres educadas, de casa bien o aspirantes a moverse en ese mundo, mezclando noticias sociales, moda, cocina, labores domésticas, literatura y consejos útiles. Su primer número no arrasó. Vendió poco más de dos mil ejemplares, costaba seis peniques, que no era precisamente una ganga para hojear con el té, y hasta Lewis Carroll, amigo del fundador, le escribió para criticar cierta confusión de contenido. Lo peculiar es que una revista destinada a ordenar el mundo de las damas naciera ya con alguien diciéndole que se aclarara un poco. Muy británico. Muy humano.

Su gran poder no estuvo solo en los artículos, sino en los anuncios clasificados. Pequeñas columnas que acabaron convirtiéndose en una especie de mercado nacional del servicio doméstico respetable. Si alguien quería encontrar niñera, doncella, ama de llaves, institutriz, cuidadora, casa de vacaciones o personal de confianza, The Lady era el sitio donde mirar. No era una revista de masas. Era algo más específico y más revelador: una bolsa de trabajo para una sociedad que fingía no hablar de clase mientras la organizaba.

The Lady sobrevivió a depresiones económicas, guerras mundiales y cambios sociales que enterraron a publicaciones menos resistentes. Circulan por su historia detalles casi novelescos, como una mangosta que, según la memoria familiar del propio entorno de la publicación, vivía en el sótano de sus oficinas de Covent Garden para mantenerlas libres de ratas.

Una revista con anuncios de institutrices y una mangosta en el sótano ya merece, como mínimo, una serie propia. The Lady aparecía además en el imaginario popular: en el mundo de Reginald Jeeves de P.G. Wodehouse, en "Downton Abbey" cuando se hablaba de contratar servicio, y hasta en "La profecía" (1976), donde una niñera podía buscarse por esa vía tan civilizada que casi parecía salida de un club con más aristocracia que cortinas.

Por eso la solicitud de Jane Andrews tiene tanta fuerza dramática. A los veintiún años, una joven de origen modesto responde a un anuncio anónimo para trabajar como ayudante de vestuario. Seis meses después, la conoce Sarah Ferguson, duquesa de York, y pocos días más tarde Jane empieza a trabajar en Buckingham Palace.

Jane no consigue únicamente un empleo. Consigue una entrada provisional a un mundo que había admirado desde fuera. En el primer minuto la vemos fascinada ante el televisor que transmite la boda de Carlos y Diana, llevando incluso una diadema. La tragedia que vendrá después no debe adelantarse demasiado, porque esta serie se disfruta mejor sin llegar con la sentencia aprendida, pero sí conviene saber que cuenta un hecho real y que el caso acabó ocupando durante años un lugar oscuro en la memoria mediática británica.

Hay una tragedia, hay una investigación, hay un juicio, pero el interés está en comprender cómo una vida puede ir torciéndose mientras conserva apariencia de normalidad. "The Lady" funciona cuando observa el deseo de pertenecer, la fascinación por el lujo y esa forma venenosa de proximidad que te hace creer que estás dentro cuando solo estás cerca.

Mia McKenna-Bruce interpreta a Jane Andrews con una mezcla de fragilidad, ambición y necesidad que evita la caricatura. Para situarla basta recordar que es la protagonista de "How to have sex" (2023), película británica que le dio gran visibilidad internacional y por la que fue reconocida como una de las intérpretes jóvenes más prometedoras de su generación. No interpreta a Jane como un monstruo ni como una víctima. La trabaja desde su contradicción. Jane quiere mejorar, quiere ser mirada, quiere tocar una vida que parece confeccionada con otra tela, pero ese deseo no aparece como una simple fantasía de lujo.

Tiene algo más triste y más reconocible. Es el deseo de que alguien te confirme que vales lo suficiente para ocupar el sitio al que aspiras. La actriz dice que el papel ha sido "un viaje intenso" y que el reto consistía en equilibrar lo que se cuenta en la serie "siendo respetuosos con el hecho de que hay personas reales detrás de esta historia". Su frase explica el tono. El caso no es una atracción de feria, sino una consecuencia terrible que la serie rodea con cuidado.

Natalie Dormer interpreta a Sarah Ferguson, reconocida de inmediato por Juego de tronos, donde fue Margaery Tyrell (2012-2016), y por Los Tudor (2007-2010), donde interpretó a Ana Bolena. Esa memoria televisiva ayuda a entender su presencia en "The Lady". Dormer no intenta hacer una imitación de la duquesa. No se coloca una máscara para que el espectador juegue a reconocer gestos. Su Sarah Ferguson funciona como presencia, refugio, escaparate y distancia. Para Jane, la duquesa no es solo una jefa.

Es la prueba viviente de que existe una vida donde el acento, la ropa, los modales y la seguridad parecen abrir puertas cerradas. La serie acierta al no convertir esa relación en un simple vínculo entre señora y empleada. Hay cercanía, sí, pero también una diferencia de estatus que nunca desaparece. Y esa diferencia, aunque no siempre haga fruido, pesa como una vajilla de plata.

La guionista Debbie O'Malley es una autora británica con experiencia en dramas de época y relatos de personaje, conocida por su trabajo en "¡Llama a la comadrona!", serie muy seguida en Reino Unido, y por participar en "Todas las criaturas grandes y pequeñas", ficción amable pero muy precisa en el retrato de comunidad y época. En "The Lady" se nota esa habilidad para mirar lo doméstico como si fuera un territorio político.

La serie no se instala en el trono, sino en las habitaciones laterales del poder. Mira vestidos, pasillos, manos que sirven, dos mujeres que se hablan con cordialidad pero no están en el mismo lugar del tablero. O’Malley explicó que, al escribir sobre un crimen real, “hay cosas que nunca puedes saber”, y que por eso la serie intenta aproximarse a momentos decisivos desde las personas que rodearon a Jane y a Thomas Cressman.

 

Las dificultades de producción estaban en el corazón mismo del proyecto. Contar un crimen real implica trabajar con vidas que no pertenecen a la televisión, aunque la televisión las convierta en relato. La primera dificultad era moral. Había que evitar el morbo, no hacer del entorno real una colección de estampas aristocráticas. O'Malley se propuso algo decisivo: "Cuando intentas entender a una protagonista compleja, no perder de vista a la víctima". Esa frase debería estar pegada en la pared de cualquier sala de guion donde se prepare un "true crime".

"The Lady" intenta mantener ese equilibrio. Quiere entender sin absolver, dramatizar sin saquear y sugerir sin destripar. No es fácil, porque llegamos con hambre de explicación, pero la serie sabe que explicar demasiado pronto puede ser otra forma de simplificar.

El director Lee Haven Jones, cuyo nombre se puede situar por su trabajo en series británicas como "Doctor Who", "Shetland" y "The Bay", maneja el material con más atención a la presión acumulada que al golpe de efecto. Su dirección parece interesada en cómo se deteriora la expectativa de Jane, que  no aparece de pronto en una vida peligrosa.

 

Llega a ella a través de pequeñas concesiones, de ilusiones alimentadas, de heridas antiguas, de enamoramientos que parecen prometer una compensación y de una relación con el mundo del privilegio que funciona como droga social. El guion lo define en gestos: el modo en que Jane mira una habitación, el modo en que mide lo que se espera de ella, el modo en que aprende que la elegancia también puede ser una forma de vigilancia. El suspense no nace solo de lo que sabemos que ocurrió. Nace de ver cómo alguien se acerca a una versión de sí misma que no puede sostener.

 

Las localizaciones eran importantes porque "The Lady" necesita que sintamos el salto entre mundos. Grimsby y Londres no son simples puntos del mapa. Son dos temperaturas de la vida. Grimsby aporta origen, estrechez, horizonte gris, una sensación de futuro limitado y de deseo acumulado. Londres, y sobre todo el Londres ligado a los círculos de clase alta, aparece como una promesa que fascina. La serie se mueve entre esos espacios con inteligencia. De un norte trabajador a interiores donde el privilegio no levanta la voz porque no lo necesita.

Algunas escenas vinculadas a casas elegantes y barrios acomodados funcionan casi como una educación sentimental para Jane. Hay salones que parecen invitarla y al mismo tiempo corregirla. Hay escaleras que parecen ascensos y advertencias. Hay mesas donde puede sentarse, pero nunca del todo pertenecer. El decorado habla antes que los personajes, y eso en una serie sobre clase social es media batalla ganada.

El contraste entre realidad y ficción es una dramatización de hechos reales, no un expediente judicial ni un documental definitivo. Parte de hechos conocidos, de una biografía pública, de un caso investigado y juzgado, pero las conversaciones íntimas, los silencios privados y muchas transiciones emocionales pertenecen al territorio de la ficción responsable.

La productora Left Bank Pictures, muy reconocible para el espectador por "The crown", aporta experiencia en historias donde la vida privada queda atrapada bajo instituciones, jerarquías y miradas públicas. Esa referencia ayuda a situar el tipo de ambición del proyecto. No estamos ante una serie que solo quiera resolver un caso. Quiere mirar cómo la clase, el deseo, la fantasía de ascenso y la necesidad de amor pueden mezclarse de una manera peligrosa.

"The Lady" tiene, además, una lectura interesante para el espectador español. Habla de Reino Unido, de palacio, de tabloides, de clase alta y de una cultura obsesionada con la realeza, pero también habla de algo mucho más común: la atmósfera de los lugares donde te dejan entrar sin dejarte pertenecer. Jane Andrews no es solo una empleada fascinada por una vida de privilegio.

Es una mujer que intenta fabricarse una identidad con materiales ajenos. Y cuando una identidad se construye sobre la necesidad de ser aceptada por quienes nunca terminan de aceptarte, el derrumbe puede empezar de una forma casi imperceptible. Primero hay admiración. Luego hay dependencia. Luego una herida que nadie ve. Después la historia ya está demasiado cerca de su zona más oscura, y conviene que la serie te lleve hasta allí sin que nadie te arruine el trayecto en la primera conversación de sobremesa.

Por eso es mejor ver The Lady sin buscar el morbo del caso cerrado ni la respuesta servida con cuchara de plata. Su fuerza está en el avance lento, en la interpretación de Mia McKenna Bruce, en la presencia contenida de Natalie Dormer y en la manera en que Debbie O’Malley convierte una historia criminal conocida en una reflexión sobre pertenencia, deseo y clase.

Vídeo

"The lady" puede verse en España en Movistar+

Carlos López-Tapia

¿Compartes?:
  • email
  • PDF
  • Print
  • RSS
  • Meneame
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • Twitter
  • FriendFeed
  • LinkedIn

Comentarios

Suscríbete
Notificar
guest
0 Comentarios
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Me encantaría conocer tu opinión, comenta.x
()
x