Cine en serie: "El último refugio", o no comprarte nunca un chalecito en Tasmania
Querido Teo:
Hay series que te atrapan por la premisa y otras que te ganan por el lugar. "El último refugio" juega a las dos cosas. Te vende una huida y un entorno original... y descubres que es una ratonera múltiple. Bajo la apariencia de thriller criminal con ecos de comedia negra, esta producción australiana convierte la costa salvaje y hermosa de Tasmania en amenazante, un sitio donde esconderse parece una buena idea… durante el tiempo que dura el primer capítulo. Después ya no esconderías ahí ni una bicicleta con candado.
La serie sigue a Stella Heikkinen, una ejecutiva de Melbourne que ha decidido testificar contra una organización criminal, con ejecutores a su disposición de los que matan por una comida de avión sin levantar una ceja… y de la Europa del este, por supuesto. Porque en la ficción, cuando alguien dice "Europa del este", ya supones que no están hablando de un Erasmus.
El arranque es de coche deportivo, de cero a cien en segundos, o en las secuencias mínimas imprescindibles para que madre y dos hijos en protección de testigos, reciban nueva identidad y salgan disparados en una mudanza forzosa. El destino es Mystery Bay, una comunidad en la remota Tasmania donde, en teoría, nadie debería encontrarlos. En teoría. Aunque cuando ves que en el cartel de entrada al pueblo alguien ha tachado la letra adecuada para que se lea Misery en vez de Mystery, te están dando que pensar. Ya sabes cómo funcionan estas cosas: si un lugar parece demasiado perfecto para desaparecer, probablemente esté lleno de gente peligrosísima. Y aquí no decepcionan. Nunca decepciona un pueblo donde hasta el cartel de bienvenida te amenaza.
Lo más interesante de "El último refugio" no es tanto la persecución como el tono de comedia negra. La serie mezcla suspense, violencia y un humor muy australiano, de ese que te hace sonreír mientras alguien toma decisiones espantosas.
Stella huye de criminales organizados para aterrizar en un ecosistema de vecinos con más secretos que modales. La propia Marta Dusseldorp explicó a The Sydney Morning Herald que la idea nació de "the cultural differences when moving from the big smoke", es decir, de las diferencias culturales que la actriz ya percibió al mudarse desde la gran ciudad a Tasmania. Y se nota: la serie exprime ese choque entre urbanita sofisticada y comunidad asilvestrada como motor cómico y dramático a la vez.
Marta Dusseldorp sostiene el conjunto con una mezcla de vulnerabilidad y dureza muy eficaz. La actriz, conocida entre los aficionados a las series por "Janet King" (2014-2017), tiene esa cualidad rara de parecer elegante incluso cubierta de barro. Hay gente que nace con estrella; ella, con vestuario resistente al lodo. Su Stella no es una heroína de manual; improvisa, se equivoca, se adapta. En una entrevista la actriz definió la serie como "a darkly comic crime story", una historia criminal oscuramente cómica, y esa definición es precisa.
A su alrededor orbitan Toby Leonard Moore, a quien muchos recordarán por "Daredevil" (2015-2018) o "Billions" (2016-2023), Roz Hammond y Stephen Curry, nombres con peso en la industria australiana. Entre todos construyen una galería de personajes donde nadie parece limpio y nadie parece del todo perdido. O quizá sí. La serie juega precisamente a eso. Como la vida, pero con mejores planos.
En términos de producción, sacar adelante una historia así no debió de ser precisamente un picnic con vistas al mar. Rodar en enclaves costeros y aislados de Tasmania implica lidiar con climatología cambiante, acceso complicado para equipos técnicos y una luz natural preciosa… pero traicionera. Como una novia americana con abogados. El guionista veterano y cocreador Andrew Knight contó en TV que el proyecto se levantó durante los confinamientos, en "Zoom meetings during COVID lockdowns", cuando empezaron a imaginar esta historia a distancia.
Y como si el universo quisiera aportar realismo, las sucesivas olas de coronavirus (COVID-19) alteraron el calendario de rodaje. Las producciones australianas llevan años explotando el paisaje como personaje, pero hacerlo en una serie con ritmo de thriller añade una capa extra de dificultad: necesitas continuidad visual mientras ruedas en lugares donde el cielo puede pasar de postal turística a apocalipsis bíblico en veinte minutos. A eso se suma la logística de mover reparto, equipo y material a localizaciones remotas. El resultado, sin embargo, compensa. Como suele decirse: sufrió mucha gente, pero la foto quedó preciosa.
Y hablando de localizaciones: Tasmania aquí no es fondo de pantalla, es amenaza. Mystery Bay funciona casi como una extensión psicológica del relato. Acantilados, carreteras estrechas, bosques húmedos, casas separadas por kilómetros y un océano inmenso para transmitir aislamiento. La belleza natural no suaviza la violencia; la subraya. Hay algo profundamente australiano en esa idea: la naturaleza no te abraza, te observa. Y, si te descuidas, te devora, te pica, o te da un susto de muerte, que en un lugar donde tienen una simple lombriz que mide dos metros viene a ser parecido.
La producción eligió Queenstown, Zeehan y Strahan para recrear este mundo fronterizo. Los tres están en la costa oeste de Tasmania, una zona remota, salvaje y con una personalidad visual brutal. Por eso una serie como "El último refugio" gana tanto con esos escenarios. Es decir: para un thriller, un paraíso. Para unas vacaciones… depende de cuánto te guste la lluvia.
Marta Dusseldorp, residente en Tasmania desde 2018, quería "put Tasmania on screen" mostrando una versión menos turística y más salvaje de la isla. Basta con leer a Bill Bryson en su libro dedicado a Australia para saber que no es un lugar donde quedarse dormido al aire libre en cualquier sitio. Al fin y al cabo tiene la mayor proporción de seres venenosos por kilómetro cuadrado del planeta. Allí hasta la hierba parece tener antecedentes penales.
Este tipo de thrillers suelen caer en la tentación del subrayado musical constante, como si necesitáramos que nos griten "ahora toca inquietarse". "El último refugio" opta por una banda sonora más atmosférica. Cuando el paisaje ya genera tensión, la música no necesita competir con él. Necesita infiltrarse. Y aquí lo hace. El silencio, de hecho, es parte de la partitura emocional de la serie: el sonido del viento, del mar, de una casa demasiado quieta. Ese tipo de detalles construyen ansiedad mejor que un violín histérico. Y bastante más barato.
Uno de los aspectos más jugosos de la serie está en cómo confronta realidad y ficción. La protección de testigos, en la práctica, no suele parecerse al cine: no son mansiones con cortinas corridas ni agentes con pinganillo las veinticuatro horas. Suele ser burocracia, aislamiento, paranoia y pérdida de identidad. Vamos, unas vacaciones del IMSERSO dirigidas por Kafka. "El último refugio" dramatiza ese proceso, claro, pero acierta en lo esencial: desaparecer tiene un coste psicológico brutal.
Stella no solo cambia de casa; cambia de nombre, de rutina, de estatus y de vida. La hija pequeña es la única que parece ser capaz de adaptarse a casi cualquier cosa de las que se les vienen encima, con una naturalidad que la hace encantadora. La serie también exagera, como es lógico, la densidad criminal del destino. Las probabilidades de caer exactamente en un pueblo plagado de delincuentes parecen… digamos… estadísticamente creativas. Pero esa licencia sirve para hablar de una verdad mayor: no existe refugio completamente seguro cuando tu pasado sigue vivo. Y cuando tu presente vive armado.
Además, hay una lectura social interesante bajo la superficie. Stella llega como intrusa urbana a una comunidad cerrada y desconfiada. La serie explora el choque entre ciudad y periferia, entre privilegio y supervivencia, entre quienes creen poder reinventarse y quienes nunca han podido salir de donde están. Ahí asoma la comedia negra: en la constatación de que la protagonista, una ejecutiva sofisticada, quizá no está preparada para sobrevivir en un lugar donde la ley se interpreta como sugerencia. Como resumió Dusseldorp en otra entrevista, la serie trata de "what happens when privilege meets survival", qué ocurre cuando el privilegio se topa con la supervivencia. Normalmente pierde el privilegio.
"El último refugio" entra bien en esa tradición de thrillers australianos que mezclan crudeza, ironía y paisaje hostil, una escuela donde títulos como "Mystery Road" (2018-2020) o "Scrublands" (2023-2025) han demostrado que el crimen televisivo puede respirar aire propio lejos del molde británico o estadounidense. Aquí no hay glamour. Hay salitre, barro y amenazas envueltas en sonrisas incómodas. Y dientes apretados. Muchos dientes apretados.
Y eso, al final, es lo mejor de la serie: sabe exactamente lo que quiere ser. No pretende reinventar el thriller, pero sí ejecutarlo con personalidad. Tiene una protagonista sólida, una ambientación magnífica y suficiente mala leche para mantenerte dentro. Si buscas una serie con ese humor negrísimo que te hace pensar "esto está fatal, pero me estoy riendo", aquí tienes refugio. Aunque, como Stella descubre demasiado tarde, quizá no sea el último. Ni el más seguro. Los australianos tienen la virtud de venderte una postal y luego colocarte un cadáver en primer plano. Y nosotros encantados.
"El último refugio" puede verse en España en Sundance TV
Carlos López-Tapia
























