Cine en serie: "Kabul", o impotencia más fanatismo
Querido Teo:
"Kabul" es una serie que te lanza a una fecha exacta, el 15 de agosto de 2021, y te obliga a recordar dónde estabas tú cuando viste aquellas imágenes del aeropuerto de Kabul, con miles de personas corriendo junto a los aviones, aferrándose a cualquier posibilidad de huida. Aquella estampida fue real. Aquella desesperación fue real. Y "Kabul", la ambiciosa coproducción europea impulsada por Francia, Alemania e Italia, se presenta con una advertencia tan simple como inquietante: "inspirada en hechos reales". en general desprecio esta etiqueta por abusar del espectador. Este no es el caso y varios miles de familias sufren todavía consecuencias.
La serie, de seis episodios, mete la cámara en medio del caos y te enseña cómo la Historia aplasta a las personas corrientes. Lo hace siguiendo a una familia afgana, los Nazany, atrapada entre la caída del gobierno respaldado por Occidente y el regreso de los talibanes, mientras diplomáticos, soldados, espías y policías europeos intentan gestionar una evacuación imposible.
Ese enfoque múltiple le da ritmo y tensión. También le da humanidad. Porque una cosa es leer que los talibanes entraron en Kabul en cuestión de horas, y otra muy distinta es ver a una fiscal que sabe que está en una lista de personas condenadas, a una médica que se niega a abandonar a sus pacientes y a un hijo obligado a infiltrarse entre enemigos para sobrevivir.
Kasia Adamik, codirigiendo la serie con Olga Chajdas, explicó en Séries Mania que querían evitar "una visión occidental simplificada" del conflicto y que el objetivo era "mostrar el caos desde dentro". Y se nota. La serie intenta no caer en la tentación habitual del thriller geopolítico europeo: convertir Afganistán en simple decorado para las angustias del hombre blanco.
Eso no significa que no haya espectáculo. Lo hay. Y bastante. "Kabul" ha costado alrededor de veinte millones de euros, una cifra considerable para una ficción europea. Se nota en la escala. Hay escenas multitudinarias, operativos militares, embajadas sitiadas, aeropuertos colapsados y una sensación constante de colapso inminente. Lo curioso es que, pese a ese despliegue, la serie funciona mejor cuando baja el volumen y se queda con una mirada o con una puerta cerrándose.
Rodarla no fue precisamente fácil. Recrear Kabul sin rodar en Kabul era ya una paradoja complicada. La producción se trasladó a Grecia, sobre todo a Atenas y zonas de Ática. Allí se utilizaron aeropuertos militares, instalaciones industriales y grandes espacios logísticos para simular tanto el aeropuerto Hamid Karzai como calles, embajadas y edificios oficiales. Según datos de producción, participaron unos 55 actores principales y secundarios y alrededor de 4.500 extras. Eso explica la sensación de masa humana desesperada. No parece cartón piedra. Parece pánico.
Los productores franceses Matthias Weber y Thibault Gast explicaron a Broadcast que una de las mayores dificultades fue logística y moral. Había que coordinar una producción internacional enorme mientras se recreaba un trauma todavía reciente. No hablamos de una guerra de hace cincuenta años. Hablamos de un hecho que sigue abierto, con refugiados aún intentando rehacer su vida. Esa cercanía temporal obliga a andar con pies de plomo.
Las localizaciones ayudan, polvo, hormigón, hangares, carreteras vacías, edificios administrativos asfixiantes, para ofrecer un Afganistán creíble. El director de fotografía señala que buscó tonos ocres y azulados para transmitir una mezcla de calor, suciedad y agotamiento; que todo pareciera seco, provisional, a punto de venirse abajo. Como el propio país. La música subraya sin imponerse. Acompaña sin gritar. Y cuando entra el silencio, funciona incluso mejor. Porque pocas cosas dan más miedo que escuchar una multitud y, de repente, nada.
La serie juega constantemente al equilibrio entre realidad y ficción. La caída de Kabul fue real. El colapso de las embajadas europeas fue real. Las listas de colaboradores perseguidos fueron reales. El atentado del ISIS-K en el aeropuerto, que mató al menos a 170 civiles afganos y a 13 militares estadounidenses el 26 de agosto de 2021, fue real.
Y las cifras, cuando se miran despacio, hielan más que la ficción. Entre el 14 y el 30 de agosto de 2021, Estados Unidos y sus aliados evacuaron a más de 122.000 personas en uno de los mayores puentes aéreos de la historia. Solo el Reino Unido sacó a unas 15.000. Alemania evacuó a más de 5.300. Francia, unas 3.000. Italia, cerca de 5.000. España participó en la salida de unas 2.200 personas y convirtió la base de Torrejón en centro de acogida temporal. Canadá logró evacuar a unas 3.700. Pero decenas de miles se quedaron atrás.
¿Cuántos? Ahí empieza la niebla. The Wall Street Journal y The New York Times publicaron entonces que la mayoría de los intérpretes afganos y solicitantes de visados especiales no lograron salir. Solo en los programas ligados a Estados Unidos había más de 100.000 personas pendientes entre solicitantes y familiares. Organizaciones humanitarias calculaban que cientos de miles de afganos vinculados a gobiernos occidentales, medios de comunicación, ONG, judicatura o defensa de los derechos humanos quedaron expuestos. Y muchos pagaron por ello.
La ONU, Human Rights Watch y Amnistía Internacional documentaron ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas, torturas y encarcelamientos arbitrarios. Ex miembros de las fuerzas de seguridad afganas fueron encontrados muertos pese a las promesas de amnistía. Mujeres juezas y fiscales fueron perseguidas. Periodistas fueron golpeados, detenidos o silenciados. Médicos y cooperantes tuvieron que esconderse o huir por rutas clandestinas.
La guerra de Afganistán, desde 2001 hasta 2021, dejó además un balance devastador para los países occidentales. Estados Unidos perdió 2.461 militares. El Reino Unido, 457. Canadá, 159. España, 102. Francia, 90. Alemania, 59. Italia, 53. Dinamarca, 43. Polonia, 44. Rumanía, 27. Y otros países europeos sumaron decenas más. Entre contratistas civiles estadounidenses murieron casi 4.000 personas.
Los periodistas también pagaron un precio brutal. Según el Committee to Protect Journalists, al menos 54 periodistas murieron cubriendo o trabajando en Afganistán durante esas dos décadas. Los datos de Reporteros Sin Fronteras incluyen a periodistas afganos y elevan la cifra a 138 asesinados. Médicos Sin Fronteras sufrió asesinatos de personal en hospitales y convoyes. La ONU registró decenas de trabajadores humanitarios muertos, secuestrados o heridos. Solo entre 2001 y 2021, más de 400 cooperantes humanitarios fueron víctimas de ataques, según bases de datos internacionales de seguridad humanitaria.
Y ahí está la gran pregunta: ¿hasta qué punto esta serie simplifica? La respuesta es que simplifica, claro. Toda ficción simplifica. Pero "Kabul" intenta no traicionar la esencia. No pretende ser una cronología exacta minuto a minuto. Pretende transmitir la sensación de descomposición. Y eso lo consigue. Incluso cuando dramatiza procedimientos diplomáticos o acelera decisiones militares, la atmósfera general coincide con los testimonios reales publicados en BBC, The New York Times, Le Monde o The Guardian en aquellos días.
Lo mejor de "Kabul" es que no pretende darte lecciones morales fáciles. No señala con un dedo único. Enseña la impotencia occidental, la brutalidad talibán, el oportunismo de otros grupos armados y la desesperación civil. Te deja incómodo. Y esa incomodidad, en este tipo de televisión, suele ser buena señal. Lo peor es inevitable en estas producciones corales: algún personaje se queda corto porque no hay tiempo material para todos. Alguna trama pide más aire. Alguna emoción llega demasiado deprisa. Pero, en conjunto, la serie aguanta.
"Kabul" no pretende ser "Homeland" (2011-2020), va por otro camino. Más humano. Más europeo. Más pegado al suelo. Y quizá por eso duele más. Porque al terminarla no piensas en estrategias militares ni en geopolítica. Piensas en una puerta cerrada, en una pista de aterrizaje llena de gente y en una pregunta muy simple: "si hubieras estado allí, ¿a quién habrías dejado atrás?"
Y si quieres una última imagen concreta, una de esas que ningún guionista necesita inventar, aquí la tienes. El 8 de diciembre de 2024, la BBC tituló: "Taliban publicly execute man in sports stadium in eastern Afghanistan". Delante de centenares de asistentes, en un estadio de Gardez, en la provincia de Paktia, un hombre condenado por asesinato fue ejecutado con varios disparos por un familiar de la víctima, siguiendo la interpretación talibán de la "qisas", la ley del talión. Hubo autoridades talibanes presentes. Hubo público. Hubo altavoces. Hubo escarmiento. La guerra acabó para las cámaras occidentales. Para millones de afganos cambió de forma.
"Kabul" puede verse en España en Movistar+
Carlos López-Tapia

























