Cine en serie: "Empatía", o la capacidad para entender al otro

Cine en serie: "Empatía", o la capacidad para entender al otro

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Querido Teo:

La doctora Suzanne Bien-Aimé fue encontrada siendo un bebé en un contenedor de basura. Desde ese punto de partida, la serie canadiense "Empatía" propone una historia dedicada a observar la salud mental. Suzanne no es una profesional que analiza a otros desde una distancia clínica. Es alguien que lleva años intentando entenderse a sí misma. Fue adoptada tras su hallazgo, creció con una familia que le dio estabilidad, pero nunca logró resolver el enigma de su origen biológico. Esa incógnita no es un misterio de guion al uso, es un motor psicológico constante. Suzanne no busca solo respuestas externas, busca una forma de explicarse su propia existencia.

Cuando la encontramos, está regresando al mundo laboral tras dos años de retiro. No es un paréntesis cualquiera. Es la consecuencia de una tragedia personal que la ha dejado en suspenso, sin una identidad profesional clara y con una fragilidad que la serie no oculta en ningún momento.

Una tragedia a la que asistiremos a mitad de serie y que resulta tan sorprendente, tan comprensible, tan doméstica y brutal que te obliga a entender. Su regreso no se produce en su campo original, la criminología, sino en otro territorio más resbaladizo. Suzanne decide entrar a trabajar en el Hospital Mont-Royal, un centro de reclusión psiquiátrica de alta seguridad en Montreal. De analizar el delito pasa a intentar comprender las mentes que pueden producirlo.

Tras acabar el primer capítulo queda una sensación clara: no estás ante una serie convencional. No parece que los guionistas se hayan esforzado tanto en atraparte como en desconcertarte. Pero tiene el margen de intriga suficiente para empujarte al segundo episodio. Y esa intriga no es convencional. No hay crimen, no hay gancho evidente. El terreno en el que se mueve esta producción canadiense es la capacidad de comprender al otro cuando ese otro ha hecho algo que cuesta aceptar. Ese es también el motivo por el que, desde sus primeros episodios, exige una implicación distinta, más activa, menos cómoda y, en cierto modo, más honesta.

La serie se desarrolla en un centro de reclusión psiquiátrica donde Suzanne empieza a trabajar como psicóloga. No es un escenario nuevo en la ficción, pero aquí se utiliza de otra manera. No se trata tanto de resolver casos como de entender mecanismos. La protagonista no investiga, interpreta. No busca culpables, intenta comprender por qué alguien ha cruzado determinadas líneas. Esa diferencia cambia el ritmo, cambia la mirada y, sobre todo, cambia la relación con quien está viendo la serie.

Florence Longpré, creadora, guionista y protagonista, construye ese personaje desde una convicción muy clara. "Empecé escribiendo una serie de true crime sobre un psicópata, pero al hablar con psiquiatras me di cuenta de que eso era muy aburrido. A mí me interesa hablar de las emociones y de la experiencia de vivir". Ese cambio de enfoque se traduce en una serie que evita el espectáculo del crimen para centrarse en las consecuencias emocionales. No hay fascinación por la violencia, hay interés por lo que ocurre después.

La propia Longpré llevó ese giro hasta el final. "Llamé a mi productor y le dije que iba a tirar ese proyecto a la basura, porque había encontrado lo que realmente quería contar: lo que ocurre dentro de la cabeza de las personas".

Hay un acierto evidente en cómo se construyen los personajes. No hay caricaturas ni soluciones fáciles. Las personas no están definidas por un único rasgo ni por un solo acto. La serie evita convertirlas en símbolos y se esfuerza en mostrarlas como individuos con enfermedades mentales que dificultan ocupar un espacio social convencional. Eso obliga a quien mira a abandonar posiciones cómodas, especialmente si se encuentra cerca de familiares o amigos que dependen de la medicación actual, una medicación que ha contribuido a reducir los grandes centros psiquiátricos en buena parte del mundo.

Si miras la historia de la salud mental en el mundo desarrollado, hay un dato que lo resume todo: en apenas medio siglo, el modelo dominante pasó de encerrar a cientos de miles de personas en grandes instituciones a intentar tratarlas en la comunidad. No fue un cambio lineal ni completo, pero sí profundo y medible.

A mediados del siglo XX, los manicomios eran una pieza central del sistema sanitario en Europa y Norteamérica. En Estados Unidos, por ejemplo, el número de pacientes ingresados en hospitales psiquiátricos públicos alcanzó su máximo en 1955 con más de medio millón de personas. Desde entonces, la cifra se desplomó de manera sostenida hasta situarse por debajo de las 100.000 en los años noventa. Es una reducción de más del 80% en cuatro décadas. En Reino Unido el proceso fue similar. En 1954 había unos 150.000 en hospitales psiquiátricos, mientras que a principios del siglo XXI la cifra había caído por debajo de 30.000.

El patrón se repite en otros países desarrollados. Italia, con la ley 180 de 1978, impulsó uno de los cierres más radicales. En pocas décadas eliminó prácticamente los hospitales psiquiátricos tradicionales y los sustituyó por una red de atención comunitaria. En España, el proceso fue más tardío, pero igualmente significativo. A partir de la reforma psiquiátrica de los años ochenta, los grandes manicomios fueron cerrando o reconvirtiéndose en estructuras más pequeñas e integradas en el sistema sanitario general.

Ahora bien, ese cambio no fue limpio ni completo, y familiares y profesionales lo saben muy bien. Aquí es donde los datos vuelven a ser importantes. Aunque los manicomios se redujeron de forma drástica, no siempre se crearon alternativas suficientes. La propia OMS señala que la inversión en salud mental sigue siendo muy baja, en torno al 2% del gasto sanitario global, y que la atención comunitaria no ha crecido al ritmo necesario.

El mundo desarrollado ha reducido de manera muy significativa los manicomios clásicos, pero no ha resuelto completamente qué hacer con las personas que necesitan atención intensiva y continuada. Y esa es la paradoja que sigue marcando el debate actual y que da sentido a "Empatía", que no trata de justificar, sino de entender, y mantiene esa frontera en tensión constante.

El mayor riesgo de una propuesta así es caer en la frialdad o en el exceso de discurso. "Empatía" lo esquiva gracias a un guion que combina escenas intensas con otras muy contenidas o incluso distendidas. Ese tipo de construcción exige confianza en el espectador, porque no todo se explica.

Si te fijas, hay una voluntad clara de alejarse de los códigos habituales del thriller. Aquí no hay música que subraye cada giro ni un montaje acelerado para producir tensión. La tensión nace de otra parte. Nace de lo que se presenta como una tarea cotidiana que pocas personas aceptarían y que, sin duda, requiere un entrenamiento emocional muy exigente.

Las dificultades de producción de una serie como esta no son menores. Rodar en espacios cerrados, con escenas largas y basadas en el diálogo, exige un control muy preciso del ritmo y de la interpretación. No hay escapatoria en la acción ni en el espectáculo visual. Todo recae en los actores y en la dirección. Además, el tratamiento de temas sensibles obliga a un trabajo constante de documentación y asesoramiento para no caer en simplificaciones ni en errores que puedan desvirtuar la propuesta. Mantener ese equilibrio entre rigor y dramatización es uno de los retos más complejos de "Empatía".

Longpré lo resume de forma directa: "Quería normalizar la enfermedad mental. Todo el mundo atraviesa en algún momento un desequilibrio". Esa idea atraviesa toda la serie. No siempre hay una frontera clara entre los que están dentro y los que están fuera. Suzanne, con su historia de abandono, su identidad en construcción y su fragilidad evidente, es la prueba más clara de esa continuidad.

Hay además un reconocimiento que ayuda a situar el impacto de la serie. "Empatía" ganó el Premio del Público en Séries Mania 2025. No es un dato menor. Indica que, a pesar de su tono exigente, ha logrado conectar con la audiencia. No es una serie complaciente, pero tampoco es hermética. Encuentra un equilibrio poco habitual entre profundidad y accesibilidad.

Si te detienes en Suzanne Bien-Aimé, entiendes por qué. No es un personaje construido para impresionar, sino para resonar. Su pasado no se utiliza como un truco dramático, sino como una base emocional que explica su manera de estar en el mundo. Escucha a los demás porque necesita escucharse a sí misma. Se acerca porque no sabe vivir desde la distancia. Y en ese movimiento, a veces necesario, a veces peligroso, se juega todo.

Lo que ocurre en "Empatía" puede no haber pasado exactamente así, pero resulta verosímil. Y en este tipo de historias, la verosimilitud es más importante que la literalidad. El resultado es una serie que no busca gustar a todo el mundo. Y, si lo piensas, ese es su mayor logro. No es una serie que se consuma y se olvide. Es una serie que te obliga a revisar tus propias certezas, a cuestionar tus reacciones y a preguntarte hasta qué punto eres capaz de entender al otro.

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"Empatía" puede verse en España en Movistar+

Carlos López-Tapia

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