Cine en serie: "El fuego de la venganza", o el guardaespaldas retirado
Querido Teo:
El Gleneagles es un bar en el puerto de la isla de Gozo, en el archipiélago de Malta. Madera gastada, vasos usados sin ceremonia, olor a mar cercano y una clientela que entra más para quedarse un rato que para beber deprisa. Tampoco es que haya muchos lugares como él en una isla del tamaño de Gozo, de 7 kilómetros de ancho por 14 de largo, y sobre todo el bar del puerto es el que recibe de entrada a los visitantes, o el que los despide. Durante años también entraron en el bar turistas ingleses, norteamericanos y japoneses, aficionados a las historias de acción, preguntando por el autor de "Man on fire", sobre todo a raíz del estreno de la segunda versión cinematográfica, protagonizada por Denzel Washington. Querían encontrar a A.J. Quinnell sin saber que, muy a menudo, lo tenían a un metro, divirtiéndose con su anonimato.
Aquel extranjero que sonreía en una esquina de la barra no se llamaba en realidad A.J. Quinnell, sino Philip Nicholson. Había nacido en Inglaterra, en junio de 1940, durante un bombardeo, y había llegado a Gozo en los setenta, buscando documentarse para su primer libro y para el personaje que acabaría haciéndolo lo bastante rico como para establecerse y vivir entre el Mediterráneo y la casa en Dinamarca de su esposa.
En Gozo no vivía como una celebridad literaria, uno de los autores de acción más vendidos, sino como alguien que disfrutaba de la discreción. El físico le acompañaba: estatura media, cara redonda, pelo corto y canoso, expresión socarrona y ojos pequeños. En su bar favorito conversaba, escuchaba historias, observaba a los pescadores y dejaba que la vida de la isla entrara poco a poco en sus libros.
Antes de ser novelista había trabajado en Liverpool, en Hong Kong y por Asia, moviéndose entre comerciantes, periodistas, aventureros, ex legionarios, mafiosos de trato amable y gente que parecía pedir a gritos entrar en una novela. Se nota en su literatura, porque sus novelas tienen mundo, violencia, códigos de honor, tráfico de favores, heridas morales y personajes que no parecen inventados del todo.
El seudónimo le permitió separar al hombre privado del autor de historias peligrosas. Su gran criatura fue Creasy, el guardaespaldas de "Man on fire". Un hombre roto, violento, disciplinado, capaz de encontrar una forma de redención en mitad de la brutalidad. Curiosamente, algunos de sus lectores más fieles están en Japón, porque ven en Creasy una figura cercana al ronin, un guerrero caído, solitario, vencido por dentro y todavía regido por un código.
Aunque también escribió otras novelas al margen de su personaje. "En el nombre del padre" construyó una de las mejores tramas escritas en torno al mundo del Vaticano.
Cuando murió, en 2005, en su casa de Gozo, trabajaba en una precuela de la saga de Creasy. Tuvo esa fortuna de morir con las botas puestas, y merece que su personaje haya sobrevivido. Por tercera vez se asoma a la pantalla, esta vez en forma de serie porque hay personajes que vuelven ante la reclamación del público y hay otros que vuelven porque seguían ahí, en algún lugar de la memoria.
John Creasy pertenece a esta segunda familia. Es un hombre entrenado para resolver problemas con métodos duros. Un profesional de la protección, la violencia y la culpa. Alguien que carga con demasiadas sombras y que solo parece encontrar una razón para seguir cuando otra vida depende de él.
"El fuego de la venganza", versión televisiva de "Man on fire", nace con una ventaja y una dificultad. La ventaja es que el personaje conserva un buen lugar en la memoria popular gracias a la película de Tony Scott con Denzel Washington. La dificultad también viene de ahí. Aquella película dejó una huella intensa, nerviosa, casi abrasiva. La serie necesitaba su propio camino y asume esa situación.
Tony Scott filmó una historia febril, rápida, desbordada, marcada por una energía casi intoxicada. La serie elige otra velocidad. Tiene más tiempo y lo aprovecha para mostrar el cansancio de Creasy, su depresión, su culpa, la relación con una joven a la que debe proteger y esa tentación de usar la violencia como una solución, falsa aunque eficaz.
La novela original apareció en 1980. El primer Creasy literario nació en Italia, en una historia marcada por el miedo a los secuestros de familias ricas. Quinnell construyó el libro a partir de obsesiones muy concretas de su época. Secuestros de alto perfil. Crimen organizado. Millonarios rodeados de guardaespaldas.
Uno de los casos que alimentaron aquel imaginario fue el secuestro de John Paul Getty III en Roma, en 1973. El episodio dejó una huella profunda porque mezclaba dinero, familia, crueldad y una pregunta terrible: cuánto vale una vida cuando quienes pueden pagar dudan. Quinnell también se interesó por historias asiáticas de secuestros vinculados a mafias y por la lógica brutal del secuestro convertido en industria.
De ese mundo salió Marcus Creasy, antiguo soldado, mercenario, guardaespaldas, hombre vencido por el alcohol y por la memoria. La novela lo presentaba como alguien casi acabado. La niña a la que protege, Pinta, le devuelve una razón mínima para levantarse. Ese es el núcleo que han conservado las adaptaciones: un hombre destruido encuentra una forma torcida de redención cuidando a alguien que todavía conserva una parte limpia frente al desencanto y el horror de la maldad.
El libro fue el primero de una serie de novelas con Creasy. Esa continuidad explica que la televisión haya visto ahí una oportunidad natural. Se adapta una trama, pero también una mitología de superviviente. Un hombre que vuelve una y otra vez al peligro porque fuera del peligro apenas sabe vivir.
Yahya Abdul-Mateen II quería apoyarse en lo que admiraba del personaje y evitar la comparación directa con Denzel Washington, cuya interpretación considera una de sus favoritas. Es una decisión inteligente. Imitar a Denzel Washington es como intentar imitar a un trueno. Puedes hacer mucho ruido, pero el cielo no se lo cree.
La serie ha sido recibida con respeto y reserva, algo no tan habitual en el mundo de las resurrecciones. Se reconoce la capacidad de Abdul para llenar los silencios y para dar credibilidad física a un hombre capaz de matar y de hundirse en una silla como si hasta el aire le pesara.
Las dificultades de producción ayudan a entender el carácter físico del proyecto, porque Abdul sufrió una lesión durante el rodaje y la grabación tuvo que detenerse durante un periodo breve. Ese dato explica el tipo de esfuerzo que pide la serie. Hay combates, carreras, caídas y tensión. El protagonista debe parecer entrenado y deteriorado al mismo tiempo.
Las localizaciones han ido cambiando. La novela arrancaba en Italia. La película de Tony Scott recorría Ciudad de México. La serie desplaza buena parte de la acción hacia Brasil y utiliza Río de Janeiro como territorio moral, además de escenario de acción donde la criminalidad no resulta extraña. La presencia de Alice Braga añade autenticidad, ayuda a que ciertas cosas suenen mejor en el mundo brasileño.
En un producto internacional, la autenticidad se juega muchas veces en una frase, en un gesto, en una calle que parece vivida y no alquilada por una tarde. Río permite otra lectura de Creasy: la del extranjero que cree controlar el peligro y descubre que el peligro conoce todos los atajos. La ciudad funciona como mapa de privilegios, barrios, lealtades y desconfianza.
Aunque "El fuego de la venganza" sea una historia inventada, y John Creasy un personaje de ficción, el mundo que lo hizo verosímil sí pertenece a una realidad reconocible: secuestros, crimen organizado, guardaespaldas, servicios de inteligencia, hombres que salen de guerras grandes o pequeñas y vuelven a una vida civil que ya no entienden. La venganza en la ficción se vende bien como limpieza. En la vida real, casi siempre lo que deja es más suciedad.
El resultado es una serie más interesante por sus tensiones que por su novedad. Tiene un protagonista con peso, una tradición literaria con más raíces de las que suele recordarse y una pregunta que todavía funciona: qué harías si la única persona capaz de salvarte fuera también la persona más peligrosa de la habitación.
"El fuego de la venganza" puede verse en España en Netflix
Carlos López-Tapia

























