Cine en serie: "El testigo", o el eco de la víctima
Querido Teo:
Esta historia te llevará a hacerte una pregunta. ¿Cuáles son tus recuerdos más antiguos? ¿Qué memoria tienes de ti mismo y de lo que te rodeaba a los tres años de edad? La pregunta surge inevitablemente al terminar el primer capítulo. En el verano de 1992, toda Inglaterra quedó impactada por un asesinato sin sentido. La víctima era una madre joven, de poco más de 23 años, que paseaba con su hijo por uno de los parques más tranquilos de una zona acomodada de Londres. El niño se llamaba Alex y fue el único testigo del asesinato de su madre. Esta serie muestra el crimen en el primer minuto y medio, y lo hace sin que veamos la agresión ni una gota de sangre. Morbo cero. Es una decisión importante para marcar el tono de lo que los tres capítulos de "El testigo" van a mostrar. Lo que más interesa no es la investigación, aunque esté incluida, sino indagar en qué ocurre con una vida marcada desde la infancia, y durante años, por ser la prueba única del crimen.
El Reino Unido convirtió a Alex en una figura pública sin que él pudiera decidir nada. "El testigo" se centra en las vidas posteriores de un padre y un hijo que quedaron congelados en una noticia.
Al cumplir los 24 años, Alex publicó el libro donde cuenta cómo vivió con esa mochila emocional. Es entonces cuando lo leyó el guionista Rob Williams, que ya había trabajado en ficciones donde la justicia, la sospecha pública y el daño familiar se rozan hasta confundirse. A partir de ahí escribe y produce esta miniserie, que pone en manos del director Alex Winckler, con experiencia en televisión británica y en dramas de tono íntimo.
Rachel Nickell paseaba con su hijo Alex y con su perro Molly por Wimbledon Common, una zona verde del suroeste de Londres. Un espacio abierto, civilizado y familiar. Precisamente por eso resulta más perturbador, porque el crimen rompió esa confianza que suele ofrecernos lo cotidiano. La investigación fue una de las más fallidas y comentadas de la policía británica reciente.
"El testigo" funciona mejor cuando el caso baja a segundo plano y la serie se concentra en la relación entre padre e hijo. Interesa menos saber qué titular se publica en cada momento que el ver y escuchar cómo dos personas intentan quererse sin hablar siempre el mismo idioma del dolor, porque para uno era una vida truncada, y para otro una madre de fotografía. Este no era un material fácil para nadie, porque dramatizar una tragedia todavía viva exige una prudencia mayor que la de cualquier thriller policial.
Jordan Bolger, que te sonará de "Peaky Blinders", interpreta a André Hanscombe, el padre que se convierte de golpe en viudo social sin haber estado casado y en padre único sin haber tenido tiempo de aprender a estar solo. Deja a un lado cualquier tentación de lucimiento para interpretar el desgaste. Su André es un hombre que protege, se equivoca, empuja, se agota y, a veces, confunde salvar a su hijo con decidir por él. Max Fincham interpreta al Alex adolescente, y su trabajo resulta esencial porque la serie necesita que entendamos a un muchacho atrapado entre lo que recuerda, lo que le han contado y lo que los demás esperan que sea.
La dificultad de producción era enorme, y no solo por reconstruir épocas distintas. El verdadero desafío consistía en dramatizar una historia de personas vivas sin convertirla en mercancía de fin de semana. Alex y André Hanscombe participaron como consultores, y eso cambia la lectura moral del proyecto, aunque no elimina todas las dudas. Alex ha explicado que ya habían dado entrevistas y que se habían hecho otros programas, pero que, con las mejores intenciones, apenas habían arañado la superficie.
También dijo que querían rendir homenaje al poder curativo del amor, la esperanza y la fe. André contó que Rob Williams y el equipo revisaron cada línea con ellos, un proceso que no fue sencillo porque la serie debía comprimir más de treinta años en tres episodios. Esa dificultad contiene el problema y la virtud: comprimir una vida puede ordenar el relato, pero también puede dejar fuera zonas que no caben en el formato.
La serie toma una decisión ética importante al no mostrar el asesinato. Williams se preguntó cuánto debía mostrarse y defendió que era necesario presentar a Rachel antes y en ese instante para no reducirla a víctima. En el guion literario se especifica que no se recrea como espectáculo sangriento, sino como corte emocional: una mujer, un niño, un paseo, una interrupción absoluta, la llegada del cordón policial. Esa contención ayuda mucho. Los espectadores nos sentimos dentro de una memoria dañada, no ante una reconstrucción morbosa. En ese sentido, "El testigo" se parece menos a un thriller de caza y más a una historia de supervivencia vital.
Las localizaciones son parte esencial del relato. Wimbledon Common funciona como símbolo de una Inglaterra segura que descubre su propia fragilidad, mientras Londres aparece reflejada en comisarías, calles, casas familiares y espacios donde la prensa presiona sin contención. La producción se rodó en Inglaterra y España, con Londres como base principal y escenas asociadas al desplazamiento posterior de André y Alex a Cataluña, donde se refugiaron. Por eso se rodó también en espacios cercanos a Barcelona.
El contraste entre realidad y ficción exige precisar que la serie se basa en hechos reales y en el libro de Alex, pero es una dramatización, no un expediente judicial. Algunos personajes policiales son reales y otros están compuestos o ficcionados para condensar funciones narrativas. El documental complementario de Netflix sobre el asesinato de Rachel Nickell ofrece el camino más directo para quien quiera ordenar los hechos con testimonios y archivo. La serie, en cambio, aspira a otra verdad: cómo se vive después.
Hay momentos en que la investigación puede parecer que pesa más de la cuenta, y algunos pasajes necesitan avanzar mediante información que quizá el documental maneja con más eficacia. Pero la serie tiene una nobleza rara: no presume de dureza, no decora la tragedia, no convierte a Rachel en una sombra útil para mover la trama. Cuando aparece, importa.
"El testigo" deja una sensación amarga y necesaria. Nos recuerda que una investigación fallida no termina cuando se corrige el error, porque sus consecuencias siguen viviendo en quienes fueron usados, observados o abandonados por el camino. También nos obliga a mirarnos como consumidores de crimen real. Queremos saber, queremos entender, queremos ver el siguiente episodio, y al mismo tiempo conviene preguntarnos qué precio tuvo para los supervivientes que todos quisiéramos saber tanto. La serie no resuelve esa incomodidad. La sostiene. Y ahí, precisamente, encuentra su fuerza.
¿Y qué dice hoy la ciencia sobre la memoria a los tres años? Que se encuentra en una etapa fascinante de transición y desarrollo rápido. Tenemos una memoria mucho más potente de lo que solemos creer, aunque funciona de una manera muy diferente a la de un adulto. La ciencia divide la memoria a esta edad en varias áreas clave.
Memoria sobre nosotros mismos. Memoria autobiográfica.
A los tres años comienza a consolidarse el yo. Empezamos a entender que somos individuos separados de nuestros padres y del entorno. También comienza a desarrollarse la memoria autobiográfica, es decir, la capacidad de recordar acontecimientos que nos han sucedido. Podemos recordar cosas sencillas como "yo fui al parque ayer" o "a mí me gusta el helado".
Aunque a los tres años podamos recordar perfectamente lo que hicimos hace meses, la ciencia demuestra que la mayoría de esos recuerdos se borrarán o se fragmentarán, normalmente a partir de los siete años. Esto ocurre porque el cerebro está creando neuronas a una velocidad muy alta, especialmente en el hipocampo, y porque todavía no dominamos el lenguaje lo suficiente como para organizar esos recuerdos a largo plazo.
Memoria sobre lo que nos rodea. Memoria semántica y espacial.
A esta edad somos auténticas esponjas para absorber cómo funciona el mundo. Tenemos una capacidad asombrosa para memorizar canciones enteras, diálogos de películas favoritas, nombres de dinosaurios o reglas de casa. Nuestro vocabulario se expande de forma masiva, y eso ayuda a etiquetar y archivar la información del entorno.
También funciona con mucha fuerza la memoria espacial y la memoria de las rutinas. Sabemos perfectamente dónde se guardan los juguetes, cuál es el camino habitual hacia la casa de los abuelos o dónde está el supermercado. Detectamos de inmediato cualquier cambio en el orden de las cosas o en la secuencia habitual del día.
Memoria emocional e implícita. Lo que el cuerpo recuerda.
Este es uno de los tipos de memoria más potentes a los tres años. Aunque no podamos explicar con palabras un concepto complejo, el cerebro guarda registros muy claros de las emociones. Si tenemos una experiencia dolorosa o amenazante, como una vacuna, nuestra memoria implícita puede activarse la próxima vez que veamos a alguien con bata blanca o entremos en un hospital. Podemos llorar o sentir miedo, aunque no sepamos detallar el día exacto en que aquello ocurrió. De la misma forma, los entornos seguros, llenos de afecto y juego, generan una memoria de bienestar que moldea nuestra confianza futura.
En resumen: la memoria a los tres años es consciente, muy visual y muy ligada a las emociones y a las rutinas cotidianas. Sabemos quiénes somos y reconocemos el entorno con mucha precisión. Sin embargo, como el cerebro todavía se está cableando, la mayoría de esos recuerdos específicos se volverán borrosos cuando seamos adultos. Quedarán, sobre todo, sensaciones, aprendizajes y formas profundas de relacionarnos con el mundo.
La teoría científica ya está muy desarrollada, y luego está Alex. Un niño de tres años que no se sabe único testigo pero que conserva imágenes en su pequeño cerebro.
"El testigo" puede verse en España en Netflix
Carlos López-Tapia


























